¿Con coma o sin ella? Todos los equipos derrotados

 

Lunes por la mañana. Se veían caras largas por doquier. La oficina mostraba una imagen casi sepulcral, simulando desde un tanatorio para quienes mejor lo habían pasado hasta un monasterio de clausura para los que directamente tuvieron alguna incidencia o altercado.

Pero para explicar todo esto conviene que retrocedamos en el tiempo al viernes anterior. O para ser más exactos, a un mes atrás.

Con motivo del excelente resultado económico que la empresa había obtenido por quinto año consecutivo, el gerente había planteado no sin ciertas dudas al dueño de la empresa la posibilidad de costear a todos sus empleados un fin de semana de ocio rural. Desde su perspectiva más objetiva, la actitud de los trabajadores, su asombro y desconcierto solaparon desde el comienzo las supuestas intenciones benévolas de los peces gordos de la compañía. No se entendía por que motivo habían planeado esta vez un gasto más que prescindible, con la intención de promover la mejor convivencia de todo el equipo.

Guardando el mayor secreto posible, los dos superiores hicieron llegar a sus empleados la convocatoria formal vía email. La gran mayoría de los súbditos confirmaron con desgana su asistencia a las jornadas de ocio y disfrute, según habían bautizado los jerarcas su plan. Tan solo hubo tres bajas de los treinta y dos que conformaban la empresa. Una de ellas fue a causa del parto próximo que tendría la recepcionista y otras dos con motivo de las diferencias irreconciliables que habían distanciado a los empleados más antiguos de la empresa con sus principales dirigentes.

De esta manera, sin haber recibido información o dato alguno más que la ropa que sería menester, por fin llegó el dichoso¹ viernes. La mayoría de los asistentes se quedaron sorprendidos al ver a seis personas portando cada uno su bandera y varias camisetas. Junto a los dos superiores, casualmente el resto de organizadores eran cuatro de los aduladores más casposos de la compañía, que llevaban la equipación de su color propio, distintos todos entre sí. Además de las bolsas de enseres, los seis manejaban un pequeño listado. Esas hojas no contenían otra información más que la relación de componentes de cada equipo.

A medida que fueron apareciendo los empleados, los grupos cobraron cuerpo de forma sucesiva. Pero sin duda todos los colores coincidieron apreciando una situación destacable: ninguno de ellos se había compuesto por personas que tuvieran una excelente relación entre sí. Más bien todo lo contrario. Se daba, en casi todos los casos, desde la concurrencia de compañeros que se manejaban con serias discrepancias en lo profesional hasta la animadversión más explícita.

Finalmente cada equipo se dirigió hacia los monovolúmenes alquilados, por supuesto cada uno del color del grupo ocupante. Los responsables conducirían hacia un lugar desconocido para los demás.

Se trató de un viaje más corto de lo previsto por la mayoría. Los seis coches llegaron prácticamente al mismo tiempo. Las casas rurales estaban ubicadas dentro de la misma parcela, muy próximas unas a otras. Todas compartían una estupenda zona común equipada con barbacoas, mesas de madera con asientos y columpios varios.

Los dos organizadores dieron una charla breve y superficial sobre el plan de actividades y sus horarios previstos. Para comenzar el fin de semana, esa tarde después de la comida y la siesta pertinente se podrían desplazar hacia las afueras del pueblo donde tendría lugar la clásica batalla de paintball entre grupos. Justo antes de comenzar este juego se efectuó el sorteo con un dado para determinar las eliminatorias que se disputarían previamente a la final entre los tres equipos ganadores. La mayoría de los asistentes se percataron de una circunstancia pormenorizada. Había el mismo número de colores que de grupos, pero cada uno de éstos sólo podría portar el suyo propio para luchar contra sus adversarios.

Una vez concluida esta competición, y siempre dentro del silencio más satírico, a nadie le extrañó que casi la totalidad de participantes hubiese recibido de manera fortuita una mayoría aplastante de bolazos de su propio color.

La jornada siguiente continuó con dos ejercicios matinales a elegir. Los organizadores habían reservado el número suficiente de quads y travesías por tirolinas para que cada uno eligiera a su antojo. Aunque tal y como estaba previsto, fueron pocos los varones que soltaron adrenalina cayendo por el aire y menos aún las damas que escogieron las motos de cuatro ruedas. Digamos que tan sólo fue una, pero no una cualquiera. En contra de lo habitual, a la joven referida le apasionaba la velocidad más que cualquier otra cosa y gozaba de una fuerte tendencia a la conducta vertiginosa al volante. Es muy probable que esta circunstancia potenciara el pique entre los dos compañeros más intrépidos, pero lo que quedó claro a todas luces fue que la monumental costalada contra un árbol que se dio uno de ellos fue lo que provocó que aquel hombre concluyera antes de tiempo el ocio rural en grupo. Una noche en urgencias y dos costillas rotas después, el desdichado compañero retornó a su ciudad en solitario, después de pedir por teléfono a su jefe que por favor hiciera acopio de las escasas pertenencias que había llevado a la casa rural. Un hecho serio como éste no fue óbice para que el protagonista lesionado se convirtiera en objeto de mofa de la mayoría, desde las simples chanzas hasta la socarronería más corrosiva.

Después del almuerzo y el correspondiente descanso, la tarde empezó sin plan establecido. Casi todos descansaron en sus habitaciones. O más bien trataron de descansar. Si no pudieron hacerlo como hubieran querido no fue por otra cosa que por el cúmulo de bromas y chascarrillos contados a voz en grito por media docena de compañeros, la mitad de cada sexo. La tarde pasó sin que hubiese ningún hecho o suceso digno de mención. Cuando terminó la cena, los integrantes de la mesa se reagruparon de nuevo en torno a sus personas de confianza, obviando por supuesto el trato con los componentes de su color una vez cumplidas las pruebas establecidas por los organizadores. Aunque ante los ojos de cualquier observador se daría a continuación un hecho que no pasó desapercibido para nadie. El frío y las ganas de fumar hicieron que el mencionado sexteto se dividiera en dos bandos, permaneciendo una fémina entre sus dos compañeros predilectos a la intemperie. El exceso de alcohol contribuyó acto seguido al traslado del trío hasta el columpio más cercano. Nada más sentarse ella, uno de los dos dijo como excusa que debía ir al baño a orinar, para lo que se dirigió hacia su casa, haciendo eses ostensiblemente. Pasados los cinco minutos de rigor, éste volvió a salir a la calle. Además de sus mejores amigos del trabajo, había en el porche más de diez fumadores empedernidos conversando sobre temas más absurdos que interesantes. Cuando por fin tuvo los arrestos necesarios, decidió acercarse hacia su amigo y su amiga con ganas de salir de dudas. Para bien o para mal sus suposiciones se confirmaron de inmediato. La pequeña multitud dentro de aquel trío estaba representada indudablemente por él. Y no fue esto objeto de ninguna sospecha ciega, sino producto de la rápida fuga que intentó aquella pareja, dirigiéndose cogidos de la mano hacia el calor interior de alguna de las casas. Cerca del grupo de fumadores, acompañados por el tercero en discordia, éste detuvo a la pareja con gesto grave y una vez comprobado que sus manos se hallaban separadas estampó un notable derechazo que tumbó a quien lo recibió, perdiendo el conocimiento al instante. A excepción de los dos jefes principales, todos los allí presentes se ocuparon del cuidado del compañero agredido hasta que unos minutos después por fin recobró el sentido.

No hubo acuerdo alguno entre todos los demás sobre cual había sido el disparate causante de aquella agresión. A unos les fastidió que ninguno de los dos capos de la empresa movieran un solo dedo después de aquella trifulca. Pero absolutamente todos se extrañaron del mamporro ocurrido entre los dos mejores amigos que había dentro de la compañía. Durante el resto de la jornada ya no se volverían a ver. Ni que decir tiene que no habían sido agrupados previamente dentro del mismo color.

La jornada del domingo comenzó más pronto de lo previsto. Pero no por las típicas actividades a realizar en grupo al aire libre sino por el prematuro abandono que protagonizaron diez personas. Sin dar más explicaciones a sus jefes, incluso sin pactarlo de forma manifiesta, el ruido de salida provocó un temprano despertar de casi todos los que iban a permanecer allí el último día.

Ante la insistencia de los más pelotas, el grupo discrepante se marchó de aquel lugar cuando llegaron los tres taxis solicitados previamente. El agresor físico, tremendamente avergonzado porque su gota colmara finalmente aquel vaso, también montó en uno de esos taxis.

Carente de interés, la mayoría de los que permanecieron allí declinaron participar en más ejercicios. Los jefes confirmaron la vuelta a casa justo después de la comida y su correspondiente entrega del premio al conjunto ganador del fin de semana.

Una vez terminada la comida, comenzó la esperada entrega de premios.

-Y el equipo que más puntos ha conseguido es… el mío, ¡el azul! -anunció con grandilocuencia el dueño de la empresa.

Al momento se acercaron las otras dos personas de ese grupo que habían permanecido allí. Ambos recogieron un sobre que contenía invitaciones para dos comensales a uno de los restaurantes más pintones de la ciudad.

Cuando los dos ganadores abrieron sus sobres, cada uno reaccionó de una forma. Ella mostró su júbilo ante un premio que, en condiciones normales, nunca se hubiera podido permitir. Sin embargo él sonrió de forma protocolaria. “Todos los equipos, derrotados”, pensó irónicamente mientras recibía besos y felicitaciones.

dichoso¹: Si, no se trata de un error. Tal vez recuerdes haber leído esta palabra al comienzo del artículo. Si hago mención ahora no es más que por dejar claro que soy consciente de la total diferencia entre sus distintas acepciones y que con esa ambigüedad hice uso de ella. Dejo por tanto su interpretación a gusto del lector.

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