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Blog 17_Misiva

Hace varios años, en mitad del verano recibí una llamada a mi móvil. No era más que para darme fecha a lo esperado. A pesar de ello no pude evitar sentir una tensión casi extrema. La angustia y la incertidumbre camparon a sus anchas.

Hace pocas semanas no fue una llamada lo que me produjo una sensación similar. No era mío el protagonismo en lo referente a la noticia de ese día, pero no por ello me resultó fácil de aceptar. A primera vista mi sonrisa manifestó su alegría nada mas ver tu nombre como contacto emisor, aunque confieso que nada más abrirlo y ver lo largo que era el mensaje, de inmediato sospeché que no era como los de costumbre entre tú y yo. Se saltaba el clásico mensaje corto con el saludo tradicional, seguido de los parabienes habituales.

Tan pronto comencé su lectura confirmé mi mal augurio. Tras un minuto de atención noté como mi nerviosismo se disparaba.

Todos sabemos que cosas así ocurren a menudo. Muchos conocen gente que lo ha padecido, directa o indirectamente. Incluso algunos como yo lo hemos vivido y sufrido en nuestras propias carnes.

Lejos de sentirme molesto por el intervalo entre fechas empaticé contigo al instante, comprendiendo tu demora perfectamente. A todos nos cuesta menos poner en conocimiento lo bueno que lo menos bueno, pero creo sin duda que en casos así somos transportados inopinadamente al máximo nivel de dificultad.

La comunicación de este episodio tuvo lugar a media mañana aproximadamente. El malestar y la pena me dieron un respiro poco antes de comer. Necesitaba contárselo a alguien. A alguien que os conociese, claro está. Y quién mejor que mi mujer para este caso. Ella te conoció varios años después del comienzo de nuestra buena amistad, pero siempre manifestó sin rodeos el notable aprecio que tuvo por ti desde vuestro punto de partida. Tan sólo la informé, sin recomendar ni prohibir su mensaje de cariño, pero tan pronto me dio a conocer su gesto afectuoso hacia ti entendí de sobra porqué había llevado a cabo su actitud de apoyo.

Después de comer, sin proponérmelo hice un salto en el tiempo, rememorando la última vez que nos vimos. La primera y por desgracia única vez que estuve junto a él. Recordé el pequeño retraso con el que llegasteis. Pero no me sentó mal, más aún después de que nos contarais cual había sido su jornada maratoniana con viaje nocturno incluido. Agradecimos de corazón que no hubieses cancelado aquel encuentro.

Me sorprendió para bien su determinación. Supuse al instante que seguramente él habría oído mi nombre y parte de mi historia, de la misma forma que mi mujer conocía y había escuchado tus relatos, contados por mí en alguna ocasión. Cuando uso la palabra determinación en buen sentido no es más que por contraposición a mis habilidades en lo referente a ese nivel de relaciones sociales. No sólo me chocó sino que despertó la más sana de mis envidias. Como anécdota de esa tarde recuerdo que, después de la sobremesa, él pidió permiso para echar una siesta reparadora en el establecimiento rural donde estuvimos alojados. No sólo se lo concedimos sino que mi mujer y yo horas después coincidimos plenamente en la absoluta naturalidad necesaria de la que hizo gala para pedir un favor así, con motivo de algo tan simple como primordial. Nuevamente su espontaneidad me causó una mezcla entre simpatía y afabilidad. Mi carácter retraído estaba recibiendo lecciones de sencillez, llanas pero a la vez indiscutibles.

Me acordé con nostalgia de una tarde de verano, mediada la década de los noventa, en la que quedamos para vernos en tu casa. Recordé una conversación más que amigable contigo y con tu madre, en el salón de vuestra casa. Dicho así no debería sonar como algo excepcional, de no ser porque aquella fue la ocasión en la que tuve el gusto de conocerla y porque ambos nos encontrábamos por debajo de la mayoría de edad. Pero lejos de sentir la clásica vergüenza, disfruté de un agradable rato tomando café también junto a ella, como si por entonces fuésemos más adultos que jóvenes.

Lo siguiente fue la vuelta atrás a un periodo más reciente. Recordé como él había ocupado tu corazón justo en la época en la que casi todos creemos que ningún llanto, incluso surgiendo de un amorío, tendrá solución y que ya estamos preparados para tomar las riendas de nuestra madurez, pese a que nuestra cabeza se encuentra absolutamente perdida en plena pubertad. Por un momento ojeé tus cartas, por supuesto dentro de mi imaginación. Desde la adolescencia te tome un cariño más que notable por la afinidad que teníamos para muchas cosas, pero sobre todo me conquistaste como amiga por un detalle no menor. Pienso sinceramente que te encantaba escribir. Y yo, para más casualidad, además de coincidir contigo en ello gozaba del privilegio de leerte ocasionalmente y echar buenos ratos mientras redactaba la contestación a tus misivas. En ocasiones, el placer es de un tipo y condición tan raso como la correspondencia mantenida con alguien a quien de verdad aprecias.

Volví también a mi año más duro hasta la fecha. Una de las pocas cosas buenas que me ocurrió en esa época fue el encuentro que tuvimos poco antes del verano. Yo te relaté el lance vivido desde el comienzo de lo malo. Tu me narraste tu segunda etapa y posterior matrimonio con quien en su día había provocado tus desvelos de juventud. Reconozco que me sorprendió, pero me alegré con franqueza.

Mantuvimos una comunicación periódica, debido sobre todo a Facebook. Quienes me conocen bien saben que, lejos de buscar a quinientos conocidos imposibles de atender, agradezco en serio a esa herramienta que me permitiera retomar de nuevo el contacto con personas con las que nunca debía haberlo perdido. Por supuesto con personas como tú. Mi querida amiga Gema sabe que esto que digo es absolutamente cierto.

Llegados a esta altura, no te voy a proponer ninguna fecha de llamada o encuentro. Prefiero dejarlo a tu elección, ya pasen meses o años desde que me leas por primera vez. Esto podría sonar a represalia por alguna molestia causada, pero no voy a perder el tiempo explicando nada que de sobra sabes que no existe. Tu conoces bien la realidad y mi voluntad al respecto. Dadas las circunstancias vividas, esperaría el tiempo necesario para que volviéramos a vernos.

P.D. 1: No se si llegamos a hablar de esto en su día. Nunca supe si te referías a él con lo que era su nombre, su apellido, una parte de ellos o simplemente su apodo de siempre. Entono el mea culpa por no haber hecho esta pregunta mucho antes. De nuevo lo repito. La vergüenza siempre ha sido mi compañera de viaje.

P.D. 2: Nunca me ha resultado tan difícil poner nombre a un artículo de este blog. 

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