¿Reluce todo el oro?

Tal vez sea el momento de proponérselo, piensa Nuria. Los dos se encuentran más cerca de los treinta y cinco que de los treinta. Llevan casi cuatro años juntos. Ambos tienen una situación económica y profesional muy dichosa. Apenas quedan cosas nuevas por hacer. Apenas hay excusas que poner para no acceder al siguiente estadio.

Para dar pomposidad al asunto, Nuria decide reservar una mesa en el restaurante preferido de los dos. El ambiente es cálido, romántico, poco menos que solemne para las ocasiones más especiales.

En el instante en que entran en la sala, ella considera que tal vez lo mejor sería romper los preámbulos habituales e ir al grano. Para ello, nada más sentarse, comienza a respirar dentro de la mayor calma posible, con firmeza y total decisión.

Les entregan de inmediato esa carta que conocen de pe a pa. Para complementar a la brandada de bacalao inicial, ella encarga el sencillo steak tartar de atún y Rafa su clásico churrasco a la pimienta. Después charlan brevemente sobre el vino con el maître, lo que implica finalmente la aparición de un crianza de Vega Sicilia, desconocido para ellos hasta entonces.

Como es habitual, el vino es servido poco después. Rafa dispensa el tradicional momento de degustación, confiando en su reputada fama. Justo después del brindis rutinario, Nuria se arma de valor y empieza a hablar de aquello que lleva semanas merodeando por su cabeza.

-Rafa, quiero hablarte de algo. Algo que llevo cierto tiempo sopesando y que prefiero no callar más.

-Tú dirás –contesta él, con cara colindante entre el morbo y el misterio.

-Quiero ser madre. Quiero que tengamos un hijo y me gustaría que nos pusiéramos a buscarlo en breve –suelta Nuria, liberándose del nerviosismo distintivo que se había apoderado de ella varios minutos atrás.

-Y yo también lo quiero –responde Rafa, encantado de la vida.

No era la primera vez que hablaban de la paternidad, debido sobre todo a las experiencias que habían vivido recientemente sus familiares y amigos. Sin embargo nunca antes se lo habían propuesto. Ni tan siquiera en broma.

-Pero hay algo que quiero pedirte. Y de verdad espero que me entiendas –dice Nuria, retomando la conversación.

-Lo que tú quieras –confirma él, dominado por el curioseo.

-Nos conocemos desde hace tiempo. Llevamos una buena relación. Mejor dicho, muy buena. Sana, equilibrada, cariñosa,… Estoy muy contenta contigo. No tengo queja alguna de ti.

-Menos mal –reconoce Rafa-. Aunque no te entiendo del todo.

-Quiero… Bueno, más bien necesito saber con certeza que tu salud sexual es tan fuerte como lo es en el resto de temas. Tan sana como la mía –afirma ella, de forma concluyente.

Sin formular explícitamente ninguna pregunta, Nuria percibe un gesto desconocido en Rafa, a caballo entre la incredulidad y la mofa. Con motivo de su proposición, los dos pasan de estar a gusto en un agradable entorno a verse inmersos en el más sepulcral de sus silencios vividos hasta la fecha.

Pero ella siente que no ha errado con su postulado. Sobre todo porque acaba de saber que su mejor amiga padece un desagradable herpes genital, con las consiguientes secuelas físicas y emocionales. Nuria nunca se había notado nada, pero después de recibir la noticia el mes pasado se había obsesionado al respecto, llegando incluso a sentir extrañas sensaciones. De esta forma no se le ocurrió nada mejor que someterse a diversas pruebas de manera inmediata, pagando por lo privado. Por suerte, le habían dado el deseado negativo en su informe.

Por el contrario, de Rafa sabía bien poco al respecto. Al principio de su relación él le confesó que se había acostado con varias mujeres con anterioridad, sin aportar mayor detalle al respecto. Ella optó desde el minuto cero por llevar la omisión siempre consigo y se olvidó del asunto, sin novedad en el frente hasta el triste día en que su querida amiga le contó lo que estaba soportando. Como producto de un fastidioso azar, este suceso no había elegido un momento peor para ella que la firme determinación que ya había adoptado en relación a su deseado primer embarazo y la maternidad que ello conllevaría.

El hecho de formular en esta historia las preguntas usuales de mis artículos pasa por un camino muy próximo a la indiscreción y a la malicia más común. Pero como siempre ha sido costumbre para mi, este criterio no se alimenta en absoluto de ninguna de ellas. Por un lado me parece más que interesante valorar la forma en que Nuria acomete semejante propuesta, segura y arriesgada a partes iguales, por supuesto en distintos ámbitos. Pero sobre todo se me antoja determinante la forma oscura e intrincada de afrontar una situación como esa por parte de Rafa, buena persona en general y aparentemente sin mácula en su relación con el sexo opuesto.

Magnetismo de hierro. Realidad con doble erre

imanes de nevera

¿Y tú pensabas que el cambio de la nevera tan solo supondría tener que limpiar alguna que otra tonelada de polvo? ¿Por qué dices eso? Es complejo, pero a la vez muy sencillo.

Por suerte, la renovación de electrodomésticos no es una compra cotidiana a nivel doméstico. Una vez extraídos todos los alimentos, justo al mover el frigorífico con objeto de  limpiar el espacio que ocupa, te percatas de algo novedoso. Crees, o más bien parece, que ya se encuentra totalmente vacío pero de momento sigue conteniendo algo concreto. Y no son unos bienes de cualquier clase. A pesar de que siempre han vivido en la nevera, no forman parte de la comida. Pero sí de tu vida. Aunque a distinto nivel, también contienen alimentación. Solo que esos víveres se mueven en el ámbito emocional.

Se trata de tus imanes.

Una gran mayoría de ellos se debe en buena parte a los viajes que has hecho en los últimos años. Grandes ciudades modernas o pequeños pueblos pintorescos. Preciosos paisajes o imágenes de lo más casposo. Tanto da.

El caso es que, en medio del cuidadoso proceso que acometes después de decidir despegarlos de la puerta, se te empiezan a presentar pequeños retazos de cada lugar a modo de rápido recordatorio. Unos son buenos y otros malos. Unos excelentes y otros pésimos. Pero lo que más te llama la atención es el hecho de que vivan algunos de ellos en tu cocina, en particular los malos, cuando en realidad sus experiencias vacacionales no te parecieron recomendables o directamente porque guardas malos recuerdos por alguna que otra cuestión.

Siguiendo con esta tónica comienzas a plantearte preguntas extrañas, poco menos que estrafalarias.

Además de los lugares turísticos, tienes otros imanes que anuncian, exponen, recuerdan o recomiendan consejos, advertencias, sugerencias u otras controversias. Éstos, ya sean mejores o peores, te gustan más. Mucho más. Ya tengan sentido positivo o negativo, se asemejan bastante más a la vida real que a la más bonita de las playas o al alojamiento más fastuoso disfrutado durante años. Simplemente no hay comparación entre los imanes de un tipo y los del otro, con independencia de que formen parte de cuestiones un tanto frívolas o de situaciones poco menos que determinantes.

Como fase siguiente, dentro de la extravagante visión que se ha apoderado de ti, comienzas a hacerte algunas preguntas correspondientes. ¿Pondrías, si lo hubiera, un imán con un coche en pleno examen de conducir mientras comete alguna torpeza proverbial? ¿O tal vez colocarías una imagen de un plató de televisión al terminar la grabación, con algo de pena y apenas sin gloria?

Aunque dicho esto, también parece claro que otro imán debería tener un aire al bebé recién nacido, en brazos de su madre. Tal vez otro pudiera portar la foto de una cabeza, mientras sostiene la deseada orla. O incluso una con relación detallada del excelso menú elegido para un evento especial, diferente a los de un día cualquiera.

Puede que unos te alegren y otros te entristezcan. Incluso algunos podrían sonrojarte de vergüenza y otros hacerte llorar debido a la más sincera emoción. Pero en todo caso pasarías a tener otro tipo de imagen, como si fuera un antídoto contra la marcada tendencia que tienes encaminada a mostrar o hacer ver tan solo aquello que aparentemente te salió a pedir de boca.

P.D.: Esto no es meramente algo personal. Hay cosas que tienen que ver conmigo y otras que apenas se parecen a mí. Tan solo se trata de un intento de realizar un ejercicio interesante, emocionante, excepcional a mi juicio. Concretamente hablo de utilizar la segunda persona de singular a la hora de narrar. Pero tranquilos, no os emocionéis conmigo. No soy tan original. No me queda más remedio que confesar que esta rareza que practico ocasionalmente no ha salido de mi cabecita. La he heredado de Paul Auster. Además de sus maravillosas novelas (El libro de las ilusiones, Brooklyn Follies y otras tantas) hace poco leí Diario de invierno, magnífico libro autobiográfico de este extraordinario novelista neoyorquino donde practica de forma ejemplar el uso de ese estilo.