First ¿qué?

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Reconozco que seguí con emoción la primera edición de Operación Triunfo. Supuso una gran novedad, en cuanto al formato y la aparente buena intención del concurso en sí, junto con la sabia instrucción del equipo docente. Dejo, como hago en ocasiones, la interpretación del adjetivo sabio a criterio de cada lector.

La segunda temporada también la seguí, pero con algo menos de interés. Comenzó pronto a aburrirme el simple hecho de que cada programa concluyera pasadas las doce de la noche, con la falta de sueño que eso conllevaba.

Con anterioridad al principio de Operación Triunfo había nacido en otra cadena (bastante más obsesionada en la audiencia que Televisión Española) el inclasificable Gran Hermano. Por desgracia, fue tal su impacto en nuestro país que ni mis compañeros de la universidad ni mi propia familia llegaron nunca a comprender porqué razón nunca llegué a prestar la menor atención a ninguno de sus programas, ya se trataran de la vida misma dentro de la casa o de los lamentables debates ideados para acrecentar el morbo bajo gritos e insultos, todos ellos condimentados con la polémica más zafia posible.

Sea lo que fuere, a primeros de la década pasada el mundo de la televisión comenzó a explotar hasta la saciedad a todo tipo de concursos trillados en los que, ya se tratara de un tema u otro, lo verdaderamente relevante eran las habituales nominaciones y las controversias más vulgares.

A las productoras a veces les surgía la ocurrencia de llevar a cualquier isla del Caribe a varios famosos venidos a menos. Otras, la brillante idea consistía en formar a jóvenes promesas para el absorbente mundo de la moda. Aunque para mí la más disparatada de todas consistió en poner a disposición de un hombre o una mujer al menos media docena de pretendientes, por supuesto dentro del mismo período, con objeto de que una sucia rivalidad evitara el bajón en picado de la venerada audiencia.

Casi siempre he tenido la inmensa fortuna de coincidir con mi mujer en su opinión acerca de este tipo de carnaza televisiva. Dicho esto, es ahora cuando me toca comenzar a explicar el objeto principal de este artículo. Y no es otro que First dates.

A primeros de este año comenzó a emitirse en el prime time de Cuatro un programa conducido por un peculiar presentador. Le vi por primera vez como actor en una serie española mejorable, emitida hace casi veinte años. En Al salir de clase, Carlos Sobera ocupaba un papel secundario. A primeros de la década pasada comenzó a presentar programas y concursos variados, en más de una cadena, en los que en todo caso hacía gala de un mordaz sentido del humor, proveniente de su tierra de origen. En este curioso programa, Sobera lleva la batuta de lo que transcurre en un local de grabación que asemeja a un restaurante moderno y urbano. Junto a varios camareros de papel más secundario cada día reciben a varias parejas, heterosexuales mayoritariamente, que aparentemente intervienen en el programa con el fin de conseguir pareja amorosa.

Analizando su continuidad en la programación, no hace falta ser detective para sospechar que además de la buena acogida inicial, a día de hoy goza de gran rating en su franja horaria.

Pero no es eso lo que más preguntas me ha generado desde que comencé a seguirlo. Por supuesto me llaman la atención muchas cosas mas. En ocasiones parece como si unieran parejas que supuestamente tuvieran gran probabilidad de sintonía. En otras, sientan en la misma mesa a personas cuya falta de similitud se palpa al instante. Se ven ciertas situaciones de forma recurrente que te llegan a plantear seriamente la duda de si por un casual se estará interpretando deliberadamente algún papel cómico, fantoche o burlón, por poner varios ejemplos.

También se ha dado otra circunstancia extraordinaria. Más de una vez han acudido a cita por segunda vez alguna que otra persona que no obtuvo el resultado esperado en su anterior presencia. Aunque, para dar algo más de morbo y sentido a la gala, también han vuelto a aparecer en escena parejas cuya conexión, feeling o directamente deseo sexual fueron imposibles de ocultar en su primera aparición en pantalla.

Con respecto al momento cumbre de cada cita, se sigue una secuencia claramente protocolaria. Todas las parejas entran en cámara a la vez, lejos de la mesa donde se generó el piscolabis previo, sin el adorno visual que comporta la decoración del supuesto restaurante. La voz en off, a modo de conclusión, pregunta directamente a uno de los dos protagonistas si, como continuación a lo iniciado en el programa, tendrá lugar una segunda cita entre ambos. Y es aquí donde comienza uno de las circunstancias más llamativas. Generalmente no se suelen producir grandes sorpresas. El sentimiento normalmente se ha manifestado previamente con la suficiente claridad. Lo que si me llama poderosamente la atención es la forma menos habitual que hay de rechazar una siguiente cita, con la sinceridad y asertividad más sanas. Digo esto porque, cuando alguien rehuye al otro en su elección, de forma corriente suele adoptar la tan manida opción de los malditos lugares comunes, eludiendo la honrada franqueza como manera de salir del paso. Muchas veces me he preguntado cual será el porcentaje real de parejas que efectivamente han mantenido algún tipo de contacto, pese a no que no llegara a consumarse el presumible objeto en cuestión.

Como remate de este artículo hago mención a las parejas que al final se aceptan mutuamente. Hay varios tipos de ellas. Unas se aprueban con mezcla de delicadeza y rubor. Otras se confirman sin apenas decir nada con frases claras, cargadas de vergüenza. Las hay que se conceden mutuamente la posibilidad de iniciar una mayor conexión a partir de lo que surja fuera del programa. Y por supuesto también las hay que aprovechan para manifestar sin rodeos su atracción sexual recíproca, con un beso en los labios que no deja lugar a dudas.

Con las opciones descritas dentro de este último párrafo, junto a otros tipos de síes que no he expuesto explícitamente, ¿con cual te quedarías? Dicho de otro modo, si tu fueras parte de la función, ¿cuál saldría de ti con mayor naturalidad?

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