Merci beaucoup. Que veintitantos años no es nada

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Imagina que estás con tu pareja pasando unos días de viaje por varios países. Disfrutáis de varias jornadas en una ciudad muy parecida a la vuestra en algunos aspectos pero diferente en otros. Imagina que una tarde, después de ver un estupendo concierto típico de aquella ciudad, decidís entrar a un selecto bar de cierto nivel donde probar una cerveza diferente, acompañada de algún que otro pincho como prólogo de la cena.

Piensa que os ubicáis en una mesa pequeña y rectangular. Si fuerais sólo amigos o compañeros de trabajo lo más normal sería que os sentarais el uno frente al otro pero no es el caso. Decidís colocaros juntos, aprovechando así ambos el más cómodo de todos los asientos. Os sentís más a gusto de lo habitual. Más acaramelados que de costumbre. Pero los dos entendéis que días como aquel no son moneda común para la mayoría de los mortales.

Supón que la mesa contigua a la vuestra se quedara vacía. Nada más ser acondicionada por uno de los camareros, una pareja se aproxima hacia ella. Aunque a buen seguro no acaban de entrar ahora mismo. Más que nada porque cada uno porta su consumición. Copas de vino, para más detalle.

Imagina que, como excepción a vuestra norma, varias de sus circunstancias hacen que los dos prestéis una atención un tanto curiosa. Se han acomodado en el mismo sillón que tú y tu pareja, confortable como pocos pero con una diferencia respecto a vuestro lugar. Ellos se encuentran sentados en la esquina, creando un ángulo de noventa grados.

Ésta última cuestión, por muy baladí que pudiera parecer no lo es. Más que nada porque de esa forma se empiezan a percibir otros datos más concretos. Primero se inicia una conversación suficientemente clara en su idioma. Se parece poco al vuestro pero casi nada al del país en el que os encontráis. Además, comienzan a brotar pruebas categóricas acerca de su gran afecto. Incluso extremado amor, podría decirse. Pero hasta ahí todo resulta muy normal.

Como producto de la siguiente fase, se inicia un discretísimo cambio de impresiones entre tú y tu pareja. Mediante este diálogo, tú, al hallarte más lejos de aquella singular compañía, por primera vez te percatas de un elemento no menor que acaba planteando la pregunta del millón. La juventud de la dama, rayana entre frescura y lozanía contrasta y de qué manera con la notable madurez del caballero. En román paladino, ella seguramente tendría menos de treinta años y él parecía haber superado con creces su medio siglo de vida. Tanto tú como tu pareja, con meridiana certeza, os hubierais apostado la vida a que no se trataba en este caso de un ejemplo de especial cariño paternofilial.

¿Habéis presenciado, conocido o sospechado en alguna ocasión una situación comparable a ésta? ¿Qué sensación os produjo? ¿Apreciasteis un carácter de lo más furtivo o camuflado o por el contrario se os manifestó ese pormenor con luz y taquígrafos? ¿Fue el morbo o la naturalidad lo que provocó vuestra llamada de atención? A vuestro juicio, ¿podría ser la diferencia entre el lugar de origen y el idioma escuchado la causa principal de la pequeña indagación? ¿O tal vez una escena igual que se diera entre madrileños de a pie en el barrio de Chamberí os pasaría desapercibida?

Nada más volver de la barra, después de pagar, mientras me acercaba a nuestra mesa la joven susodicha se levantó con su cámara de fotos en mano y se acercó a mí. Con máxima cortesía me preguntó pronunciando pulcramente en inglés si le podía hacer el gran favor de fotografiar a los dos. Afirmé que sin ningún problema e hice una foto. Entonces se levantó para retomar su cámara en mano, con una sonrisa sincera. Merci beaucoup, dijo ella a modo de despedida y agradecimiento, justo cuando se levantó mi mujer para salir de aquel elegante local.

Antes de entrar, dejen salir

Blog 2_Vacaciones

Frecuentemente llamamos a nuestros días de múltiples maneras: día importante, día aburrido, día inolvidable o día cualquiera por poner varios ejemplos. Además de éstos y otros muchos significados que a buen seguro me habré dejado en el tintero, he pensado que merecería la pena dedicar este blog a un día muy especial del año. No es otro que el día D.

Después de leer esto, más de uno estaréis extrañados por utilizar este particular calificativo de extraordinaria importancia en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Pero no os preocupéis. Quedaos tranquilos. No tengo previsto tratar uno de los momentos históricos más peligrosos y arriesgados que tuvieron lugar en el mayor conflicto mundial sucedido hasta hoy, durante el desembarco de Normandía. Además, estoy convencido de que seguramente habréis oído a más de una persona utilizar esta expresión en relación a lo que os explicaré en breve.

Aunque, bien pensado, quizá debiéramos considerar que objetivamente cada año tienen lugar dos días D. Probablemente hasta ahora no hayáis hecho más que pensar que os estoy metiendo en un embrollo monumental pero de inmediato comprenderéis el porqué de todo esto.

El primer día D no es otro que el momento de comienzo de las vacaciones más largas que solemos disfrutar cada año, normalmente en los meses de verano. Y el segundo día D, por desgracia, también tiene bastante que ver con ellas, a pesar de tratarse del día más nefasto del año para casi todos nosotros.

Comenzando por lo bueno, se me ocurre plantearos varias cuestiones. Al comienzo, ¿qué sentís al salir del trabajo un día como tal? ¿Cómo soléis acostaros y dormir la noche previa? ¿Puede que no os cueste levantaros esa mañana nada más escuchar a vuestro querido despertador? ¿Sois plenamente capaces de desconectar del ámbito laboral desde el principio o sin embargo os cuesta mucho desenchufar los plomos de vuestro día a día? Bajo vuestro criterio, ¿qué parte sería en realidad lo mejor del primer día d, el último rato que pasamos trabajando o el primero que ya estamos de vacaciones?

Dicho todo esto, lamento de veras el tener que saltar las fechas de golpe pero me siento en la obligación moral de formularos las preguntas más puñeteras en relación a este tema. ¿A partir de qué día comenzáis generalmente a pensar con frecuencia en vuestra vuelta? ¿Desde la primera jornada, a mediados o en la recta final? ¿Os cambia el humor durante los últimos coletazos de vuestro periodo de descanso estival? ¿O tal vez aprovechéis las últimas horas para llevar a cabo las tareas más complejas del hogar, con el fin de evadiros de una de las tristezas más comunes?

Venga hombre, que no es para tanto. Si apenas quedan once meses hasta nuestro próximo día D.

P.D.: Eh, tú. Si, tú. Si de verdad no has recordado mientras leías lo anterior más que buenos momentos, negando que en tu profesión y en tu empresa padezcáis por decreto el habitual estrés postvacacional, por favor dime dónde puedo mandar mí currículum. Si fuera necesario, ¡hasta lo maquillaría un poquito!