First ¿qué?

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Reconozco que seguí con emoción la primera edición de Operación Triunfo. Supuso una gran novedad, en cuanto al formato y la aparente buena intención del concurso en sí, junto con la sabia instrucción del equipo docente. Dejo, como hago en ocasiones, la interpretación del adjetivo sabio a criterio de cada lector.

La segunda temporada también la seguí, pero con algo menos de interés. Comenzó pronto a aburrirme el simple hecho de que cada programa concluyera pasadas las doce de la noche, con la falta de sueño que eso conllevaba.

Con anterioridad al principio de Operación Triunfo había nacido en otra cadena (bastante más obsesionada en la audiencia que Televisión Española) el inclasificable Gran Hermano. Por desgracia, fue tal su impacto en nuestro país que ni mis compañeros de la universidad ni mi propia familia llegaron nunca a comprender porqué razón nunca llegué a prestar la menor atención a ninguno de sus programas, ya se trataran de la vida misma dentro de la casa o de los lamentables debates ideados para acrecentar el morbo bajo gritos e insultos, todos ellos condimentados con la polémica más zafia posible.

Sea lo que fuere, a primeros de la década pasada el mundo de la televisión comenzó a explotar hasta la saciedad a todo tipo de concursos trillados en los que, ya se tratara de un tema u otro, lo verdaderamente relevante eran las habituales nominaciones y las controversias más vulgares.

A las productoras a veces les surgía la ocurrencia de llevar a cualquier isla del Caribe a varios famosos venidos a menos. Otras, la brillante idea consistía en formar a jóvenes promesas para el absorbente mundo de la moda. Aunque para mí la más disparatada de todas consistió en poner a disposición de un hombre o una mujer al menos media docena de pretendientes, por supuesto dentro del mismo período, con objeto de que una sucia rivalidad evitara el bajón en picado de la venerada audiencia.

Casi siempre he tenido la inmensa fortuna de coincidir con mi mujer en su opinión acerca de este tipo de carnaza televisiva. Dicho esto, es ahora cuando me toca comenzar a explicar el objeto principal de este artículo. Y no es otro que First dates.

A primeros de este año comenzó a emitirse en el prime time de Cuatro un programa conducido por un peculiar presentador. Le vi por primera vez como actor en una serie española mejorable, emitida hace casi veinte años. En Al salir de clase, Carlos Sobera ocupaba un papel secundario. A primeros de la década pasada comenzó a presentar programas y concursos variados, en más de una cadena, en los que en todo caso hacía gala de un mordaz sentido del humor, proveniente de su tierra de origen. En este curioso programa, Sobera lleva la batuta de lo que transcurre en un local de grabación que asemeja a un restaurante moderno y urbano en plena urbe. Junto a varios camareros de papel más secundario cada día reciben a varias parejas, heterosexuales mayoritariamente, que aparentemente intervienen en el programa con el fin de conseguir pareja amorosa.

Analizando su continuidad en la programación, no hace falta ser detective para sospechar que además de la buena acogida inicial, a día de hoy goza de gran rating en su franja horaria.

Pero no es eso lo que más preguntas me ha generado desde que comencé a seguirlo. Por supuesto me llaman la atención muchas cosas mas. En ocasiones parece como si unieran parejas que supuestamente tuvieran gran probabilidad de sintonía. En otras, sientan en la misma mesa a personas cuya falta de similitud se palpa al instante. Se ven ciertas situaciones de forma recurrente que te llegan a plantear seriamente la duda de si por un casual se estará interpretando deliberadamente algún papel cómico, fantoche o burlón, por poner varios ejemplos.

También se ha dado otra circunstancia extraordinaria. Más de una vez han acudido a cita por segunda vez alguna que otra persona que no obtuvo el resultado esperado en su anterior presencia. Aunque, para dar algo más de morbo y sentido a la gala, también han vuelto a aparecer en escena parejas cuya conexión, feeling o directamente deseo sexual fueron imposibles de ocultar en su primera aparición en pantalla.

Con respecto al momento cumbre de cada cita, se sigue una secuencia claramente protocolaria. Todas las parejas entran en cámara a la vez, lejos de la mesa donde se generó el piscolabis previo, sin el adorno visual que comporta la decoración del supuesto restaurante. La voz en off, a modo de conclusión, pregunta directamente a uno de los dos protagonistas si, como continuación a lo iniciado en el programa, tendrá lugar una segunda cita entre ambos. Y es aquí donde comienza uno de las circunstancias más llamativas. Generalmente no se suelen producir grandes sorpresas. El sentimiento normalmente se ha manifestado previamente con la suficiente claridad. Lo que si me llama poderosamente la atención es la forma menos habitual que hay de rechazar una siguiente cita, con la sinceridad y asertividad más sanas. Digo esto porque, cuando alguien rehuye al otro en su elección, de forma corriente suele adoptar la tan manida opción de los malditos lugares comunes, eludiendo la honrada franqueza como manera de salir del paso. Muchas veces me he preguntado cual será el porcentaje real de parejas que efectivamente han mantenido algún tipo de contacto, pese a no que no llegara a consumarse el presumible objeto en cuestión.

Como remate de este artículo hago mención a las parejas que al final se aceptan mutuamente. Hay varios tipos de ellas. Unas se aprueban con mezcla de delicadeza y rubor. Otras se confirman sin apenas decir nada con frases claras, cargadas de vergüenza. Las hay que se conceden mutuamente la posibilidad de iniciar una mayor conexión a partir de lo que surja fuera del programa. Y por supuesto también las hay que aprovechan para manifestar sin rodeos su atracción sexual recíproca, con un beso en los labios que no deja lugar a dudas.

Con las opciones descritas dentro de este último párrafo, junto a otros tipos de síes que no he expuesto explícitamente, ¿con cual te quedarías? Dicho de otro modo, si tu fueras parte de la función, ¿cuál saldría de ti con mayor naturalidad?

Aaron o la fuerza del sino

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No recordaba exactamente en que fecha tuvo lugar, si hacía dos semanas, un mes o tal vez dos. Cuando Aaron Cooper se cruzó dentro del portal de Carlos con aquella muchacha no dudó un instante en identificarla como la misma persona con la que había tenido una de esas cómicas escenas que se producían cuando dos desconocidos chocaban una y otra vez al querer retomar su marcha después de un choque fortuito.

Esta vez la vio venir a unos metros de distancia, lo justo para pasar con una separación prudencial el uno del otro. Instintivamente, Aaron aminoró el paso para evitar la coincidencia en la puerta que separaba el recibidor del portal con la zona donde se encontraban los ascensores. Aunque todo ello lo hizo sin dejar de echar el ojo a la joven. Ésta, a caballo entre un cierto rubor y un interés difícil de ocultar, le mantuvo firme la mirada al tiempo que esbozaba una sonrisa ligera pero cordial. Cuando finalmente cruzaron sus pasos, se saludaron cortésmente. Aaron no fue capaz de resistir la tentación de volver la vista atrás justo en el momento en que cerraba la puerta del ascensor. Para su gozo comprobó que la enigmática desconocida hacía otro tanto mientras sujetaba la puerta de la calle, con el fin de evitar encajarla de forma estruendosa.

No sabía muy bien como definir con palabras lo que había sentido viendo a esa mujer. Sobre todo esta última vez. Aaron recordó como su madre le preguntaba, durante la fase adolescente vivida en el instituto, si había sentido alguna vez mariposas revoloteando en su estómago. Por aquel entonces no entendió muy bien aquella expresión. Manejaba desde su infancia el castellano de un modo más que correcto, pero se le escapaban en gran medida los dobles sentidos e ironías que ella solía emplear en su lengua original. La clásica vergüenza del adolescente hizo que nunca preguntara por el significado de una expresión como esa. Curiosamente un suceso casual le retrotrajo a cinco o diez años atrás cuando despertó su interés por el sexo opuesto y le hizo comprender de forma súbita el significado de tan curioso dicho de su madre.

Tan pronto le franqueó la entrada a su casa Carlos se percató de la sonrisa inocente que su cliente traía consigo.

Queridos blogueros, disculpen la molestia

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Desde que inicié este blog me surgió una duda que se repite con cierta asiduidad. Sigo a poco más de veinte blogueros que tratan temas variopintos, todos ellos lo suficientemente interesantes como para mantener mi atención de forma desinteresada.

Por decirlo finamente, os hago saber que la gran mayoría de ellos son seguidos, leídos, contestados, tuiteados y retuiteados por decenas, si no centenares de personas. Por desgracia no es mi caso. Con toda franqueza, creo que es mejor ser honesto en lugar de soltar la clásica fantasmada al uso.

Por este motivo se me ha ocurrido retomar mi blog con un artículo especial, diferente, que probablemente requerirá ser clasificado en una nueva categoría propia y específica, con la complejidad que ello conlleva. Se trata de plantear dudas, con la peculiaridad de hacerlo sobre todo a aquellas personas que publican, con mayor o menor éxito, sus propios artículos.

Partiendo de la nada, es decir, desde la habitual ausencia de comentario o contestación alguna, cualquier cosa que se exponga como impresión, explicación o elucubración no producirá más que un curioso bienestar.

¿Cual creéis que es la sensación generalizada que tienen quienes os siguen cada vez que publicáis, ya sean blogueros o simplemente lectores? ¿Pensáis que la gente opina lo que realmente piensa u omite o camufla por contra sus impresiones, con el fin de evitar vuestra decepción o fastidio? Hilando más fino, ¿sospecháis que en algún caso se os ha dado a conocer algún bloguero a quien realmente no le interesaba lo que publicabais, vuestros temas o forma de redactar, con el único fin de promocionarse a sí mismo ante el gremio?

Entre todos los blogueros a quienes sigo se encuentran personas, o mejor dicho, escritores de toda clase y condición. Los hay que parecen estar más cerca de los veinte que de los treinta años. Los hay que prefieren narrar con sincero interés el curso de sus acontecimientos cotidianos y también los hay que disfrutan deleitando y deleitándose con su poesía o con historias cuasifantásticas. Los hay que imparten lecciones sobre temas concretos, entre la simplicidad de lo complejo y la normalidad más majestuosa. Los hay que, al escribir sus relatos, plantean preguntas poco menos que existenciales que los demás probablemente no seríamos capaces de cuestionar. Los hay que te entretienen y te dejan más que atraído desde el planteamiento de meras anécdotas.

En todo caso, sea como fuere, no puedo o más bien no debo sino agradecer su dedicación a la escritura y nuestra lectura y reflexión posterior que generan.

P.D. 1: Retomar mi blog, después de un largo trimestre disfrazado en forma de “periodo de abstinencia” en la escritura, en realidad no es más que mi forma tradicional de acabar con las excusas para volver a escribir aquello que emprendí hace casi un lustro. Para quien quiera indagar sobre este asunto, le invito a leer de forma “desinteresada” el décimo artículo que publiqué, hace casi un año. Se trata de Laura no pierde el tren. Para más señas, es el único que pertenece, de momento, a la categoría Novela. Continuará…

P.D. 2: Para mí sorpresa, finalmente el nombre de la categoría ha sido bastante más simple de lo que presumí en principio.

Viejos misterios

Blog 18_Nuevos Ministerios

Dentro del día a día hay determinadas impresiones cotidianas que te ocasionan duda e interés a partes iguales. Pero crees sinceramente que el relato que viene a continuación no se debe a ningún desvarío sino a la calidad que atesora el protagonista de este artículo.

En breve se cumplirán veinte años desde que el trayecto en transporte público se convirtió para ti en un amigo especial. No es que te encantara hacer todos los días el mismo recorrido pero lo necesitabas, más bien dependías de él. Puede que alguien se pregunte por qué dices esto. La respuesta es bien simple. El tiempo que hace desde la primera vez que viste al héroe en cuestión sobrepasa con creces los diez, casi quince años de la fecha actual.

No eres precisamente un experto dentro de la interpretación musical que practica cada mañana este personaje tan enigmático. Crees que simplificarías enormemente su condición si sólo te refirieras a él como el músico que toca a primera hora en los pasillos de una de las principales estaciones del metro de la ciudad. Y justificas esto cada vez que afirmas que, tal y como intuyes, su manejo del violín sobrepasa con creces al del resto de los músicos callejeros. No sólo en la complejidad de los propios temas representados. Mas bien gracias a la manifestación clara y nítida que le proporciona su expresión en general. Se trata de gestos y movimientos corporales diferentes, cautivados y cautivadores a partes iguales, de aquellos que no podríamos explicar los profanos de la música. Es como si fuera un nexo inseparable entre el complemento directo y el indirecto, entre una objetividad y una parcialidad que coexisten dentro de la mas armoniosa espontaneidad.

La vena analítica de tu ignorancia sospecha que esa proverbial destreza con el violín no debió surgir justamente de un curso cualquiera de los que se anuncian en televisión todos los meses de septiembre, tratando de purgar cada conciencia del desabastecimiento emocional más recurrente.

Siempre has percibido en su cara y su cuerpo una sensación muy particular, difícil de definir. A ratos da la impresión de obsesionarse con el momento musical atormentado en el que se encuentra. Otras veces muestra un semblante relajado, como si el hecho en sí dependiera más de su distracción que de la propia obtención de recursos monetarios. Ni que decir tiene que esta circunstancia provoca la colocación estratégica de la funda de su violín, abierta y al alcance de todos los que pasamos por allí.

Confirmas con meridiana certeza que, aunque lo ves tan a menudo, en absoluto te supone una rutina desagradable previa al comienzo de tu jornada laboral. Reafirmas que el ensimismamiento que demuestra, violín en ristre, le sitúa automáticamente muchos peldaños por encima de la mayoría de la gente que pide dinero en el transporte, al tiempo que aporrean cualquier otro instrumento, esperando a que termine su duro día de trabajo.

Te planteas si la práctica y el talento que atesora convivirán unidos a una estable jornada laboral en el turno de tarde o si por contra servirán unicamente para sustentar el alquiler de un pequeño cuchitril de mala muerte junto a la comida más barata posible. Te surge esta hipótesis como explicación a una pequeña coyuntura: aunque a diario seguramente pasaremos varios miles de personas delante de él, apenas has visto a individuos que le obsequiaran con moneda alguna. De billetes, mejor no hablar. Aunque desde un punto de vista más optimista, su persistencia en aquel lugar junto a su instrumento te alegran, suponiendo que al menos obtendrá lo necesario para mantener el tipo.

Otra cuestión que da más morbo al asunto es su apariencia corporal. Es alto y flaco. Sin lugar a dudas crees que ya ha superado los cuarenta años. Pero esto no es lo que más te llama la atención. La estatura pero sobre todo el color de piel y ojos denotan que probablemente naciera y se criara en el este. Pero no en el este de la capital, como si de Alcalá de Henares o Arganda se tratara, sino más bien en el este de Europa. Este hecho, pese a que no lo tienes en consideración en el plano musical, retuerce más si cabe el misterio de su historia, dándole un aire casi místico a cada composición interpretada por él.

A menudo te haces una pregunta sustancial. Por el motivo que fuera, si un día conocieras con cierto detalle su biografía, ¿sería la suya una vida anodina por definición? O por contra, ¿crees que te podría suministrar, mas que un simple tema para otro artículo de este blog, directamente el esbozo necesario para el desarrollo de una novela interesante?

Viejos misterios, en Nuevos Ministerios.

Sin título

Blog 17_Misiva

Hace varios años, en mitad del verano recibí una llamada a mi móvil. No era más que para darme fecha a lo esperado. A pesar de ello no pude evitar sentir una tensión casi extrema. La angustia y la incertidumbre camparon a sus anchas.

Hace pocas semanas no fue una llamada lo que me produjo una sensación similar. No era mío el protagonismo en lo referente a la noticia de ese día, pero no por ello me resultó fácil de aceptar. A primera vista mi sonrisa manifestó su alegría nada mas ver tu nombre como contacto emisor, aunque confieso que nada más abrirlo y ver lo largo que era el mensaje, de inmediato sospeché que no era como los de costumbre entre tú y yo. Se saltaba el clásico mensaje corto con el saludo tradicional, seguido de los parabienes habituales.

Tan pronto comencé su lectura confirmé mi mal augurio. Tras un minuto de atención noté como mi nerviosismo se disparaba.

Todos sabemos que cosas así ocurren a menudo. Muchos conocen gente que lo ha padecido, directa o indirectamente. Incluso algunos como yo lo hemos vivido y sufrido en nuestras propias carnes.

Lejos de sentirme molesto por el intervalo entre fechas empaticé contigo al instante, comprendiendo tu demora perfectamente. A todos nos cuesta menos poner en conocimiento lo bueno que lo menos bueno, pero creo sin duda que en casos así somos transportados inopinadamente al máximo nivel de dificultad.

La comunicación de este episodio tuvo lugar a media mañana aproximadamente. El malestar y la pena me dieron un respiro poco antes de comer. Necesitaba contárselo a alguien. A alguien que os conociese, claro está. Y quién mejor que mi mujer para este caso. Ella te conoció varios años después del comienzo de nuestra buena amistad, pero siempre manifestó sin rodeos el notable aprecio que tuvo por ti desde vuestro punto de partida. Tan sólo la informé, sin recomendar ni prohibir su mensaje de cariño, pero tan pronto me dio a conocer su gesto afectuoso hacia ti entendí de sobra porqué había llevado a cabo su actitud de apoyo.

Después de comer, sin proponérmelo hice un salto en el tiempo, rememorando la última vez que nos vimos. La primera y por desgracia única vez que estuve junto a él. Recordé el pequeño retraso con el que llegasteis. Pero no me sentó mal, más aún después de que nos contarais cual había sido su jornada maratoniana con viaje nocturno incluido. Agradecimos de corazón que no hubieses cancelado aquel encuentro.

Me sorprendió para bien su determinación. Supuse al instante que seguramente él habría oído mi nombre y parte de mi historia, de la misma forma que mi mujer conocía y había escuchado tus relatos, contados por mí en alguna ocasión. Cuando uso la palabra determinación en buen sentido no es más que por contraposición a mis habilidades en lo referente a ese nivel de relaciones sociales. No sólo me chocó sino que despertó la más sana de mis envidias. Como anécdota de esa tarde recuerdo que, después de la sobremesa, él pidió permiso para echar una siesta reparadora en el establecimiento rural donde estuvimos alojados. No sólo se lo concedimos sino que mi mujer y yo horas después coincidimos plenamente en la absoluta naturalidad necesaria de la que hizo gala para pedir un favor así, con motivo de algo tan simple como primordial. Nuevamente su espontaneidad me causó una mezcla entre simpatía y afabilidad. Mi carácter retraído estaba recibiendo lecciones de sencillez, llanas pero a la vez indiscutibles.

Me acordé con nostalgia de una tarde de verano, mediada la década de los noventa, en la que quedamos para vernos en tu casa. Recordé una conversación más que amigable contigo y con tu madre, en el salón de vuestra casa. Dicho así no debería sonar como algo excepcional, de no ser porque aquella fue la ocasión en la que tuve el gusto de conocerla y porque ambos nos encontrábamos por debajo de la mayoría de edad. Pero lejos de sentir la clásica vergüenza, disfruté de un agradable rato tomando café también junto a ella, como si por entonces fuésemos más adultos que jóvenes.

Lo siguiente fue la vuelta atrás a un periodo más reciente. Recordé como él había ocupado tu corazón justo en la época en la que casi todos creemos que ningún llanto, incluso surgiendo de un amorío, tendrá solución y que ya estamos preparados para tomar las riendas de nuestra madurez, pese a que nuestra cabeza se encuentra absolutamente perdida en plena pubertad. Por un momento ojeé tus cartas, por supuesto dentro de mi imaginación. Desde la adolescencia te tome un cariño más que notable por la afinidad que teníamos para muchas cosas, pero sobre todo me conquistaste como amiga por un detalle no menor. Pienso sinceramente que te encantaba escribir. Y yo, para más casualidad, además de coincidir contigo en ello gozaba del privilegio de leerte ocasionalmente y echar buenos ratos mientras redactaba la contestación a tus misivas. En ocasiones, el placer es de un tipo y condición tan raso como la correspondencia mantenida con alguien a quien de verdad aprecias.

Volví también a mi año más duro hasta la fecha. Una de las pocas cosas buenas que me ocurrió en esa época fue el encuentro que tuvimos poco antes del verano. Yo te relaté el lance vivido desde el comienzo de lo malo. Tu me narraste tu segunda etapa y posterior matrimonio con quien en su día había provocado tus desvelos de juventud. Reconozco que me sorprendió, pero me alegré con franqueza.

Mantuvimos una comunicación periódica, debido sobre todo a Facebook. Quienes me conocen bien saben que, lejos de buscar a quinientos conocidos imposibles de atender, agradezco en serio a esa herramienta que me permitiera retomar de nuevo el contacto con personas con las que nunca debía haberlo perdido. Por supuesto con personas como tú. Mi querida amiga Gema sabe que esto que digo es absolutamente cierto.

Llegados a esta altura, no te voy a proponer ninguna fecha de llamada o encuentro. Prefiero dejarlo a tu elección, ya pasen meses o años desde que me leas por primera vez. Esto podría sonar a represalia por alguna molestia causada, pero no voy a perder el tiempo explicando nada que de sobra sabes que no existe. Tu conoces bien la realidad y mi voluntad al respecto. Dadas las circunstancias vividas, esperaría el tiempo necesario para que volviéramos a vernos.

P.D. 1: No se si llegamos a hablar de esto en su día. Nunca supe si te referías a él con lo que era su nombre, su apellido, una parte de ellos o simplemente su apodo de siempre. Entono el mea culpa por no haber hecho esta pregunta mucho antes. De nuevo lo repito. La vergüenza siempre ha sido mi compañera de viaje.

P.D. 2: Nunca me ha resultado tan difícil poner nombre a un artículo de este blog. 

Radioterapia

Blog 16_Radioterapia

Siempre comenzaba después de la cena. Nunca imaginó que lo verdaderamente significativo de su vida tendría lugar en medio de la oscuridad. Aunque a diferencia de su época anterior, este si era un turno de trabajo.

Andrés inició ese recorrido varios años atrás. A regañadientes aceptó el horario nocturno, por necesidad, sobre todo con el fin de expiar un pasado que había sido lo suficientemente turbio como para huir de él.

Pese a la falta de luz, era muy diferente trabajar toda la noche conduciendo un taxi. Pasar horas y horas de jarana en jarana, escuchando música hardcore combinada con alcohol, drogas y trapicheo era duro pero no tenía comparación con casi nada.

Una vez sometido al enredo necesario para sacar beneficio de ese negocio, Andrés comenzó a claudicar ante el mal. Frente a sus buenas promesas de adolescente, entró en aquel ambiente al borde de los veinte, fundamentalmente debido a su pasión por el género musical citado. De primeras pudo compatibilizar sin grandes problemas su diversión con el trabajo de almacén que llevaba a cabo desde sus comienzos. Pero el curso de los acontecimientos manifestó de forma patente su incapacidad para seguir ese ritmo. Si quería ir a todos los conciertos posibles necesitaba dos cosas a partes iguales: dinero y energía adicional. Uno para costearse su entretenimiento, dadas sus modestas condiciones pecuniarias, y otro para mantenerse firme, luchando contra el lógico agotamiento físico.

Lejos de llegar a un acuerdo, la discrepancia entre el sentido común y la realidad de los hechos, propició una deserción rutinaria. Cuando no se inventaba una gastroenteritis o una fiebre en la consulta del médico alegaba el fallecimiento de alguien querido con motivo de su inmoderado absentismo laboral. Lógicamente al cabo de unos meses su circo se vino abajo como un castillo de naipes. Tras su enésima baja de fin de semana, un martes entró en la nave, listo para llevar a cabo sus quehaceres cotidianos. Aunque ese día no llegó ni tan siquiera a ponerse el uniforme. Nada más acceder a las instalaciones, Andrés fue llamado a capítulo por la dirección de su empresa. Cuando se disponía a aportar el justificante pertinente, el director giró su monitor, poniéndolo a su vista. Al instante comprendió a qué se debía aquella inesperada reunión. Alguien había grabado vídeos y tirado fotos con motivo de sus frecuentes cambalaches. Apartado de toda negociación, el jefe consiguió que Andrés firmara casi sin leer una carta de baja voluntaria, incluso dando el visto bueno a un finiquito que nunca llegaría a recibir en su totalidad, como represalia contra el engaño que había llevado a cabo.

Andrés abandonó las instalaciones con una sonrisa insolente, pensando a la postre que disponer de mayor tiempo libre le permitiría generar abundantes recursos económicos mediante sus chanchullos. De esta manera comenzó su particular bajada a los infiernos. Junto a Cristóbal, su mejor amigo desde la infancia, Andrés se sumergió automáticamente en la compraventa de estupefacientes. Cristóbal poseía una determinación extrema. Gracias a sus contactos, adquiridos a través del gimnasio, tomó las riendas inmediato. Como agente comercial que era, su capacidad de negociación a alto nivel estaba más que contrastada. Su hándicap se hallaba en el ámbito más terrenal: se sentía amedrentado en lo tocante al intercambio de dosis por dinero con los consumidores más destemplados. Por el contrario, Andrés se zambullía con total naturalidad en la venta en plena calle, por muy barriobajera que esta fuera. Como Cristóbal solía decir sin que Andrés le comprendiera, representaban la mejor de las sinergias posibles.

Cristóbal era tan inteligente y capaz que, a pesar de su querencia por la fiesta nocturna, también consiguió progresar dentro del mundo empresarial en un corto período. Sus capacidades negociadoras eran tales que, sin comerlo ni beberlo, de un mes para otro cambió de viajar a otras comunidades autónomas de forma esporádica a pasar semanas seguidas trabajando fuera de España.

Al comienzo de ese ascenso Andrés capeó el temporal como pudo. Las dos tareas unidas le exigían una dedicación, esfuerzo y constancia que excedía a su juicio el límite máximo recomendable en un negocio tan sucio como ilegal.

Pese a todo, Cristóbal no se desentendió por completo de su fuente adicional de ingresos. Pese a llevar varias semanas sin ejecutar el trabajo como anteriormente, seguía dando órdenes y consejos a Andrés con carácter regular. Sin lugar a dudas ello supuso que éste tomara una determinación tajante. No tenía miedo a ese mundillo. Hasta entonces no se había llevado susto de ninguna clase, pero sin duda prefería no tentar a la suerte. Las diferencias entre el puesto de gestor y administrador de Cristóbal y el subalterno suyo eran evidentes. Andrés no tenía especial interés en seguir progresando en los bajos fondos, no así como su compañero y amigo, quien periódicamente le informaba sobre el reparto previsto de las remesas provenientes de alijos dignos de consideración.

Dicho esto, dentro de su absoluta seguridad, Andrés puso fin a su experiencia en la delincuencia común. A través de su discreto email en borrador sin enviar, comunicó a Cristóbal su cese indefinido dentro de su actividad, al tiempo que reportaba la última liquidación de haberes del superior de aquel dúo. Excusando su súbita despedida, Andrés adujo circunstancias personales de gran calado, sin pormenorizar más.

Una semana después fue con su padre de compras. Aunque su último fin no era el adquirir nada en concreto. Tras la oportuna reflexión tomó la decisión de pedirle ayuda, con objeto de que su vida profesional girara ciento ochenta grados. Aunque siempre dispuso de aquel comodín, Andrés nunca había tenido en cuenta la posibilidad de pasar su jornada laboral conduciendo un taxi. Su padre, en calidad de competente administrativo de la principal asociación del gremio, no tendría reparo ni dificultad alguna en encontrar a un propietario que estuviese dispuesto a alquilar su vehículo a su hijo.

Dicho y hecho. Como condición le pusieron una regla innegociable. Su contrato nacería con horario nocturno sin cambio previsto. Al principio Andrés tuvo problemas para aclimatarse a su nueva realidad. Había pasado multitud de noches sin dormir, pero había sido en otras condiciones y por otras causas. Ahora tendría que trabajar a solas, manteniendo la precaución necesaria al volante.

Aunque no le apasionaba la idea de conducir sin luz natural, pronto comenzó a adaptarse. Como deferencia a sus clientes asumió la pauta de dejar de oír su hardcore preferido como había hecho hasta entonces. Afortunadamente apenas se acordó de ello. Andrés conoció y comenzó a disfrutar de una afición desconocida para él: escuchar la radio. Pero no se trataba de los clásicos programas de música oídos tantas y tantas veces. No era otra cosa sino las historias de personas que llamaban para narrar diferentes casos, desde unos muy insulsos hasta otros definitivamente apasionantes.

Años después de su comienzo, se produjo una anécdota más que curiosa. Andrés tenía por costumbre comenzar junto a una estación de autobuses cercana, aunque en muchas ocasiones llevaba a cabo los trabajos que le surgían a través del radiotaxi.

Aquella noche estaba siendo muy aburrida. No había arrancado el motor ni una sola vez en sus primeras horas, cuando cerca de las cinco de la mañana la comunicación habitual de su asociación le indicó la dirección a la que debía acudir para recoger a su próximo cliente. Se trataba de una recogida en la zona noble de Madrid. Hasta ahí todo era normal.

Andrés detuvo su taxi en la entrada al parking de la calle Lagasca. A continuación bajó un hombre vestido con traje y corbata. Su aspecto pulcro y aseado denotaba que aquella recogida se debía más a un madrugón que a una trasnochada. Portaba una maleta grande y un maletín de distintos materiales de calidad. Dejó su equipaje junto al maletero para que el taxista lo guardara. Fue en aquel momento, un segundo antes de que el pasajero se sentara en la parte de atrás del coche, cuando Andrés notó como el asombro se apoderaba de él. Su primer cliente no sería otro que su buen amigo Cristóbal.

Andrés cerró la puerta nervioso, sin saber que hacer ni que decir. Salió del apuro preguntando el destino sin girar la cabeza.

-¿Dónde le llevo?

-Al aeropuerto.

Durante los diez minutos que duró el trayecto no cruzaron ni una sola palabra. Pero esto no tranquilizó a Andrés. Estaba abocado a mostrarse de forma nítida ante Cristóbal, ya fuera cuando éste le pagara o cuando vaciase el maletero.

Una vez concluido el viaje, con una extraña mezcla de miedo y emotividad a partes iguales, por fin tuvo lugar el desenlace.

-Andrés… ¡No te había conocido! No esperaba… no sabía que trabajaras en un taxi.

-Hombre Cristóbal, ¡vaya sorpresa! -fingió Andrés.

-¿Qué tal te va? ¿Cómo te han ido estos años? Nos dejamos de ver, de un día para otro.

-Sí, la verdad es que sí. Lo siento. Es que…, es que no me quedó otro remedio que desaparecer por una temporada -expuso Andrés-. Tuve una enfermedad que me obligó a dejarlo todo.

-¡No jodas! -dijo Cristóbal, con gesto preocupado-. ¿Qué te ha pasado?

-Tuve un cáncer. Ya por fin lo he superado -dijo Andrés, sorprendido por su imaginación.

-¿Te operaron?

-No. Radioterapia. Sobreviví gracias a la radioterapia -mintió Andrés, conteniendo a duras penas la consiguiente carcajada.

-Ya lo decía yo. Tú eres un campeón.

Unos segundos después se despidieron mutuamente, entre una amalgama de lugares comunes, estupideces diversas y promesas imposibles de cumplir.

Una vez sentado en su asiento, Andrés arrancó el coche, mientras encendía la radio de nuevo. Su programa favorito estaba a punto de acabar. Un tipo con voz de yonqui se encontraba explicando como había sido su adicción a la droga y el posterior restablecimiento. Por un instante Andrés volvió atrás en el tiempo. Pese a que nunca había llegado a sentirse plenamente enganchado a nada, de inmediato reconoció que probablemente habría llegado a ello de no ser por el cambio radical que eligió. Su peculiar radioterapia nunca le salvaría de ninguna clase de cáncer, pero con toda certeza podía asegurar que, de no haber adquirido ese hábito, finalmente habría sucumbido ante las tentaciones de su depravado negocio nocturno.

Casualidades desde otro siglo

Blog 15_Casualidades desde otro siglo

Aquella mañana Berta subió al tren más temprano de lo habitual. A diferencia de otros días, pudo elegir su ubicación saltándose el uso cotidiano, sin que ello tuviera mayor importancia para su trayecto. Decidió sin dudarlo uno de los pocos sitios que en buena lógica permitiría su primer ejercicio de relax del día.

Sacó el libro que estaba a punto de concluir y se sumergió dentro de él. Todo siguió así hasta la siguiente parada. Fue entonces cuando el asiento de al lado fue ocupado por otra persona. Nunca había temido a los hombres que se sentaban junto a ella en el tren, pero siempre se había sentido más a gusto con compañeras de su mismo sexo, por desconocidas que fueran.

La fémina venía con su móvil en la mano, comunicándose a través de whatsapp. No obstante, poco después de arrancar el tren, la mujer guardó el teléfono en el bolso, al tiempo que sacaba su libro. Tratando de esconder su indiscreción, Berta no pudo evitar el desvío de su mirada hacia la portada del mismo, justo antes de que comenzase a leerlo. De inmediato viajó casi veinte años atrás, acordándose de su inmersión en el mundo de la lectura y de como aquel Maleficio de Stephen King comenzaba con un número extraño que de ninguna manera versaba sobre el orden del primer capítulo ni de la página en la que se encontraba. Berta recordó que, pese al notable entretenimiento que ese libro le produjo, a su juicio no tuvo comparación con los excelentes La tienda o La mitad oscura del superventas estadounidense. A esa edad ya había comenzado a preguntarse cómo narices se podría dar un paso más, aumentando el interés, la intriga y el suspense al cierre de cada uno de los capítulos, una vez avanzada la trama.

Berta concluyó el libro y lo guardó en su bolso, aprovechando ese momento para extraer los auriculares de su móvil. Seleccionó su emisora preferida, justo cuando la presentadora del programa citó a un mítico Premio Nobel de Literatura, dado que ese día se cumplía el quinto aniversario de su fallecimiento. Justo cuando la locutora nombró a José Saramago, Berta sintió de nuevo una de sus pesadumbres periódicas, al recordar la especial relación que mantuvo durante varios meses con la maravillosa obra Ensayo sobre la ceguera. Maravillosa por poner en funcionamiento una historia compleja e inimaginable, pero extraordinaria para una reflexión a un alto nivel existencial. Maravillosa a pesar de no haberle prestado una dedicación mucho más notable. Pero sobre todo maravillosa por darle nombre a una soberbia creación literaria que, por desgracia, poco después acabaría aparcando sine die sin solución de continuidad. Berta evocó por un instante aquella aciaga temporada en el ámbito laboral y como ello supuso su desconexión práctica de múltiples placeres cotidianos, por muy simples que estos fueran, entre los que por supuesto se encontraba su afición a la lectura.

Su desconocida compañera de Maleficio comenzó a leer el segundo capítulo. Casualmente también contenía en su inicio otro número. Eso sí, inferior al primero.

El programa de radio continuó dando noticias varias, pero Berta escuchó con especial atención una más que interesante. La desconvocatoria de una huelga colectiva en el sector aeroportuario rememoró el retraso que vivió una vez, mientras esperaba a que tuviera lugar el embarque de un vuelo con motivo de su trabajo. Cansada por el madrugón, después de dos horas quieta de pie, Berta tuvo la suerte de ver como una mujer desocupaba el asiento más próximo a su posición. Una vez allí sentada se percató del libro que leía el hombre sentado a su lado, con gesto de sincero disfrute. Dada su postura, Berta simuló un movimiento que le permitió conocer el nombre del título y su autor. No le llamó la atención comprobar como El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, dejaba al descubierto la inclinación de aquel caballero por lo que, a su juicio, había sido la formidable narración del día a día, problemas comunes y conflictos de un joven, discapaz y superdotado a partes iguales, junto con los obstáculos de convivencia en la vida entre adultos.

Al terminar este flashback el tren se detuvo en otra estación. Como era costumbre, entró un puñado de gente. Pero hubo un hecho que no escapó de su atención. Una mujer de entre treinta y cuarenta años subió indudablemente compungida. Llevaba su bolso cruzado y un libro entre las manos. Pero no lo portaba de cualquier forma. Se colocó de pie, en frente suyo, a un metro escaso de distancia y abrió su ejemplar con fruición. Debía quedarle aproximadamente un cuarto del total para finalizar su lectura de una magnífica La importancia de las cosas, de Marta Rivera de la Cruz, cuando la recién llegada rompió a llorar. Lo hizo discretamente pero sin el menor intento de disimulo. A Berta le chocó poderosamente esa imagen. Se preguntó por un momento como semejante llanto parecía no ser objeto más que de un goce lector imposible de camuflar. Aunque en seguida, a modo de respuesta a sí misma se acordó de como, a esas alturas de la novela, se narraba el sencillo reconocimiento de Beatriz, la coprotagonista, en relación a su enamoramiento por el protagonista, Mario Menkell, persona tan taciturna como bondadosa.

Pero por desgracia Berta no tenía la clara certeza de esta posibilidad. Simplemente se vio a sí misma leyendo ese libro en el tren, varios meses atrás. En su caso fue un viernes por la tarde y el tren iba prácticamente vacío. Tanto fue así que Berta aquella vez no necesitó simular recato alguno.

La siguiente parada se encontraba ubicada en el acceso a un polígono industrial. Habitualmente se solían bajar en ella algunas personas, pero raro era el día que se subía alguien a esas horas. Como excepción, esa mañana accedieron al vagón un par de jóvenes, integrantes de la clase social especializada en no dejar indiferente al resto de los mortales. Pese a hallarse emplazados a dos metros el uno del otro, el más alto soltó de forma chistosa “El Juanjo, ¡a millas!”.

Berta giró su cabeza hacia el otro lado, evitando que su risa sobre el comentario de tal sujeto saliera a la luz. Pero como continuación del dicho jocoso un rápido vistazo enlazó de manera indirecta pero incontestable con lo que había pensado segundos atrás. A pocos metros a su izquierda se encontraba sentada una apuesta mujer que debía rondar los cuarenta y cinco años aproximadamente. Su porte hubiera llamado la atención para bien de no ser por que la pierna que mejor veía Berta portaba un vello que excedía con creces el estándar sobreentendido en la actualidad. Acto seguido, Berta pudo por fin comprobar que la otra extremidad de la señora se encontraba aparentemente en mejor estado de limpieza y conservación. Siguiendo con su peculiar analogía literaria, Berta dudó si la señora en cuestión habría leído la notable La soledad era esto de Juan José Millás. Le hubiese gustado saber si un lance repetitivo como la muerte esperada de un familiar cercano y longevo tendría también alguna relación con el anormal descuido que mostraba esa señora.

Sin llegar a sonrojarse, Berta recordó como ese libro de Juan José Millás, pese a haberle entretenido, tomó desde su comienzo sitio en su entorno sentimental por cuestiones distintas a lo meramente literario. Había sido su primera novela después de un largo trance personal de gran calado, de esos que nunca se podrían ignorar.

Por fin llegó el tren a la principal estación. El embarque y desembarque tuvieron lugar con la tradicional armonía desordenada. La lectora de Maleficio abandonó su asiento. Berta sonrió al pensar cómo la casualidad más natural había generado su remembranza lectora a lo largo de los últimos veinte años de su vida.

Pero no todo acabó ahí. Su asiento de al lado fue ocupado de inmediato, pero esta vez por un varón con media melena, al borde de la tercera edad. Hablaba por el móvil de forma estentórea, sin ambages. Aunque no fue esto lo que más le sorprendió a Berta. El caballero mencionado portaba sobre sus piernas una carpeta que contenía un buen taco de documentación. Hasta ahí todo normal pensó, pero lo que más le llamó la atención fue que el archivador estuviera forrado con un mapa político de la península. Comenzó a escuchar su conversación telefónica y al rato le sorprendió otra faceta de ese señor. Daba órdenes, entre la diligencia y el exceso de celo, pero sobre todo hablaba de su propio desempeño como si de una tercera persona no presente se tratara, repitiendo hasta la saciedad una expresión: el territorio. Era algo inaudito. Nunca antes había escuchado a nadie departiendo con otro sobre sí mismo de aquella manera, como si estuviese interpretando un papel en una obra o fuera objeto del endiosamiento más selecto.

A Berta no le había caído bien este individuo desde el principio, pero justo cuando acuñó su locución le vino a la cabeza su relación con el mundo de la lectura. Voy sentada a la vera del caballero del mapa y el territorio, se dijo Berta irónicamente, justo cuando se retrotrajo a la obra del mismo nombre escrita por Michel Houellebecq, que le había causado un notable desconcierto meses atrás, con motivo de una petulancia inédita hasta esa fecha.

Poco después, habiendo llegado a Sol, Berta se apeó del tren.

Pese a haber venido todo el camino sentada en el lugar más cómodo, había vivido un trayecto muy diferente al de costumbre. Divertido, emocionante, contradictorio por momentos. Sin comparación al resto.

¿Alguna vez te ha llamado la atención cualquiera de los libros leídos por gente que se encontrara cerca de ti en tu transporte diario? ¿O tal vez has visto, oído o vivido alguna experiencia que se asemejara con historias, principales o secundarias, de libros leídos por ti?

La despedida siguiente

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Pese a que recordaba lo que las dos tomaban habitualmente, el camarero les preguntó previamente cual sería su consumición.

Pues sí –comentó Carla-. El día que volvimos de vacaciones tuve que pasar por allí. Todavía no me han llamado. Espero que aparezcan mis maletas. Si no, perdería un montón de ropa y todas las compras que hice.

-¡Ojalá! Aunque si no te han llamado ya… –dijo Amanda.

Eso me temo. Los primeros días aguanté como pude, pero al final no me quedó más remedio que pasar por su casa a llevarme muchas de las cosas que me quedaban allí.

-Supongo que no le verías, ¿no?

-Eso creía yo. Pero al final apareció allí poco después.

-¿Y qué te dijo? -preguntó Amanda, intrigada.

-Nada. Tan pronto me vio se puso a llorar como una Magdalena. Apenas pudo hablar conmigo.

-Por tanto, imagino que no le contaste nada.

-Sólo me dijo que esa semana tendría turno variable, porque varios compañeros estaban de vacaciones.

-Entonces, ¿no has vuelto a saber nada de él?

-Pues… sí. Volví a pasar por su casa unos días después, a finales de esa semana. ¿Te acuerdas del cambio brusco de temperatura que hubo esos días, antes de que acabara el verano? –preguntó Carla.

Sí.

-Pues resulta que yo no tenía casi nada de manga larga. Tan solo un par de blusas. Ni una chaqueta de entretiempo, ni un jersey de lana.

-¿Eso quiere decir que ya no te queda nada allí?

El singular gesto mostrado por la cara de Amanda adulteraba la formulación de aquella pregunta, categórica a todas luces.

-Bueno… Este lunes pasé por allí de nuevo. Se me había roto el secador de pelo que me llevé semanas atrás. Por eso no me quedó más remedio que ir a recoger el que me quedaba en su casa. Aunque era antiguo, fue el que llevé allí cuando empecé a vivir con él.

-Dime que él no estaba –pinchó Amanda.

Sí que estaba, sí. Aunque ese día lloró mucho menos. Hablé un ratito con él.

-Supongo que ya no volverás a verle, ¿verdad?

-Pues no sé. Quizá tenga que ir este fin de semana por allí un momento. Pero tranquila, que tiene su explicación. Sólo será por el informe que debo entregar la semana que viene –aclaró Carla.

Carla, ¿para qué te has separado de él? O más bien, ¿por qué? Sabes de sobra que ese fichero te lo puedo pasar yo cuando me lo pidas.

-Ya lo sé, pero… ¡No quiero ponerte en ese compromiso! –contestó Carla, eximiéndose de toda culpa.

La incisiva mirada de Amanda propició que su amiga tratase por todos los medios de escurrir el bulto generado con su relato. Incapaz de cambiar de tema, Carla optó por echar tres terrones de azúcar dentro de la taza que contenía su clásico café manchado.

Hacía ya rato que Amanda había terminado su solo doble. Con sabor amargo, tal y como era su costumbre.

¿Con coma o sin ella? Todos los equipos derrotados

 

Lunes por la mañana. Se veían caras largas por doquier. La oficina mostraba una imagen casi sepulcral, simulando desde un tanatorio para quienes mejor lo habían pasado hasta un monasterio de clausura para los que directamente tuvieron alguna incidencia o altercado.

Pero para explicar todo esto conviene que retrocedamos en el tiempo al viernes anterior. O para ser más exactos, a un mes atrás.

Con motivo del excelente resultado económico que la empresa había obtenido por quinto año consecutivo, el gerente había planteado no sin ciertas dudas al dueño de la empresa la posibilidad de costear a todos sus empleados un fin de semana de ocio rural. Desde su perspectiva más objetiva, la actitud de los trabajadores, su asombro y desconcierto solaparon desde el comienzo las supuestas intenciones benévolas de los peces gordos de la compañía. No se entendía por que motivo habían planeado esta vez un gasto más que prescindible, con la intención de promover la mejor convivencia de todo el equipo.

Guardando el mayor secreto posible, los dos superiores hicieron llegar a sus empleados la convocatoria formal vía email. La gran mayoría de los súbditos confirmaron con desgana su asistencia a las jornadas de ocio y disfrute, según habían bautizado los jerarcas su plan. Tan solo hubo tres bajas de los treinta y dos que conformaban la empresa. Una de ellas fue a causa del parto próximo que tendría la recepcionista y otras dos con motivo de las diferencias irreconciliables que habían distanciado a los empleados más antiguos de la empresa con sus principales dirigentes.

De esta manera, sin haber recibido información o dato alguno más que la ropa que sería menester, por fin llegó el dichoso¹ viernes. La mayoría de los asistentes se quedaron sorprendidos al ver a seis personas portando cada uno su bandera y varias camisetas. Junto a los dos superiores, casualmente el resto de organizadores eran cuatro de los aduladores más casposos de la compañía, que llevaban la equipación de su color propio, distintos todos entre sí. Además de las bolsas de enseres, los seis manejaban un pequeño listado. Esas hojas no contenían otra información más que la relación de componentes de cada equipo.

A medida que fueron apareciendo los empleados, los grupos cobraron cuerpo de forma sucesiva. Pero sin duda todos los colores coincidieron apreciando una situación destacable: ninguno de ellos se había compuesto por personas que tuvieran una excelente relación entre sí. Más bien todo lo contrario. Se daba, en casi todos los casos, desde la concurrencia de compañeros que se manejaban con serias discrepancias en lo profesional hasta la animadversión más explícita.

Finalmente cada equipo se dirigió hacia los monovolúmenes alquilados, por supuesto cada uno del color del grupo ocupante. Los responsables conducirían hacia un lugar desconocido para los demás.

Se trató de un viaje más corto de lo previsto por la mayoría. Los seis coches llegaron prácticamente al mismo tiempo. Las casas rurales estaban ubicadas dentro de la misma parcela, muy próximas unas a otras. Todas compartían una estupenda zona común equipada con barbacoas, mesas de madera con asientos y columpios varios.

Los dos organizadores dieron una charla breve y superficial sobre el plan de actividades y sus horarios previstos. Para comenzar el fin de semana, esa tarde después de la comida y la siesta pertinente se podrían desplazar hacia las afueras del pueblo donde tendría lugar la clásica batalla de paintball entre grupos. Justo antes de comenzar este juego se efectuó el sorteo con un dado para determinar las eliminatorias que se disputarían previamente a la final entre los tres equipos ganadores. La mayoría de los asistentes se percataron de una circunstancia pormenorizada. Había el mismo número de colores que de grupos, pero cada uno de éstos sólo podría portar el suyo propio para luchar contra sus adversarios.

Una vez concluida esta competición, y siempre dentro del silencio más satírico, a nadie le extrañó que casi la totalidad de participantes hubiese recibido de manera fortuita una mayoría aplastante de bolazos de su propio color.

La jornada siguiente continuó con dos ejercicios matinales a elegir. Los organizadores habían reservado el número suficiente de quads y travesías por tirolinas para que cada uno eligiera a su antojo. Aunque tal y como estaba previsto, fueron pocos los varones que soltaron adrenalina cayendo por el aire y menos aún las damas que escogieron las motos de cuatro ruedas. Digamos que tan sólo fue una, pero no una cualquiera. En contra de lo habitual, a la joven referida le apasionaba la velocidad más que cualquier otra cosa y gozaba de una fuerte tendencia a la conducta vertiginosa al volante. Es muy probable que esta circunstancia potenciara el pique entre los dos compañeros más intrépidos, pero lo que quedó claro a todas luces fue que la monumental costalada contra un árbol que se dio uno de ellos fue lo que provocó que aquel hombre concluyera antes de tiempo el ocio rural en grupo. Una noche en urgencias y dos costillas rotas después, el desdichado compañero retornó a su ciudad en solitario, después de pedir por teléfono a su jefe que por favor hiciera acopio de las escasas pertenencias que había llevado a la casa rural. Un hecho serio como éste no fue óbice para que el protagonista lesionado se convirtiera en objeto de mofa de la mayoría, desde las simples chanzas hasta la socarronería más corrosiva.

Después del almuerzo y el correspondiente descanso, la tarde empezó sin plan establecido. Casi todos descansaron en sus habitaciones. O más bien trataron de descansar. Si no pudieron hacerlo como hubieran querido no fue por otra cosa que por el cúmulo de bromas y chascarrillos contados a voz en grito por media docena de compañeros, la mitad de cada sexo. La tarde pasó sin que hubiese ningún hecho o suceso digno de mención. Cuando terminó la cena, los integrantes de la mesa se reagruparon de nuevo en torno a sus personas de confianza, obviando por supuesto el trato con los componentes de su color una vez cumplidas las pruebas establecidas por los organizadores. Aunque ante los ojos de cualquier observador se daría a continuación un hecho que no pasó desapercibido para nadie. El frío y las ganas de fumar hicieron que el mencionado sexteto se dividiera en dos bandos, permaneciendo una fémina entre sus dos compañeros predilectos a la intemperie. El exceso de alcohol contribuyó acto seguido al traslado del trío hasta el columpio más cercano. Nada más sentarse ella, uno de los dos dijo como excusa que debía ir al baño a orinar, para lo que se dirigió hacia su casa, haciendo eses ostensiblemente. Pasados los cinco minutos de rigor, éste volvió a salir a la calle. Además de sus mejores amigos del trabajo, había en el porche más de diez fumadores empedernidos conversando sobre temas más absurdos que interesantes. Cuando por fin tuvo los arrestos necesarios, decidió acercarse hacia su amigo y su amiga con ganas de salir de dudas. Para bien o para mal sus suposiciones se confirmaron de inmediato. La pequeña multitud dentro de aquel trío estaba representada indudablemente por él. Y no fue esto objeto de ninguna sospecha ciega, sino producto de la rápida fuga que intentó aquella pareja, dirigiéndose cogidos de la mano hacia el calor interior de alguna de las casas. Cerca del grupo de fumadores, acompañados por el tercero en discordia, éste detuvo a la pareja con gesto grave y una vez comprobado que sus manos se hallaban separadas estampó un notable derechazo que tumbó a quien lo recibió, perdiendo el conocimiento al instante. A excepción de los dos jefes principales, todos los allí presentes se ocuparon del cuidado del compañero agredido hasta que unos minutos después por fin recobró el sentido.

No hubo acuerdo alguno entre todos los demás sobre cual había sido el disparate causante de aquella agresión. A unos les fastidió que ninguno de los dos capos de la empresa movieran un solo dedo después de aquella trifulca. Pero absolutamente todos se extrañaron del mamporro ocurrido entre los dos mejores amigos que había dentro de la compañía. Durante el resto de la jornada ya no se volverían a ver. Ni que decir tiene que no habían sido agrupados previamente dentro del mismo color.

La jornada del domingo comenzó más pronto de lo previsto. Pero no por las típicas actividades a realizar en grupo al aire libre sino por el prematuro abandono que protagonizaron diez personas. Sin dar más explicaciones a sus jefes, incluso sin pactarlo de forma manifiesta, el ruido de salida provocó un temprano despertar de casi todos los que iban a permanecer allí el último día.

Ante la insistencia de los más pelotas, el grupo discrepante se marchó de aquel lugar cuando llegaron los tres taxis solicitados previamente. El agresor físico, tremendamente avergonzado porque su gota colmara finalmente aquel vaso, también montó en uno de esos taxis.

Carente de interés, la mayoría de los que permanecieron allí declinaron participar en más ejercicios. Los jefes confirmaron la vuelta a casa justo después de la comida y su correspondiente entrega del premio al conjunto ganador del fin de semana.

Una vez terminada la comida, comenzó la esperada entrega de premios.

-Y el equipo que más puntos ha conseguido es… el mío, ¡el azul! -anunció con grandilocuencia el dueño de la empresa.

Al momento se acercaron las otras dos personas de ese grupo que habían permanecido allí. Ambos recogieron un sobre que contenía invitaciones para dos comensales a uno de los restaurantes más pintones de la ciudad.

Cuando los dos ganadores abrieron sus sobres, cada uno reaccionó de una forma. Ella mostró su júbilo ante un premio que, en condiciones normales, nunca se hubiera podido permitir. Sin embargo él sonrió de forma protocolaria. “Todos los equipos, derrotados”, pensó irónicamente mientras recibía besos y felicitaciones.

dichoso¹: Si, no se trata de un error. Tal vez recuerdes haber leído esta palabra al comienzo del artículo. Si hago mención ahora no es más que por dejar claro que soy consciente de la total diferencia entre sus distintas acepciones y que con esa ambigüedad hice uso de ella. Dejo por tanto su interpretación a gusto del lector.

Luces, cámara,… ¡a la -ción!

Blog 12_Películas de cine a la misma hora

Sí, lo habéis leído bien. Ya sé que el dicho clásico y facilón del cine es diferente, pero en todo caso creo que cuando hayáis leído este artículo comprenderéis lo que a buen seguro os habrá llamado la atención en el título.

Por razones que expondré al final voy a hablaros de cuatro películas. Todas vieron la luz en la década de los noventa. No se trata de un género romántico, ni de comedias sencillas precisamente. En las cuatro creo que la palabra principal de su género sería en todo caso la intriga, ya sea por vía dramática o mafiosa. Eso sí, cada una en su justo término. Se puede matar y, por tanto, aumentar la tensión desde un punto de vista de absoluta cotidianidad y simplicidad o bajo un nerviosismo poco menos que insoportable.

Los cuatro filmes son Tesis, Atrapado por su pasado, Uno de los nuestros y Cadena perpetua. En todo caso prefiero avisaros antes de comenzar. Si alguno de vosotros no hubiese visto cualquiera de estas películas y quisiera hacerlo, no me leáis. O mejor aún… leedme y tomaros después tantas copas como sean necesarias para que al día siguiente la resaca gobierne vuestra mejorable memoria reciente y no recordéis los detalles concretos más sustanciales que expondré a continuación.

Iniciación:

Tesis significa iniciación en varios ámbitos. Por un lado se trató del primer largometraje de un jovencísimo Alejandro Amenábar, con veinticinco años en su primer estreno cinematográfico. Además, el asunto principal de la película conlleva la indagación de una estudiante, en plena fase de investigación para su tesis doctoral, que desata accidentalmente su búsqueda de la verdad en un contexto sucio y macabro.

En Atrapado por su pasado, nos encontramos con un inicio tan soberbio que, sin ser un hecho cualquiera el que ocurre en ese instante, la película atrapa desde el primer momento con tanta intensidad que se te olvida lo que ya has visto. Un par de minutos después, comienza a contarse la historia de Carlito Brigante, desde su salida de la cárcel, tratando por todos los medios de mantenerse al margen de la mafia con la que ha convivido desde su juventud.

En Uno de los nuestros el comienzo muestra de forma inequívoca por donde se moverán los derroteros de la vida del protagonista. Henry Hill (en la película, ya de adulto, Ray Liotta) comenzará a desarrollar la obediencia debida al clan italiano con el que crecerá como persona y como criminal.

Por último, en Cadena perpetua, el inicio comienza por el final. Pero no es el final de la película, ni un final cualquiera, sino el final de su vida en libertad. Andy Dufresne (Tim Robbins) es condenado a cadena perpetua supuestamente por el asesinato de su esposa en su propia casa.

Duración:

Desde la más corta, Tesis, a la más larga, Uno de los nuestros, hay algo menos de media hora de diferencia.

En el caso del Amenábar más novel, desde el primer momento me sorprendió que su primera película superara con creces los cien minutos de rigor establecidos tácitamente en el cine de nuestro país. Dicho ésto, creo que su película en ningún momento se hace pesada en las dos hora y cinco minutos, generando y manteniendo la tensión desde bien pronto.

Las otras tres, pese al estar muy cerca de las dos horas y media, para mi gusto mantienen con creces el interés necesario para llegar al final del metraje con plena atención.

Narración:

La voz en off conduce de manera formidable las tres películas estadounidenses. Como particularidad sólo decir que en Cadena perpetua el conductor de la narración no es el personaje principal, como ocurre en las otras dos películas y en la mayoría de las que emplean la voz en off como herramienta conductora.

Por establecer una diferencia más entre las tres, yo diría que en Uno de los nuestros el tono primordial es el narrativo, mientras que las otras dos se mueven a medias entre la narración y la observación, teniendo esta última a mi juicio más peso en Cadena perpetua que en Atrapado por su pasado.

Sin embargo, en Tesis la historia de comienzo es bastante más concisa. Desde bien pronto comienzan a generarse de forma directa o indirecta las intrigas que gobernarán el resto de la película.

Acción:

En este caso creo que se da una superioridad incuestionable de Atrapado por su pasado y Uno de los nuestros. Esto no quiere decir que en las demás no haya ninguna acción. Simplemente las maniobras que encontramos en el guión generan una evolución diferente. Dicho esto, a su vez habría que reconocer que el misterio conducirá la historia en Tesis y que la dramática exposición de la realidad gestionará de forma sosegada durante la primera hora y media Cadena perpetua, hasta que tenga lugar el punto de inflexión en medio de una comida rutinaria dentro de la cárcel. Este hecho provocará un incremento instantáneo de la intensidad narrativa en la película de Frank Darabont.

Volviendo a las dos primeras que he citado en este apartado, yo establecería una diferencia esencial entre ambas. En Atrapado por su pasado el protagonista se ve inmerso en una maraña, mientras intenta redimir su oscuro pasado. Sin embargo, en Uno de los nuestros asombra sin duda la cotidiana gestión tanto del trapicheo de mercancías como directamente del asesinato, siendo ambos aspectos un elemento tan frecuente que hasta llegan a parecer mas de un perfil casi burocrático que criminal.

En Cadena perpetua hay poca acción, o la que hay no es especialmente inquietante, tal vez por el hecho de que está ocurriendo dentro de una prisión. Sin embargo en Tesis la acción encadena en multitud de escenas estresantes, teniendo para mi gusto como techo el apagón de la luz en el sótano de las cañerías (parecido a un túnel) donde se quedan a oscuras Ángela (Ana Torrent) y Chema (Fele Martínez). En los minutos finales de la película se da una extraordinaria situación. Cuando el asesino confeso de las snuff movies objeto de la trama reconoce los hechos, en el momento previo a la preparación de su próxima víctima y la correspondiente grabación, ella cita una frase corta, mitad serena y mitad trémula: “Me llamo Ángela. ¡Me van a matar!”

Convicción:

En Tesis la muerte en extrañas circunstancias de su coordinador de la tesis es lo que desencadena la determinación de Ana por saber si sus sospechas tienen fundamento.

En Atrapado por su pasado Carlito Brigante cree haber pagado por sus errores en su estancia en prisión y tiene la firme voluntad de obtener el dinero necesario para huir de un entorno sórdido como aquel.

En Uno de los nuestros, debido a la absoluta disparidad de criterios entre su padre y él, Henry Hill descree sobre la idoneidad de los consejos paternales en lo relativo a su trabajo y al grupo al que sirve, perdiendo finalmente todo interés hacia su progenitor en plena adolescencia.

Por último, en Cadena perpetua la completa seguridad de su inocencia va perdiendo fuerza en Andy Dufresne de forma paulatina durante las dos primeras décadas de su permanencia en la prisión, antes de que aparezca el personaje secundario que desata el giro insospechado de la trama.

Redención:

En lo referente a esta sensación, no haré mención alguna sobre Tesis. Tal vez únicamente podríamos hablar de la pelea final de la película, en la que los protagonistas luchan con determinación, tratando de salvar sus vidas.

Sin embargo, en las otras tres películas, hay distintos ámbitos de salvación. En Atrapado por su pasado el personaje de Al Pacino cree que su fase más sucia ha expirado tras su paso por la cárcel, aunque el desarrollo de los hechos posteriores irá complicando su situación paulatinamente desde el minuto cero.

En Cadena perpetua el afán de Andy Dufresne por rescatar la verdad pierde tanto calibre que lo que se desata en el último tercio del film supone una sorpresa sobresaliente, difícil de imaginar con anterioridad.

Por último, en Uno de los nuestros, creo que no se debería hablar de liberación como tal. Únicamente mencionaría la escena en la que Ray Liotta y su esposa son interrogados por el FBI. Como matiz podríamos decir que, para Henry Hill, admitir su culpa frente a los investigadores de la administración americana carece de cualquier otro sentido más que el de salvar su pellejo y el de su familia a toda costa. Como coletilla a esto, recomiendo prestar especial atención a la escena de Henry en el juicio, ante sus amigos de toda la vida, en el instante en que reconoce su culpabilidad con cara circunspecta. No sabría donde ubicarlo exactamente pero en todo caso se hallaría a medias entre la humillación, la indignidad y el bochorno más absoluto.

Atracción:

En Tesis, parece indudable que la atracción física que ejerce Bosco (Eduardo Noriega) sobre Ángela tiene por objeto potenciar la ambigüedad calculada como uno de los motores secundarios de la trama.

En Atrapado por su pasado Al Pacino vuelve a ver a la que era su novia antes de entrar en prisión y se interesa de nuevo por ella. Sin ser éste un elemento crucial en todo el desarrollo, sin duda no hace sino afianzar su deseo de escapar de su ciudad y de su pasado.

En Uno de los nuestros, al margen del morbo, inclinación y necesidad del estraperlo, el personaje de Ray Liotta destaca sobre todo en su afición por la lujuria y el desenfreno lejos del matrimonio.

En Cadena perpetua, citaría por poner un ejemplo tanto el interés sexual que levanta Andy en otros presos como su capacidad para ser gestor, administrador de patrimonios y contable (¡maldita contabilidad!), explotada en extremo por el inefable director de la prisión para sus chanchullos personales.

Ocultación:

Extraordinario y emocionante proceso destapado en la parte final de Cadena perpetua.

También cobra esta cualidad cierto sentido en Tesis, dada la incertidumbre generada sobre la inocencia o culpabilidad de los dos secundarios principales.

A mi juicio, no hay mucho que hablar en este tema ni en Atrapado por su pasado ni en Uno de los nuestros.

Deleitación:

Es decir, deleite puro y duro. Aunque siendo sincero no establecería a las cuatro películas a este mismo nivel. Las tres americanas, para mi gusto, se encuentran más cerca del umbral de la maestría en el cine que la ópera prima de Amenábar. Dicho lo cual, recomiendo sinceramente a quien no haya visto Tesis que emplee dos horas en ella de manera decidida. Sin duda creo que lo disfrutará.

Hasta aquí ha llegado el análisis y la reflexión.

Acotación:

Ahora comienza el momento de explicación sobre cuál ha sido el motivo de hablar de estas cuatro cintas en concreto. El pasado mes de agosto, durante las vacaciones y sin tener conocimiento de ello, pude comprobar casualmente que estas películas se estaban emitiendo en prime time al mismo tiempo en distintas cadenas. Tanto mi mujer como yo ya las habíamos visto todas, dos de ellas cerca de cinco veces, las otras al borde de una decena en mi caso. Fue por este motivo por lo que se dio una paradoja que no se si habréis vivido alguna vez. Conociendo la evolución inmediata de cada una de ellas y en otras ocasiones con motivo de los dichosos anuncios publicitarios, no fui capaz de evitar el cambiar permanentemente de una cadena a otra sin durar en ningún caso más de cinco minutos viendo la misma película. Pero esto, no sólo no me puso en tensión ante la conclusión de cada una, sino que se convirtió en una forma desconocida de goce frente al televisor.

Acotación 2:

Hasta ahora no había hecho referencia alguna sobre un secundario de lujo en una de las cuatro películas. Como curiosidad confieso que la primera vez que vi Atrapado por su pasado me percaté de la figura de Sean Penn prácticamente al final. Espero coincidir con muchos de vosotros sobre su colosal interpretación de un abogado que condicionará y de qué manera el devenir de Carlito Brigante, debido fundamentalmente a su notoria enajenación mental, producto entre otras cosas por su adicción a la cocaína.

Acotación 3:

Si al inicio de esta lectura te planteaste qué narices podía significar el término del título (¡a la -ción!), creo sinceramente que al final habrá quedado suficientemente claro.

Acotación 4:

Siguiendo con la finura, medio idiomática y medio analítica, en este curioso artículo las acotaciones no son otra cosa más que mi posdata empleada ocasionalmente.