Sí. Bueno sí, ¿no?

Blog 11_Rueda de prensa

Los que se encontraban en la sala se miraron entre sí, casi atónitos, mostrando con sus gestos desde una notable perplejidad hasta un estupor poco menos que absoluto.

Algo así se podía sospechar de un personaje como aquel. Sin embargo casi nadie se hubiera imaginado que un acto formal y protocolario se fuera a convertir en noticia de portada debido al esperpéntico episodio vivido durante el clásico encuentro de su actor principal frente al mundo del periodismo.

Debido a su flamante fichaje, Román Jiménez se había presentado a media mañana en el club con objeto de pasar el pertinente reconocimiento médico y firmar del contrato, antes de que tuviera lugar su presentación oficial ante los medios. Era su primer gran contrato. Tenía diecinueve años, pero ya llevaba dos temporadas jugando a un excelente nivel en un equipo de otra parte del país, de aquellos que se habían acostumbrado a vivir siempre en la parte baja de la tabla de clasificación. Su contrato anterior, pese a que no supuso una fortuna multimillonaria, le hizo acostumbrarse a ciertas comodidades que diez años atrás hubiera dado por imposibles de conseguir en el hogar de sus padres: un cuarto de baño dentro de la habitación principal, un garaje dentro de su mismo inmueble o una mujer contratada para limpiar su casa, por poner ejemplos.

Román había visto por televisión en numerosas ocasiones muchos actos de bienvenida organizados por el que iba a ser su nuevo club. Pero siempre le habían parecido más que aburridos. Ya fuesen futbolistas de una posición y un perfil más discreto u otras estrellas rutilantes, todos y cada uno de los que habían pasado por actos como los que tendrían lugar aquel día solían mostrarse muy callados o precavidos, en ocasiones hasta excesivamente timoratos. Pero él sin duda no daría esa sensación.

Con toda decisión, Román dejaría su impronta en el acto de presentación y su posterior rueda de prensa, dando lecciones ante las cuestiones planteadas por todos y cada uno de los periodistas. Pero para ello necesitaría encontrarse en su salsa. Y como sin duda lo mejor sería acudir bien acompañado, decidió no aparecer allí únicamente junto a su agente en la jornada que había marcado en rojo en su calendario. Su representante, poseedor de un carácter más que singular, tenía un don de gentes sin parangón. Fulgencio Dobarro sabía tratar con la misma destreza tanto a los mandatarios de los clubes más curtidos como a los jugadores provenientes de las zonas más marginales de todo el país.

Fue por esto que aquella mañana, nada más recogerle Fulgencio en casa de sus padres, Román avisó por whatsapp a su grupo de amigos de toda la vida. Les dijo a que acudieran juntos a la entrada en coche al estadio y que le esperaran allí. Ante la insistente curiosidad de su representante, Román le dio a conocer lo que había previsto.

-Mis colegas del barrio van a entrar conmigo. Me da igual como te lo tomes -soltó el joven jugador, cortando de raíz la posible objeción de Fulgencio.

Román había mantenido el contacto con ellos de forma periódica desde que inició la primera temporada fuera de su ciudad de siempre. Pero fue a principios de aquel año cuando la comunicación con sus colegas del barrio se estrechó más todavía. Y no fue con motivo de su magnifico rendimiento deportivo. Su nombre e imagen habían salido a la palestra fuera del ámbito futbolístico a partir del comienzo de su relación con una joven modelo. Hasta ahí todo normal, dirían muchos, si no fuera porque la fémina referida no había cumplido su primer año de matrimonio, con el hijo mayor del mandamás de su equipo anterior, antes de que saliera a la luz el típico escándalo de infidelidad entre famosos.

Lejos de abochornarse y pedir perdón, Román sacó pecho desde el primer momento en que su affaire tuvo repercusión mediática, llegando incluso al intercambio de mamporros con uno de los miembros familiares del dueño de su club, una vez tuvo lugar el consabido divorcio. Para bien, su juego se encontraba a tal nivel que ni una disputa de ese calibre consiguió frenar el meteórico ascenso de su caché profesional. Para mal, Román se había convertido, como siempre en esos casos, en un protagonista más dentro del mundo del papel cuché.

Comoquiera que este caso le había hecho subir otro peldaño en el escalafón de la popularidad, semejante salto cualitativo en su condición de famoso había establecido como norma no escrita la presencia de la prensa rosa en todas sus apariciones en los medios de comunicación.

Dicho todo esto, por fin llegó el culmen del día.

Una vez pasado el reconocimiento médico y firmado el contrato, Román accedió a la conocida sala plagada de personas, cámaras y micrófonos de manera exultante, portador de toda la prestancia debida ante un evento como tal.

Desde su primera cuestión respondida dejó bien a las claras algo que se sospechaba desde hacía tiempo por casi todos los miembros del entorno deportivo de la ciudad. El rendimiento que había mostrado desde el comienzo de su carrera se encontraba tres o cuatro galaxias por encima de su característica ignorancia a la hora de manifestarse ante los medios. Pero no fue hasta la primera pregunta del mundo del cotilleo cuando se desató uno de los capítulos deportivos más surrealistas que los allí presentes habían presenciado en toda su trayectoria profesional.

Una periodista rosa de la cadena de televisión que gestó el mundo de la telebasura dos décadas atrás fue la iniciadora.

-Román, ¿vivirás aquí en la capital con tu novia, la modelo Esther Sanidri?

Justo antes de responder con su sempiterna ineptitud, sus amigos de toda la vida emergieron en un santiamén, subiendo los cinco literalmente a la mesa donde se encontraba Román junto al jefe de prensa del club, antes de que el jugador contestara sobre aquel asunto.

-¡Picha brava, picha brava es, es! ¡Picha brava, picha brava es, es! -soltaron a gritos sus compinches, frente al pasmo general.

Justo antes de que el revuelo provocado desencadenara su inmediato desalojo por parte de los miembros de seguridad del club, Román alzó su brazo con el fin de silenciar de inmediato a sus compañeros de correrías.

-Sí. Bueno sí, ¿no? -dijo Román, con su habitual torpeza, sentando cátedra ante sus queridos amigos de toda la vida.

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