La evolución, el razonamiento y sus pequeñas cabecitas

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Este año es mi primer curso del colegio. O al menos eso es lo que me dicen mamá y papá. Al parecer, cuando ellos eran pequeños todos los niños pisaban por primera vez la escuela justo a la edad que yo tengo ahora. Sin embargo, a mis años yo tengo más experiencia. Mucha más.

El primer sitio en el que estuve fue una guardería infantil. No se cuanto tiempo fue, pero recuerdo que entré antes de empezar a andar y que, cuando salí de allí, ya corría un montón. Después estuve un tiempo en otro sitio, con distintos compañeros. Aquí las cosas funcionaban de otra manera, supongo que porque ya éramos más mayores.

El caso es que, desde que empecé el curso este año, hay una cosa que me gusta mucho hacer. Nuestra profesora nos manda algunas veces deberes para hacer en casa. De todos ellos, hay uno en particular que me encanta. Nos pide que hagamos dibujos. Cada día de una cosa distinta.

El último que he hecho ha sido de mi familia. Pero no de los que vivimos en casa, mamá, papá y mi hermana. También del resto de la familia. “De la más cercana”, nos dijo la profesora. Se lo pregunté a mamá cuando vino a recogerme al salir de clase y en seguida me dijo que no me preocupara. Que sería muy sencillo para mí.

Empecé a dibujar con mamá delante, colocando cada parte de los familiares por su lado. En principio había pensado que debía poner a todos mis primos junto a mí, ya que son con quienes suelo jugar cada vez que nos vemos. Pero mamá me recomendó que lo mejor que podría hacer sería colocarlos uno a uno junto a sus papás y a cada uno de los papás por debajo de mis abuelos.

Después de escuchar esto me puse a pintar. Creo que acabé usando casi todos los colores que había en mi estuche. Intenté hacer lo más parecido posible a cada uno de la familia, aunque estoy convencido de que se me olvidaría algún detalle. Incluso puede que me equivocara y no se parecieran algún dibujo y su personaje en la realidad.

Lo más curioso de todo es que, una semana después de hacerlo, se celebró en mi casa el tercer cumpleaños de mi hermana. Todos los que salimos en el dibujo comentado comimos en la terraza a la vez. Bueno, todos comimos pero sólo los primos mayores y los dos pequeñajos jugamos. Como siempre. Entre nosotros. Sin hacer apenas caso a los papás. No por nada más que por lo que una ocasión como aquella significaba para nosotros. Eso sí, tampoco jugamos todos juntos. Yo me pasé prácticamente todo el rato con los dos mayores.

Mi prima y mi primo mayor no son primos entre sí, pero se entienden de sobra. Los dos son mucho más grandes que yo, físicamente hablando. Por eso siempre intento sacar algún juego concreto que no tenga nada que ver con el tamaño ni la fuerza y en el que si se practique la inteligencia. Cada uno a su nivel, pero todos en el mismo círculo.

Sin embargo con los enanos la cosa es diferente. No estoy habitualmente con ellos. Más que nada porque con mi hermana juego mucho casi todos los días, pero sobre todo porque sus juegos son diferentes. Siempre me ha hecho gracia ver cómo se imitan los dos, repitiendo cada uno al momento lo que ve hacer al otro. Tan pronto lloran cuando se hacen pupa en mitad de sus correrías como se parten de risa el uno con el otro ante los juegos más simplones.

Lo mejor de todo es que, según dicen mis papás, al parecer cuando el primo mayor y yo teníamos su edad estábamos todo el día igual, líados con las cosas más triviales. Lo que es la casualidad.

Como anécdota graciosa, confieso que aquel día de cumpleaños me acosté por la noche agotado, pero con una nueva expresión aprendida. Sabía ya de sobra lo que eran los árboles pero no había escuchado nunca la palabra genealógico. Oí esa expresión varias veces durante la jornada a casi todos los mayores. No comprendí por entonces, pero me gustó ver sus gestos cariñosos.

Papá me explicó su significado en la cama, justo antes de darme su beso de buenas noches. En ese mismo instante supe porqué mamá me había recomendado la ubicación concreta de cada uno de mis primos en el dibujo que hice para el colegio.

P.D.: Muchas gracias por tu permiso.

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Ernesto Alejandro II y Cucal

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El curso típico de la vida suele parecerse bastante a un conocido anuncio de la industria insecticida. Éste salió en televisión durante un tiempo, hace algo más de dos décadas. Probablemente aún lo recuerdes, pero como pista dejo esta curiosa paráfrasis: nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos.

Puede ser que alguno de vosotros lo hayáis vivido. Incluso quienes no os encontréis en ese contexto habréis sospechado que la búsqueda previa o el nombre finalmente elegido para una criatura recién nacida no siempre implica el más absoluto de los acuerdos entre los padres.

Normalmente a casi todos nos llegan noticias referentes a estas diferencias. Pueden darse en parejas de toda clase y condición, en relación a los gustos o las tendencias más comunes en lo que a la denominación de bebés recién nacidos se refiere: simple o compuesto, clásico o de moda, nacional o extranjero,…

Dejando al margen otras cuestiones culturales o idiomáticas que podrían venir a cuento, os planteo varios temas interesantes. Como pareja, ¿respetamos y acatamos las tradiciones de las dos familias para poner nombres a nuestros hijos, aunque no estemos conformes? ¿Tal vez nos de vergüenza escuchar la opinión de la gente sobre nuestros gustos o decisiones ya tomadas? ¿O quizá obremos en los segundos nacimientos como forma de represalia por lo ocurrido con el nombramiento del primer hijo? O incluso, en los casos más enrevesados, ¿proponemos algún nombre en homenaje a otra persona que hubiera pasado por nuestras vidas, de incógnito ante nuestras parejas?

Se admiten sugerencias, conjeturas o hipótesis. Bueno… ¡también se permiten evidencias e historias reales!