¿Con coma o sin ella? Todos los equipos derrotados

 

Lunes por la mañana. Se veían caras largas por doquier. La oficina mostraba una imagen casi sepulcral, simulando desde un tanatorio para quienes mejor lo habían pasado hasta un monasterio de clausura para los que directamente tuvieron alguna incidencia o altercado.

Pero para explicar todo esto conviene que retrocedamos en el tiempo al viernes anterior. O para ser más exactos, a un mes atrás.

Con motivo del excelente resultado económico que la empresa había obtenido por quinto año consecutivo, el gerente había planteado no sin ciertas dudas al dueño de la empresa la posibilidad de costear a todos sus empleados un fin de semana de ocio rural. Desde su perspectiva más objetiva, la actitud de los trabajadores, su asombro y desconcierto solaparon desde el comienzo las supuestas intenciones benévolas de los peces gordos de la compañía. No se entendía por que motivo habían planeado esta vez un gasto más que prescindible, con la intención de promover la mejor convivencia de todo el equipo.

Guardando el mayor secreto posible, los dos superiores hicieron llegar a sus empleados la convocatoria formal vía email. La gran mayoría de los súbditos confirmaron con desgana su asistencia a las jornadas de ocio y disfrute, según habían bautizado los jerarcas su plan. Tan solo hubo tres bajas de los treinta y dos que conformaban la empresa. Una de ellas fue a causa del parto próximo que tendría la recepcionista y otras dos con motivo de las diferencias irreconciliables que habían distanciado a los empleados más antiguos de la empresa con sus principales dirigentes.

De esta manera, sin haber recibido información o dato alguno más que la ropa que sería menester, por fin llegó el dichoso¹ viernes. La mayoría de los asistentes se quedaron sorprendidos al ver a seis personas portando cada uno su bandera y varias camisetas. Junto a los dos superiores, casualmente el resto de organizadores eran cuatro de los aduladores más casposos de la compañía, que llevaban la equipación de su color propio, distintos todos entre sí. Además de las bolsas de enseres, los seis manejaban un pequeño listado. Esas hojas no contenían otra información más que la relación de componentes de cada equipo.

A medida que fueron apareciendo los empleados, los grupos cobraron cuerpo de forma sucesiva. Pero sin duda todos los colores coincidieron apreciando una situación destacable: ninguno de ellos se había compuesto por personas que tuvieran una excelente relación entre sí. Más bien todo lo contrario. Se daba, en casi todos los casos, desde la concurrencia de compañeros que se manejaban con serias discrepancias en lo profesional hasta la animadversión más explícita.

Finalmente cada equipo se dirigió hacia los monovolúmenes alquilados, por supuesto cada uno del color del grupo ocupante. Los responsables conducirían hacia un lugar desconocido para los demás.

Se trató de un viaje más corto de lo previsto por la mayoría. Los seis coches llegaron prácticamente al mismo tiempo. Las casas rurales estaban ubicadas dentro de la misma parcela, muy próximas unas a otras. Todas compartían una estupenda zona común equipada con barbacoas, mesas de madera con asientos y columpios varios.

Los dos organizadores dieron una charla breve y superficial sobre el plan de actividades y sus horarios previstos. Para comenzar el fin de semana, esa tarde después de la comida y la siesta pertinente se podrían desplazar hacia las afueras del pueblo donde tendría lugar la clásica batalla de paintball entre grupos. Justo antes de comenzar este juego se efectuó el sorteo con un dado para determinar las eliminatorias que se disputarían previamente a la final entre los tres equipos ganadores. La mayoría de los asistentes se percataron de una circunstancia pormenorizada. Había el mismo número de colores que de grupos, pero cada uno de éstos sólo podría portar el suyo propio para luchar contra sus adversarios.

Una vez concluida esta competición, y siempre dentro del silencio más satírico, a nadie le extrañó que casi la totalidad de participantes hubiese recibido de manera fortuita una mayoría aplastante de bolazos de su propio color.

La jornada siguiente continuó con dos ejercicios matinales a elegir. Los organizadores habían reservado el número suficiente de quads y travesías por tirolinas para que cada uno eligiera a su antojo. Aunque tal y como estaba previsto, fueron pocos los varones que soltaron adrenalina cayendo por el aire y menos aún las damas que escogieron las motos de cuatro ruedas. Digamos que tan sólo fue una, pero no una cualquiera. En contra de lo habitual, a la joven referida le apasionaba la velocidad más que cualquier otra cosa y gozaba de una fuerte tendencia a la conducta vertiginosa al volante. Es muy probable que esta circunstancia potenciara el pique entre los dos compañeros más intrépidos, pero lo que quedó claro a todas luces fue que la monumental costalada contra un árbol que se dio uno de ellos fue lo que provocó que aquel hombre concluyera antes de tiempo el ocio rural en grupo. Una noche en urgencias y dos costillas rotas después, el desdichado compañero retornó a su ciudad en solitario, después de pedir por teléfono a su jefe que por favor hiciera acopio de las escasas pertenencias que había llevado a la casa rural. Un hecho serio como éste no fue óbice para que el protagonista lesionado se convirtiera en objeto de mofa de la mayoría, desde las simples chanzas hasta la socarronería más corrosiva.

Después del almuerzo y el correspondiente descanso, la tarde empezó sin plan establecido. Casi todos descansaron en sus habitaciones. O más bien trataron de descansar. Si no pudieron hacerlo como hubieran querido no fue por otra cosa que por el cúmulo de bromas y chascarrillos contados a voz en grito por media docena de compañeros, la mitad de cada sexo. La tarde pasó sin que hubiese ningún hecho o suceso digno de mención. Cuando terminó la cena, los integrantes de la mesa se reagruparon de nuevo en torno a sus personas de confianza, obviando por supuesto el trato con los componentes de su color una vez cumplidas las pruebas establecidas por los organizadores. Aunque ante los ojos de cualquier observador se daría a continuación un hecho que no pasó desapercibido para nadie. El frío y las ganas de fumar hicieron que el mencionado sexteto se dividiera en dos bandos, permaneciendo una fémina entre sus dos compañeros predilectos a la intemperie. El exceso de alcohol contribuyó acto seguido al traslado del trío hasta el columpio más cercano. Nada más sentarse ella, uno de los dos dijo como excusa que debía ir al baño a orinar, para lo que se dirigió hacia su casa, haciendo eses ostensiblemente. Pasados los cinco minutos de rigor, éste volvió a salir a la calle. Además de sus mejores amigos del trabajo, había en el porche más de diez fumadores empedernidos conversando sobre temas más absurdos que interesantes. Cuando por fin tuvo los arrestos necesarios, decidió acercarse hacia su amigo y su amiga con ganas de salir de dudas. Para bien o para mal sus suposiciones se confirmaron de inmediato. La pequeña multitud dentro de aquel trío estaba representada indudablemente por él. Y no fue esto objeto de ninguna sospecha ciega, sino producto de la rápida fuga que intentó aquella pareja, dirigiéndose cogidos de la mano hacia el calor interior de alguna de las casas. Cerca del grupo de fumadores, acompañados por el tercero en discordia, éste detuvo a la pareja con gesto grave y una vez comprobado que sus manos se hallaban separadas estampó un notable derechazo que tumbó a quien lo recibió, perdiendo el conocimiento al instante. A excepción de los dos jefes principales, todos los allí presentes se ocuparon del cuidado del compañero agredido hasta que unos minutos después por fin recobró el sentido.

No hubo acuerdo alguno entre todos los demás sobre cual había sido el disparate causante de aquella agresión. A unos les fastidió que ninguno de los dos capos de la empresa movieran un solo dedo después de aquella trifulca. Pero absolutamente todos se extrañaron del mamporro ocurrido entre los dos mejores amigos que había dentro de la compañía. Durante el resto de la jornada ya no se volverían a ver. Ni que decir tiene que no habían sido agrupados previamente dentro del mismo color.

La jornada del domingo comenzó más pronto de lo previsto. Pero no por las típicas actividades a realizar en grupo al aire libre sino por el prematuro abandono que protagonizaron diez personas. Sin dar más explicaciones a sus jefes, incluso sin pactarlo de forma manifiesta, el ruido de salida provocó un temprano despertar de casi todos los que iban a permanecer allí el último día.

Ante la insistencia de los más pelotas, el grupo discrepante se marchó de aquel lugar cuando llegaron los tres taxis solicitados previamente. El agresor físico, tremendamente avergonzado porque su gota colmara finalmente aquel vaso, también montó en uno de esos taxis.

Carente de interés, la mayoría de los que permanecieron allí declinaron participar en más ejercicios. Los jefes confirmaron la vuelta a casa justo después de la comida y su correspondiente entrega del premio al conjunto ganador del fin de semana.

Una vez terminada la comida, comenzó la esperada entrega de premios.

-Y el equipo que más puntos ha conseguido es… el mío, ¡el azul! -anunció con grandilocuencia el dueño de la empresa.

Al momento se acercaron las otras dos personas de ese grupo que habían permanecido allí. Ambos recogieron un sobre que contenía invitaciones para dos comensales a uno de los restaurantes más pintones de la ciudad.

Cuando los dos ganadores abrieron sus sobres, cada uno reaccionó de una forma. Ella mostró su júbilo ante un premio que, en condiciones normales, nunca se hubiera podido permitir. Sin embargo él sonrió de forma protocolaria. “Todos los equipos, derrotados”, pensó irónicamente mientras recibía besos y felicitaciones.

dichoso¹: Si, no se trata de un error. Tal vez recuerdes haber leído esta palabra al comienzo del artículo. Si hago mención ahora no es más que por dejar claro que soy consciente de la total diferencia entre sus distintas acepciones y que con esa ambigüedad hice uso de ella. Dejo por tanto su interpretación a gusto del lector.

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Luces, cámara,… ¡a la -ción!

Blog 12_Películas de cine a la misma hora

Sí, lo habéis leído bien. Ya sé que el dicho clásico y facilón del cine es diferente, pero en todo caso creo que cuando hayáis leído este artículo comprenderéis lo que a buen seguro os habrá llamado la atención en el título.

Por razones que expondré al final voy a hablaros de cuatro películas. Todas vieron la luz en la década de los noventa. No se trata de un género romántico, ni de comedias sencillas precisamente. En las cuatro creo que la palabra principal de su género sería en todo caso la intriga, ya sea por vía dramática o mafiosa. Eso sí, cada una en su justo término. Se puede matar y, por tanto, aumentar la tensión desde un punto de vista de absoluta cotidianidad y simplicidad o bajo un nerviosismo poco menos que insoportable.

Los cuatro filmes son Tesis, Atrapado por su pasado, Uno de los nuestros y Cadena perpetua. En todo caso prefiero avisaros antes de comenzar. Si alguno de vosotros no hubiese visto cualquiera de estas películas y quisiera hacerlo, no me leáis. O mejor aún… leedme y tomaros después tantas copas como sean necesarias para que al día siguiente la resaca gobierne vuestra mejorable memoria reciente y no recordéis los detalles concretos más sustanciales que expondré a continuación.

Iniciación:

Tesis significa iniciación en varios ámbitos. Por un lado se trató del primer largometraje de un jovencísimo Alejandro Amenábar, con veinticinco años en su primer estreno cinematográfico. Además, el asunto principal de la película conlleva la indagación de una estudiante, en plena fase de investigación para su tesis doctoral, que desata accidentalmente su búsqueda de la verdad en un contexto sucio y macabro.

En Atrapado por su pasado, nos encontramos con un inicio tan soberbio que, sin ser un hecho cualquiera el que ocurre en ese instante, la película atrapa desde el primer momento con tanta intensidad que se te olvida lo que ya has visto. Un par de minutos después, comienza a contarse la historia de Carlito Brigante, desde su salida de la cárcel, tratando por todos los medios de mantenerse al margen de la mafia con la que ha convivido desde su juventud.

En Uno de los nuestros el comienzo muestra de forma inequívoca por donde se moverán los derroteros de la vida del protagonista. Henry Hill (en la película, ya de adulto, Ray Liotta) comenzará a desarrollar la obediencia debida al clan italiano con el que crecerá como persona y como criminal.

Por último, en Cadena perpetua, el inicio comienza por el final. Pero no es el final de la película, ni un final cualquiera, sino el final de su vida en libertad. Andy Dufresne (Tim Robbins) es condenado a cadena perpetua supuestamente por el asesinato de su esposa en su propia casa.

Duración:

Desde la más corta, Tesis, a la más larga, Uno de los nuestros, hay algo menos de media hora de diferencia.

En el caso del Amenábar más novel, desde el primer momento me sorprendió que su primera película superara con creces los cien minutos de rigor establecidos tácitamente en el cine de nuestro país. Dicho ésto, creo que su película en ningún momento se hace pesada en las dos hora y cinco minutos, generando y manteniendo la tensión desde bien pronto.

Las otras tres, pese al estar muy cerca de las dos horas y media, para mi gusto mantienen con creces el interés necesario para llegar al final del metraje con plena atención.

Narración:

La voz en off conduce de manera formidable las tres películas estadounidenses. Como particularidad sólo decir que en Cadena perpetua el conductor de la narración no es el personaje principal, como ocurre en las otras dos películas y en la mayoría de las que emplean la voz en off como herramienta conductora.

Por establecer una diferencia más entre las tres, yo diría que en Uno de los nuestros el tono primordial es el narrativo, mientras que las otras dos se mueven a medias entre la narración y la observación, teniendo esta última a mi juicio más peso en Cadena perpetua que en Atrapado por su pasado.

Sin embargo, en Tesis la historia de comienzo es bastante más concisa. Desde bien pronto comienzan a generarse de forma directa o indirecta las intrigas que gobernarán el resto de la película.

Acción:

En este caso creo que se da una superioridad incuestionable de Atrapado por su pasado y Uno de los nuestros. Esto no quiere decir que en las demás no haya ninguna acción. Simplemente las maniobras que encontramos en el guión generan una evolución diferente. Dicho esto, a su vez habría que reconocer que el misterio conducirá la historia en Tesis y que la dramática exposición de la realidad gestionará de forma sosegada durante la primera hora y media Cadena perpetua, hasta que tenga lugar el punto de inflexión en medio de una comida rutinaria dentro de la cárcel. Este hecho provocará un incremento instantáneo de la intensidad narrativa en la película de Frank Darabont.

Volviendo a las dos primeras que he citado en este apartado, yo establecería una diferencia esencial entre ambas. En Atrapado por su pasado el protagonista se ve inmerso en una maraña, mientras intenta redimir su oscuro pasado. Sin embargo, en Uno de los nuestros asombra sin duda la cotidiana gestión tanto del trapicheo de mercancías como directamente del asesinato, siendo ambos aspectos un elemento tan frecuente que hasta llegan a parecer mas de un perfil casi burocrático que criminal.

En Cadena perpetua hay poca acción, o la que hay no es especialmente inquietante, tal vez por el hecho de que está ocurriendo dentro de una prisión. Sin embargo en Tesis la acción encadena en multitud de escenas estresantes, teniendo para mi gusto como techo el apagón de la luz en el sótano de las cañerías (parecido a un túnel) donde se quedan a oscuras Ángela (Ana Torrent) y Chema (Fele Martínez). En los minutos finales de la película se da una extraordinaria situación. Cuando el asesino confeso de las snuff movies objeto de la trama reconoce los hechos, en el momento previo a la preparación de su próxima víctima y la correspondiente grabación, ella cita una frase corta, mitad serena y mitad trémula: “Me llamo Ángela. ¡Me van a matar!”

Convicción:

En Tesis la muerte en extrañas circunstancias de su coordinador de la tesis es lo que desencadena la determinación de Ana por saber si sus sospechas tienen fundamento.

En Atrapado por su pasado Carlito Brigante cree haber pagado por sus errores en su estancia en prisión y tiene la firme voluntad de obtener el dinero necesario para huir de un entorno sórdido como aquel.

En Uno de los nuestros, debido a la absoluta disparidad de criterios entre su padre y él, Henry Hill descree sobre la idoneidad de los consejos paternales en lo relativo a su trabajo y al grupo al que sirve, perdiendo finalmente todo interés hacia su progenitor en plena adolescencia.

Por último, en Cadena perpetua la completa seguridad de su inocencia va perdiendo fuerza en Andy Dufresne de forma paulatina durante las dos primeras décadas de su permanencia en la prisión, antes de que aparezca el personaje secundario que desata el giro insospechado de la trama.

Redención:

En lo referente a esta sensación, no haré mención alguna sobre Tesis. Tal vez únicamente podríamos hablar de la pelea final de la película, en la que los protagonistas luchan con determinación, tratando de salvar sus vidas.

Sin embargo, en las otras tres películas, hay distintos ámbitos de salvación. En Atrapado por su pasado el personaje de Al Pacino cree que su fase más sucia ha expirado tras su paso por la cárcel, aunque el desarrollo de los hechos posteriores irá complicando su situación paulatinamente desde el minuto cero.

En Cadena perpetua el afán de Andy Dufresne por rescatar la verdad pierde tanto calibre que lo que se desata en el último tercio del film supone una sorpresa sobresaliente, difícil de imaginar con anterioridad.

Por último, en Uno de los nuestros, creo que no se debería hablar de liberación como tal. Únicamente mencionaría la escena en la que Ray Liotta y su esposa son interrogados por el FBI. Como matiz podríamos decir que, para Henry Hill, admitir su culpa frente a los investigadores de la administración americana carece de cualquier otro sentido más que el de salvar su pellejo y el de su familia a toda costa. Como coletilla a esto, recomiendo prestar especial atención a la escena de Henry en el juicio, ante sus amigos de toda la vida, en el instante en que reconoce su culpabilidad con cara circunspecta. No sabría donde ubicarlo exactamente pero en todo caso se hallaría a medias entre la humillación, la indignidad y el bochorno más absoluto.

Atracción:

En Tesis, parece indudable que la atracción física que ejerce Bosco (Eduardo Noriega) sobre Ángela tiene por objeto potenciar la ambigüedad calculada como uno de los motores secundarios de la trama.

En Atrapado por su pasado Al Pacino vuelve a ver a la que era su novia antes de entrar en prisión y se interesa de nuevo por ella. Sin ser éste un elemento crucial en todo el desarrollo, sin duda no hace sino afianzar su deseo de escapar de su ciudad y de su pasado.

En Uno de los nuestros, al margen del morbo, inclinación y necesidad del estraperlo, el personaje de Ray Liotta destaca sobre todo en su afición por la lujuria y el desenfreno lejos del matrimonio.

En Cadena perpetua, citaría por poner un ejemplo tanto el interés sexual que levanta Andy en otros presos como su capacidad para ser gestor, administrador de patrimonios y contable (¡maldita contabilidad!), explotada en extremo por el inefable director de la prisión para sus chanchullos personales.

Ocultación:

Extraordinario y emocionante proceso destapado en la parte final de Cadena perpetua.

También cobra esta cualidad cierto sentido en Tesis, dada la incertidumbre generada sobre la inocencia o culpabilidad de los dos secundarios principales.

A mi juicio, no hay mucho que hablar en este tema ni en Atrapado por su pasado ni en Uno de los nuestros.

Deleitación:

Es decir, deleite puro y duro. Aunque siendo sincero no establecería a las cuatro películas a este mismo nivel. Las tres americanas, para mi gusto, se encuentran más cerca del umbral de la maestría en el cine que la ópera prima de Amenábar. Dicho lo cual, recomiendo sinceramente a quien no haya visto Tesis que emplee dos horas en ella de manera decidida. Sin duda creo que lo disfrutará.

Hasta aquí ha llegado el análisis y la reflexión.

Acotación:

Ahora comienza el momento de explicación sobre cuál ha sido el motivo de hablar de estas cuatro cintas en concreto. El pasado mes de agosto, durante las vacaciones y sin tener conocimiento de ello, pude comprobar casualmente que estas películas se estaban emitiendo en prime time al mismo tiempo en distintas cadenas. Tanto mi mujer como yo ya las habíamos visto todas, dos de ellas cerca de cinco veces, las otras al borde de una decena en mi caso. Fue por este motivo por lo que se dio una paradoja que no se si habréis vivido alguna vez. Conociendo la evolución inmediata de cada una de ellas y en otras ocasiones con motivo de los dichosos anuncios publicitarios, no fui capaz de evitar el cambiar permanentemente de una cadena a otra sin durar en ningún caso más de cinco minutos viendo la misma película. Pero esto, no sólo no me puso en tensión ante la conclusión de cada una, sino que se convirtió en una forma desconocida de goce frente al televisor.

Acotación 2:

Hasta ahora no había hecho referencia alguna sobre un secundario de lujo en una de las cuatro películas. Como curiosidad confieso que la primera vez que vi Atrapado por su pasado me percaté de la figura de Sean Penn prácticamente al final. Espero coincidir con muchos de vosotros sobre su colosal interpretación de un abogado que condicionará y de qué manera el devenir de Carlito Brigante, debido fundamentalmente a su notoria enajenación mental, producto entre otras cosas por su adicción a la cocaína.

Acotación 3:

Si al inicio de esta lectura te planteaste qué narices podía significar el término del título (¡a la -ción!), creo sinceramente que al final habrá quedado suficientemente claro.

Acotación 4:

Siguiendo con la finura, medio idiomática y medio analítica, en este curioso artículo las acotaciones no son otra cosa más que mi posdata empleada ocasionalmente.

Sí. Bueno sí, ¿no?

Blog 11_Rueda de prensa

Los que se encontraban en la sala se miraron entre sí, casi atónitos, mostrando con sus gestos desde una notable perplejidad hasta un estupor poco menos que absoluto.

Algo así se podía sospechar de un personaje como aquel. Sin embargo casi nadie se hubiera imaginado que un acto formal y protocolario se fuera a convertir en noticia de portada debido al esperpéntico episodio vivido durante el clásico encuentro de su actor principal frente al mundo del periodismo.

Debido a su flamante fichaje, Román Jiménez se había presentado a media mañana en el club con objeto de pasar el pertinente reconocimiento médico y firmar del contrato, antes de que tuviera lugar su presentación oficial ante los medios. Era su primer gran contrato. Tenía diecinueve años, pero ya llevaba dos temporadas jugando a un excelente nivel en un equipo de otra parte del país, de aquellos que se habían acostumbrado a vivir siempre en la parte baja de la tabla de clasificación. Su contrato anterior, pese a que no supuso una fortuna multimillonaria, le hizo acostumbrarse a ciertas comodidades que diez años atrás hubiera dado por imposibles de conseguir en el hogar de sus padres: un cuarto de baño dentro de la habitación principal, un garaje dentro de su mismo inmueble o una mujer contratada para limpiar su casa, por poner ejemplos.

Román había visto por televisión en numerosas ocasiones muchos actos de bienvenida organizados por el que iba a ser su nuevo club. Pero siempre le habían parecido más que aburridos. Ya fuesen futbolistas de una posición y un perfil más discreto u otras estrellas rutilantes, todos y cada uno de los que habían pasado por actos como los que tendrían lugar aquel día solían mostrarse muy callados o precavidos, en ocasiones hasta excesivamente timoratos. Pero él sin duda no daría esa sensación.

Con toda decisión, Román dejaría su impronta en el acto de presentación y su posterior rueda de prensa, dando lecciones ante las cuestiones planteadas por todos y cada uno de los periodistas. Pero para ello necesitaría encontrarse en su salsa. Y como sin duda lo mejor sería acudir bien acompañado, decidió no aparecer allí únicamente junto a su agente en la jornada que había marcado en rojo en su calendario. Su representante, poseedor de un carácter más que singular, tenía un don de gentes sin parangón. Fulgencio Dobarro sabía tratar con la misma destreza tanto a los mandatarios de los clubes más curtidos como a los jugadores provenientes de las zonas más marginales de todo el país.

Fue por esto que aquella mañana, nada más recogerle Fulgencio en casa de sus padres, Román avisó por whatsapp a su grupo de amigos de toda la vida. Les dijo a que acudieran juntos a la entrada en coche al estadio y que le esperaran allí. Ante la insistente curiosidad de su representante, Román le dio a conocer lo que había previsto.

-Mis colegas del barrio van a entrar conmigo. Me da igual como te lo tomes -soltó el joven jugador, cortando de raíz la posible objeción de Fulgencio.

Román había mantenido el contacto con ellos de forma periódica desde que inició la primera temporada fuera de su ciudad de siempre. Pero fue a principios de aquel año cuando la comunicación con sus colegas del barrio se estrechó más todavía. Y no fue con motivo de su magnifico rendimiento deportivo. Su nombre e imagen habían salido a la palestra fuera del ámbito futbolístico a partir del comienzo de su relación con una joven modelo. Hasta ahí todo normal, dirían muchos, si no fuera porque la fémina referida no había cumplido su primer año de matrimonio, con el hijo mayor del mandamás de su equipo anterior, antes de que saliera a la luz el típico escándalo de infidelidad entre famosos.

Lejos de abochornarse y pedir perdón, Román sacó pecho desde el primer momento en que su affaire tuvo repercusión mediática, llegando incluso al intercambio de mamporros con uno de los miembros familiares del dueño de su club, una vez tuvo lugar el consabido divorcio. Para bien, su juego se encontraba a tal nivel que ni una disputa de ese calibre consiguió frenar el meteórico ascenso de su caché profesional. Para mal, Román se había convertido, como siempre en esos casos, en un protagonista más dentro del mundo del papel cuché.

Comoquiera que este caso le había hecho subir otro peldaño en el escalafón de la popularidad, semejante salto cualitativo en su condición de famoso había establecido como norma no escrita la presencia de la prensa rosa en todas sus apariciones en los medios de comunicación.

Dicho todo esto, por fin llegó el culmen del día.

Una vez pasado el reconocimiento médico y firmado el contrato, Román accedió a la conocida sala plagada de personas, cámaras y micrófonos de manera exultante, portador de toda la prestancia debida ante un evento como tal.

Desde su primera cuestión respondida dejó bien a las claras algo que se sospechaba desde hacía tiempo por casi todos los miembros del entorno deportivo de la ciudad. El rendimiento que había mostrado desde el comienzo de su carrera se encontraba tres o cuatro galaxias por encima de su característica ignorancia a la hora de manifestarse ante los medios. Pero no fue hasta la primera pregunta del mundo del cotilleo cuando se desató uno de los capítulos deportivos más surrealistas que los allí presentes habían presenciado en toda su trayectoria profesional.

Una periodista rosa de la cadena de televisión que gestó el mundo de la telebasura dos décadas atrás fue la iniciadora.

-Román, ¿vivirás aquí en la capital con tu novia, la modelo Esther Sanidri?

Justo antes de responder con su sempiterna ineptitud, sus amigos de toda la vida emergieron en un santiamén, subiendo los cinco literalmente a la mesa donde se encontraba Román junto al jefe de prensa del club, antes de que el jugador contestara sobre aquel asunto.

-¡Picha brava, picha brava es, es! ¡Picha brava, picha brava es, es! -soltaron a gritos sus compinches, frente al pasmo general.

Justo antes de que el revuelo provocado desencadenara su inmediato desalojo por parte de los miembros de seguridad del club, Román alzó su brazo con el fin de silenciar de inmediato a sus compañeros de correrías.

-Sí. Bueno sí, ¿no? -dijo Román, con su habitual torpeza, sentando cátedra ante sus queridos amigos de toda la vida.

Laura no pierde el tren

Blog 10_Laura no pierde el tren

Se metió en la cama agotada físicamente pero liberada en lo anímico. Mañana a esta hora todo habrá pasado, se dijo a sí misma justo antes de apagar la luz.

La jornada maratoniana tuvo un doble efecto en Laura. Por un lado facilitó el rápido acceso a un sueño aparentemente reparador. En contra de su costumbre, Laura se despertó para ir al baño a orinar a media noche. Evitó el tener que encender la luz para no despertarse el rato que permaneció dentro del lavabo. Una vez acostada de nuevo cerró los ojos, convencida del sosiego que sentiría al perder de nuevo la consciencia.

Lo que en condiciones normales solía ser un periodo de descanso reconfortante se tradujo en una escena como mínimo inquietante. Pese a que era mediodía, el sol perdía fuerza de manera inexorable. Ella acababa de aparcar el coche entre dos árboles, junto a un parque verde. Comenzó a andar por el camino, pero en lugar de pasear por el campo optó por una opción insólita. Frente a los jardines había un edificio de tres alturas, dotado de hermosos detalles arquitectónicos que le hicieron sospechar que no se trataba del clásico bloque de viviendas. Sin duda no se trataba de un bloque de viviendas cualquiera. Tras cruzar el umbral de acceso observó como el amplio vestíbulo albergaba múltiples salas, todas ellas con un curioso cartel a modo de presentación. Se dirigió hacia su izquierda. A escasos metros de la primera vio lo que había escrito en la cartulina allí expuesta. Junto a una foto sugerente leyó un nombre. Perla Bustos. Se dio cuenta de cómo salían algunos de aquella estancia. Andaban callados, con cara de enorme tristeza. Incluso lloraban desconsoladamente los más afligidos.

Continuó deambulando, aproximándose hasta la siguiente habitación. A dos metros del cartel se detuvo a ojearlo. Esta vez no había foto, pero el nombre si le llamó atención. Laura Vela. Decidió entrar con prudencia. De forma rectangular, probablemente mediría cerca de cien metros cuadrados. Había muchos asientos vacíos y diez o doce personas de pie, junto a una ventana. Se fue acercando de manera resuelta hacia el cristal que se ubicaba junto a la otra puerta. Aprovechó la conversación mantenida por el reducido grupo para entrar en el cuarto. Se detuvo a medio metro de un féretro ocupado por una mujer de mediana edad. Ocupado por Laura Vela. Ocupado por ella misma. No sintió nada parecido a la congoja al verse tumbada en el interior del ataúd, con la cara más plácida que recordaba haberse visto. Continuó medio minuto dentro de la pequeña estancia hasta que decidió salir.

Lo que de primeras le pareció una mínima cantidad de gente reunida ahora se había transformado en un notable colectivo de sujetos en acto de presencia. De un rápido vistazo reconoció a su hermano. Paradójicamente, Carlos estaba sentado junto a la entrada, en solitario, interpretando el papel residual de un ambiente indolente en exceso. Sin embargo, él lloraba desconsoladamente. Nadie le prestaba el más mínimo interés, ni le decía nada para consolarlo. Ella se acercó poco a poco hasta él, con ganas de abrazarle y aliviar su pena. Pero en contra de lo que hubiera deseado, Carlos no reparó en su presencia.

A medio camino entre el ataúd y su hermano se detuvo cuando observó cómo entraba un hombre que le resultó especial. Alto. Muy alto. Pero también barbudo y andrajoso. De repente vio cómo se unía a su hermano en un cariñoso abrazo. Era Javier. Fue el único que le prestó la debida atención. Javier tampoco se percató de su presencia, a pesar de hallarse a escasos metros de distancia. Cansado de estrujar con sus brazos a Carlos entre lloros, Javier se adentró en la habitación donde yacía el cadáver.

Si algo hizo que Laura se despertara de inmediato, sudando, producto del susto final de aquel sueño no fue otra cosa más que el grito descomunal y desgarrador con el que Javier rompió su quietud. Laura se levantó de la cama, con una viveza incontenible, presa de la taquicardia. Extrañada y asustada. Muy asustada.

Faltaban minutos para llegar a las cinco de la mañana. En el lavabo Laura se mojó la cara a discreción, tratando de salir del aturdimiento que le había generado aquella inverosímil situación presenciada sin querer, con los ojos cerrados.

La evolución, el razonamiento y sus pequeñas cabecitas

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Este año es mi primer curso del colegio. O al menos eso es lo que me dicen mamá y papá. Al parecer, cuando ellos eran pequeños todos los niños pisaban por primera vez la escuela justo a la edad que yo tengo ahora. Sin embargo, a mis años yo tengo más experiencia. Mucha más.

El primer sitio en el que estuve fue una guardería infantil. No se cuanto tiempo fue, pero recuerdo que entré antes de empezar a andar y que, cuando salí de allí, ya corría un montón. Después estuve un tiempo en otro sitio, con distintos compañeros. Aquí las cosas funcionaban de otra manera, supongo que porque ya éramos más mayores.

El caso es que, desde que empecé el curso este año, hay una cosa que me gusta mucho hacer. Nuestra profesora nos manda algunas veces deberes para hacer en casa. De todos ellos, hay uno en particular que me encanta. Nos pide que hagamos dibujos. Cada día de una cosa distinta.

El último que he hecho ha sido de mi familia. Pero no de los que vivimos en casa, mamá, papá y mi hermana. También del resto de la familia. “De la más cercana”, nos dijo la profesora. Se lo pregunté a mamá cuando vino a recogerme al salir de clase y en seguida me dijo que no me preocupara. Que sería muy sencillo para mí.

Empecé a dibujar con mamá delante, colocando cada parte de los familiares por su lado. En principio había pensado que debía poner a todos mis primos junto a mí, ya que son con quienes suelo jugar cada vez que nos vemos. Pero mamá me recomendó que lo mejor que podría hacer sería colocarlos uno a uno junto a sus papás y a cada uno de los papás por debajo de mis abuelos.

Después de escuchar esto me puse a pintar. Creo que acabé usando casi todos los colores que había en mi estuche. Intenté hacer lo más parecido posible a cada uno de la familia, aunque estoy convencido de que se me olvidaría algún detalle. Incluso puede que me equivocara y no se parecieran algún dibujo y su personaje en la realidad.

Lo más curioso de todo es que, una semana después de hacerlo, se celebró en mi casa el tercer cumpleaños de mi hermana. Todos los que salimos en el dibujo comentado comimos en la terraza a la vez. Bueno, todos comimos pero sólo los primos mayores y los dos pequeñajos jugamos. Como siempre. Entre nosotros. Sin hacer apenas caso a los papás. No por nada más que por lo que una ocasión como aquella significaba para nosotros. Eso sí, tampoco jugamos todos juntos. Yo me pasé prácticamente todo el rato con los dos mayores.

Mi prima y mi primo mayor no son primos entre sí, pero se entienden de sobra. Los dos son mucho más grandes que yo, físicamente hablando. Por eso siempre intento sacar algún juego concreto que no tenga nada que ver con el tamaño ni la fuerza y en el que si se practique la inteligencia. Cada uno a su nivel, pero todos en el mismo círculo.

Sin embargo con los enanos la cosa es diferente. No estoy habitualmente con ellos. Más que nada porque con mi hermana juego mucho casi todos los días, pero sobre todo porque sus juegos son diferentes. Siempre me ha hecho gracia ver cómo se imitan los dos, repitiendo cada uno al momento lo que ve hacer al otro. Tan pronto lloran cuando se hacen pupa en mitad de sus correrías como se parten de risa el uno con el otro ante los juegos más simplones.

Lo mejor de todo es que, según dicen mis papás, al parecer cuando el primo mayor y yo teníamos su edad estábamos todo el día igual, líados con las cosas más triviales. Lo que es la casualidad.

Como anécdota graciosa, confieso que aquel día de cumpleaños me acosté por la noche agotado, pero con una nueva expresión aprendida. Sabía ya de sobra lo que eran los árboles pero no había escuchado nunca la palabra genealógico. Oí esa expresión varias veces durante la jornada a casi todos los mayores. No comprendí por entonces, pero me gustó ver sus gestos cariñosos.

Papá me explicó su significado en la cama, justo antes de darme su beso de buenas noches. En ese mismo instante supe porqué mamá me había recomendado la ubicación concreta de cada uno de mis primos en el dibujo que hice para el colegio.

P.D.: Muchas gracias por tu permiso.

¿Reluce todo el oro?

Tal vez sea el momento de proponérselo, piensa Nuria. Los dos se encuentran más cerca de los treinta y cinco que de los treinta. Llevan casi cuatro años juntos. Ambos tienen una situación económica y profesional muy dichosa. Apenas quedan cosas nuevas por hacer. Apenas hay excusas que poner para no acceder al siguiente estadio.

Para dar pomposidad al asunto, Nuria decide reservar una mesa en el restaurante preferido de los dos. El ambiente es cálido, romántico, poco menos que solemne para las ocasiones más especiales.

En el instante en que entran en la sala, ella considera que tal vez lo mejor sería romper los preámbulos habituales e ir al grano. Para ello, nada más sentarse, comienza a respirar dentro de la mayor calma posible, con firmeza y total decisión.

Les entregan de inmediato esa carta que conocen de pe a pa. Para complementar a la brandada de bacalao inicial, ella encarga el sencillo steak tartar de atún y Rafa su clásico churrasco a la pimienta. Después charlan brevemente sobre el vino con el maître, lo que implica finalmente la aparición de un crianza de Vega Sicilia, desconocido para ellos hasta entonces.

Como es habitual, el vino es servido poco después. Rafa dispensa el tradicional momento de degustación, confiando en su reputada fama. Justo después del brindis rutinario, Nuria se arma de valor y empieza a hablar de aquello que lleva semanas merodeando por su cabeza.

-Rafa, quiero hablarte de algo. Algo que llevo cierto tiempo sopesando y que prefiero no callar más.

-Tú dirás –contesta él, con cara colindante entre el morbo y el misterio.

-Quiero ser madre. Quiero que tengamos un hijo y me gustaría que nos pusiéramos a buscarlo en breve –suelta Nuria, liberándose del nerviosismo distintivo que se había apoderado de ella varios minutos atrás.

-Y yo también lo quiero –responde Rafa, encantado de la vida.

No era la primera vez que hablaban de la paternidad, debido sobre todo a las experiencias que habían vivido recientemente sus familiares y amigos. Sin embargo nunca antes se lo habían propuesto. Ni tan siquiera en broma.

-Pero hay algo que quiero pedirte. Y de verdad espero que me entiendas –dice Nuria, retomando la conversación.

-Lo que tú quieras –confirma él, dominado por el curioseo.

-Nos conocemos desde hace tiempo. Llevamos una buena relación. Mejor dicho, muy buena. Sana, equilibrada, cariñosa,… Estoy muy contenta contigo. No tengo queja alguna de ti.

-Menos mal –reconoce Rafa-. Aunque no te entiendo del todo.

-Quiero… Bueno, más bien necesito saber con certeza que tu salud sexual es tan fuerte como lo es en el resto de temas. Tan sana como la mía –afirma ella, de forma concluyente.

Sin formular explícitamente ninguna pregunta, Nuria percibe un gesto desconocido en Rafa, a caballo entre la incredulidad y la mofa. Con motivo de su proposición, los dos pasan de estar a gusto en un agradable entorno a verse inmersos en el más sepulcral de sus silencios vividos hasta la fecha.

Pero ella siente que no ha errado con su postulado. Sobre todo porque acaba de saber que su mejor amiga padece un desagradable herpes genital, con las consiguientes secuelas físicas y emocionales. Nuria nunca se había notado nada, pero después de recibir la noticia el mes pasado se había obsesionado al respecto, llegando incluso a sentir extrañas sensaciones. De esta forma no se le ocurrió nada mejor que someterse a diversas pruebas de manera inmediata, pagando por lo privado. Por suerte, le habían dado el deseado negativo en su informe.

Por el contrario, de Rafa sabía bien poco al respecto. Al principio de su relación él le confesó que se había acostado con varias mujeres con anterioridad, sin aportar mayor detalle al respecto. Ella optó desde el minuto cero por llevar la omisión siempre consigo y se olvidó del asunto, sin novedad en el frente hasta el triste día en que su querida amiga le contó lo que estaba soportando. Como producto de un fastidioso azar, este suceso no había elegido un momento peor para ella que la firme determinación que ya había adoptado en relación a su deseado primer embarazo y la maternidad que ello conllevaría.

El hecho de formular en esta historia las preguntas usuales de mis artículos pasa por un camino muy próximo a la indiscreción y a la malicia más común. Pero como siempre ha sido costumbre para mi, este criterio no se alimenta en absoluto de ninguna de ellas. Por un lado me parece más que interesante valorar la forma en que Nuria acomete semejante propuesta, segura y arriesgada a partes iguales, por supuesto en distintos ámbitos. Pero sobre todo se me antoja determinante la forma oscura e intrincada de afrontar una situación como esa por parte de Rafa, buena persona en general y aparentemente sin mácula en su relación con el sexo opuesto.

Magnetismo de hierro. Realidad con doble erre

imanes de nevera

¿Y tú pensabas que el cambio de la nevera tan solo supondría tener que limpiar alguna que otra tonelada de polvo? ¿Por qué dices eso? Es complejo, pero a la vez muy sencillo.

Por suerte, la renovación de electrodomésticos no es una compra cotidiana a nivel doméstico. Una vez extraídos todos los alimentos, justo al mover el frigorífico con objeto de  limpiar el espacio que ocupa, te percatas de algo novedoso. Crees, o más bien parece, que ya se encuentra totalmente vacío pero de momento sigue conteniendo algo concreto. Y no son unos bienes de cualquier clase. A pesar de que siempre han vivido en la nevera, no forman parte de la comida. Pero sí de tu vida. Aunque a distinto nivel, también contienen alimentación. Solo que esos víveres se mueven en el ámbito emocional.

Se trata de tus imanes.

Una gran mayoría de ellos se debe en buena parte a los viajes que has hecho en los últimos años. Grandes ciudades modernas o pequeños pueblos pintorescos. Preciosos paisajes o imágenes de lo más casposo. Tanto da.

El caso es que, en medio del cuidadoso proceso que acometes después de decidir despegarlos de la puerta, se te empiezan a presentar pequeños retazos de cada lugar a modo de rápido recordatorio. Unos son buenos y otros malos. Unos excelentes y otros pésimos. Pero lo que más te llama la atención es el hecho de que vivan algunos de ellos en tu cocina, en particular los malos, cuando en realidad sus experiencias vacacionales no te parecieron recomendables o directamente porque guardas malos recuerdos por alguna que otra cuestión.

Siguiendo con esta tónica comienzas a plantearte preguntas extrañas, poco menos que estrafalarias.

Además de los lugares turísticos, tienes otros imanes que anuncian, exponen, recuerdan o recomiendan consejos, advertencias, sugerencias u otras controversias. Éstos, ya sean mejores o peores, te gustan más. Mucho más. Ya tengan sentido positivo o negativo, se asemejan bastante más a la vida real que a la más bonita de las playas o al alojamiento más fastuoso disfrutado durante años. Simplemente no hay comparación entre los imanes de un tipo y los del otro, con independencia de que formen parte de cuestiones un tanto frívolas o de situaciones poco menos que determinantes.

Como fase siguiente, dentro de la extravagante visión que se ha apoderado de ti, comienzas a hacerte algunas preguntas correspondientes. ¿Pondrías, si lo hubiera, un imán con un coche en pleno examen de conducir mientras comete alguna torpeza proverbial? ¿O tal vez colocarías una imagen de un plató de televisión al terminar la grabación, con algo de pena y apenas sin gloria?

Aunque dicho esto, también parece claro que otro imán debería tener un aire al bebé recién nacido, en brazos de su madre. Tal vez otro pudiera portar la foto de una cabeza, mientras sostiene la deseada orla. O incluso una con relación detallada del excelso menú elegido para un evento especial, diferente a los de un día cualquiera.

Puede que unos te alegren y otros te entristezcan. Incluso algunos podrían sonrojarte de vergüenza y otros hacerte llorar debido a la más sincera emoción. Pero en todo caso pasarías a tener otro tipo de imagen, como si fuera un antídoto contra la marcada tendencia que tienes encaminada a mostrar o hacer ver tan solo aquello que aparentemente te salió a pedir de boca.

P.D.: Esto no es meramente algo personal. Hay cosas que tienen que ver conmigo y otras que apenas se parecen a mí. Tan solo se trata de un intento de realizar un ejercicio interesante, emocionante, excepcional a mi juicio. Concretamente hablo de utilizar la segunda persona de singular a la hora de narrar. Pero tranquilos, no os emocionéis conmigo. No soy tan original. No me queda más remedio que confesar que esta rareza que practico ocasionalmente no ha salido de mi cabecita. La he heredado de Paul Auster. Además de sus maravillosas novelas (El libro de las ilusiones, Brooklyn Follies y otras tantas) hace poco leí Diario de invierno, magnífico libro autobiográfico de este extraordinario novelista neoyorquino donde practica de forma ejemplar el uso de ese estilo.

Las otras funciones implícitas

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Juana Naranjo, pase a la sala dos. Nada más escuchar esta indicación por megafonía, Juana se dirige con paso vacilante hacia la puerta de entrada.

Por si fuera poco, su titubeo crece nada más ver a la candidata previa. Frente a su peculiar aspecto físico, caracterizado básicamente por una baja estatura y una oronda silueta, alguien se acerca hacia ella. Y no es precisamente una mujer de su mismo nivel. Se trata de una dama poco menos que escultural. Con paso firme, equilibrado. Aparentemente se siente muy segura de sí misma.

Respira hondo antes de responder, piensa Juana, justo antes de acceder a la sala.

Una vez dentro, toma asiento en la silla que se encuentra a poco más de dos metros de la mesa ocupada por tres entrevistadores. En el centro, la única mujer. Sin destacar ninguna cuestión relativa a su indumentaria, Juana sospecha que debe haber superado los cuarenta con creces. Tal vez se deba a su vestimenta, demasiado sobria a su juicio. A su derecha, un caballero de aspecto serio, al borde de la plenitud física y laboral. Como contraste, al otro extremo se ubica un joven de unos treinta años. Como resultado de su gesto y su indumentaria, Juana pronostica a vuela pluma que un sujeto como tal seguramente se hallará absolutamente encantado de conocerse.

Después del saludo protocolario, los primeros minutos son objeto de la presentación de la compañía en general y de la exposición concreta de lo que se espera de la persona que finalmente obtenga la plaza vacante.

Justo antes de concluir la entrevistadora de forma solemne su charla inicial, sus compañeros de área comienzan a alejarse de la realidad, desviándose del objeto fundamental de aquel proceso de selección.

-Joven de vida disoluta: “¡Vaya por Dios! Después del bombón de antes ahora tengo que disimular con ésta tía, haciendo como si de verdad me interesara para este puesto. ¡Joder que mierda!”

-Maduro formal: ”Por muy profesional que sea y bien que encaje para el puesto, con ésta mujer ni de coña podría ir yo a las reuniones habituales con mis clientes grandes. Los más cabronazos son capaces de reírse de mí delante de su cara.”

-Conductora de la entrevista: “A ver qué impresión les da. Por lo que he visto, currículum aparentemente le sobra. Pero le haría falta moverse con suficiente soltura ante elementos como estos dos que están entrevistando conmigo o como gentuza de la especie de nuestros clientes.”

-Juana, a continuación haznos un breve resumen de tu formación y experiencia profesional previa –solicita conductora de la entrevista-. No más de cinco minutos, por favor. Después te haremos diferentes preguntas los tres.

-Joven de vida disoluta: “No creo que sea capaz de prestarle una pizca de mi atención… ¡Me resultaría una tortura tener que andar con una tía así visitando a mis clientes!”

-Maduro formal: “Le concederé el beneficio de la duda. Pero más que nada porque está igual de gorda que mi hijita pequeña.”

-Conductora de la entrevista: “A juzgar por su experiencia y sus cartas de recomendación, debería ser la candidata más idónea. Vamos a ver cómo se desenvuelve.”

Juana pasa en ese momento a exponer de forma imposible de objetar su contrastada pericia profesional, así como sus innegables méritos personales y académicos.

-Juana, ¿qué crees que serías capaz de aportarle a esta compañía? ¿Cuáles son los puntos fundamentales de tu valor añadido como profesional de este sector? –pregunta conductora de la entrevista, al tiempo que piensa “Espero que digas algo acorde con el sentido común y con lo que se necesita para este puesto. Más que nada para que a estos dos no les quede otro remedio que considerarte en serio como una buena opción.”

-Joven de vida disoluta: “Voy a tener que examinar su solicitud. En otro caso, quien sabe… Quizá hasta podría escaparse una mente privilegiada para este negocio.”

-Maduro formal: “La verdad es que no me está dando, ni mucho menos, mala impresión en lo profesional. Aunque el tema físico es otra cuestión. Sobre todo cuando quien en realidad tomará la decisión será el puto niñato éste. Es lo que tiene depender del hijo del dueño. Aunque cumpla la mitad de mis años y no tenga ni puta idea de casi nada…”

La conversación toma diversas direcciones, todas ellas rodeando las principales vías de acceso de la demandante al cargo objeto de selección.

La escena ha concluido. Ahora comienza la reflexión.

Creo honestamente que las preguntas en un ámbito como este son de carácter concluyente. ¿Has participado alguna vez en un proceso de selección que a todas luces careciera de la objetividad mínima requerida? ¿O por contra lo has hecho siendo el sujeto preponderante del mismo, mediante un amaño previamente acordado? ¿Has notado que te prestaran más atención de la debida o que alguien te hiciera ojitos durante todas las fases? O directamente, ¿has recibido en alguna ocasión una oferta específica, muy al margen de tus aptitudes o del negocio desarrollado por la firma?

Historia de delfines y algún que otro escualo

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Tan solo he visitado el zoológico en dos ocasiones. Confieso que esa nunca ha sido una de mis mayores aficiones. La última tuvo lugar hace más de quince años. Llevaba aproximadamente un año saliendo con la que a día de hoy es mi mujer y, siendo sincero, cuando me lo propuso me extrañó un poco. No es que no me apeteciese pasar un día viendo diferentes tipos de seres vivos. Simplemente era una forma de ocio diferente a la que había conocido hasta esa fecha. Ni tan siquiera me lo había planteado.

Dicho esto, debo dejar claro que aquella del año noventa y nueve no fue mi primera excursión al lado de toda clase de animales. Como recuerdo nostálgico me viene a la cabeza lo más especial que tuvo esa vez anterior. No es que no fuera con mi novia, sino que ni tan siquiera fui con mi madre. Y tal vez te plantees por qué digo esto. Pues por un motivo tan sencillo como que mi edad debía rondar los seis años aproximadamente. Acudí junto a mis compañeros de clase, obedeciendo educadamente cada orden de la “seño”.

Recuerdo que de pequeño me asombró la forma en la que vi cómo se movían los protagonistas acuáticos, ya fueran minúsculos o gigantes. Sin embargo, no comprendí muy bien porqué se encontraban unos separados de otros, más aun cuando algunos se parecían en lo referente al tamaño. Evidentemente los niños de mi edad no entendíamos por entonces algo así.

El caso es que, ahora que nuestro hijo se aproxima a los tres años, mi mujer y yo hemos acordado pasar próximamente un día allí los tres con el fin de que él conozca algo diferente. Al ser todavía tan crío, me apuesto con certeza que aún no seremos acosados con múltiples preguntas que no sepamos responder.

Con todo, lo cierto es que antes de volver a visitarlo ya me están surgiendo las cuestiones que previsiblemente generará mi hijo con sus futuras preguntas dentro de varios años, cuando volvamos a pasar otra jornada allí. Por ejemplo él podría decir, “¿por qué los tiburones están solos allí?”. A lo cual evidentemente de primeras le respondería “para que no se coman a las otras especies”, con una marcada tendencia a la simplicidad, intentando salir del paso.

Y ahora por supuesto llega la pregunta enrevesada de rigor. Seguramente diréis que cual es el parecido que puede haber entre anécdotas como esas y alguna faceta relevante de nuestra vida cotidiana. ¿Quizá deberíamos ir dándole pequeñas pinceladas de la realidad a nuestros hijos? Del modo más sencillo posible así intentaríamos que se familiarizaran con historias que probablemente se encontrarán en su vida a partir de la adolescencia. Formulo esta hipótesis porque con mucha seguridad ellos alguna vez se verán envueltos en situaciones de notable complejidad por mor de la extrema bondad o la maldad suprema que gobierna a muchas personas. En nuestra vida real, al margen de lo que podemos ver en un zoológico, estamos hartos de comprobar cómo se desenvuelven los tiburones humanos, de la peor de las calañas, y a la vez como tratan de subsistir a sus dificultades los delfines más altruistas. Supongo que de inmediato entenderéis el símil del ámbito animal que acabo de plantearos con lo que vivimos habitualmente.

P.D.: Aunque más de uno penséis que se trata de un error, este blog no lo he metido en la categoría “familia” adrede. Principalmente porque, a pesar de que solemos vivir acompañados de gente buena que nos quiere y aconseja desinteresadamente, todos nos hemos encontrado y volveremos a encontrarnos más de una vez con coyunturas como esa, inciertas y con muchas aristas embarulladas.

Encuentros en la tercera fase

Blog 4_El golpe

Parece un milagro. No sabes si será el premio más grande que haya dado en toda su historia ese juego oficial de azar, pero en todo caso no crees que se encuentre muy lejos.

De primeras pasas a comprobar que lo que has visto es cierto. Una y otra vez. Hasta aproximadamente una docena de consultas y constataciones, momento en el que decides abandonar dicha revisión. No te hace falta contarlas, pero notas claramente que tu número de pulsaciones por minuto es alto. En realidad muy alto.

Intentas relajarte antes de pensar que hacer a continuación. Alargas tu respiración, te sientas de manera más confortable. Al instante comienzan a manifestarse como por ensalmo multitud de sensaciones contrapuestas: felicidad, nerviosismo, descanso, inquietud. Esas y muchas otras más. Todas ellas juntas forman una mezcla impresionante, muy difícil de explicar sólo con palabras.

Fin de la primera fase.

El siguiente paso aparentemente es sencillo pero sientes pereza sólo de pensarlo. Después de llevar a cabo todos los trámites oportunos por fin lo ves en versión real. Tu situación económica previa era más que simple: nómina, hipoteca, plan de pensiones y poco más.

Justo al día siguiente de ver ingresada esa escandalosa cantidad en tu cuenta te suena el móvil. El número es desconocido, como no podía ser de otra manera. Con gran cautela has sido capaz de guardarte la noticia, incluso en tu círculo más cercano. Finalmente decides atender esa llamada. Su saludo protocolario y posterior presentación se llevan a cabo de la manera más diligente y educada posible. De primeras te quedas sólo con lo primordial. Por ello, al haber mencionado que pertenece a tu banco de toda la vida, muestras una relativa calma mientras escuchas el resto de la información puesta de manifiesto.

Lo que te queda suficientemente claro es que no están llamando desde tu oficina de siempre. Aquella que parece un comercio del mercado de toda la vida más que un local del sector bancario. Después de cinco minutos de explicaciones genéricas, te sugiere de forma cortés pero decidida tu presencia en el edificio de Madrid donde se ubica el área de inversión de grandes fortunas. Era algo fácil de prever. De primeras te importa bastante poco. De hecho hasta te produce algo de asco que te traten de aquella manera. Pero comprendes de inmediato que para aquel hombre te encuentras a medias entre el cumplimiento de su trabajo y consecución de sus objetivos y una especie de obsequiosidad poco menos que servil.

Pese a todo, finalmente accedes a reunirte.

Tercera fase.

Varios días después tiene lugar la reunión. Pese a haberte citado en la dirección exacta del edificio de banca privada, te sorprende un tanto lo que tiene lugar a continuación. Aunque has accedido a su oficina, algo te hace sospechar que hay alguna sorpresa esperándote. Para empezar te extrañó bastante que se te convocara a una hora que bordeaba peligrosamente la cita diaria con el almuerzo general.

Después de llevar cinco minutos sentado en una sala de espera casi ostentosa, un caballero entra y pregunta por ti. En seguida reconoces su voz. Emilio es el señor con quien hablaste desde tu casa. En contra de lo que pareció por teléfono, le echas tu edad. Aunque sigue hablando de manera excesivamente formal, le concedes el comodín de la adaptación al medio. Te informa de que su jefe, el responsable de tu gestión patrimonial, se encuentra a punto de concluir la reunión que está teniendo lugar allí mismo desde hace más de dos horas.

Tras dos minutos de charla aparentemente insustancial, por fin accede aquel jefe dentro de la sala de espera. Bien vestido y con muy buenos modales, ataviado de una sonrisa un tanto profident, a primera vista crees que se encuentra más cerca de los setenta que de los sesenta años. Pero a tu juicio eso no es lo más llamativo. En seguida te sorprende otra coyuntura. Tan cerca como estáis de las dos de la tarde, en parte entiendes que aquel abuelo te proponga decididamente que sería mejor si la reunión tuviera lugar en un restaurante. Ante la indiferencia que muestras, saca al momento su móvil y marca un número.

-Carlos, muy buenas. Soy Wenceslao. ¿Tenéis hueco para comer hoy?… Somos tres… Si, estupendo… Ya sabes cuál es mi preferida… Gracias… Hasta ahora.

Poco después salís los tres de la oficina del banco. Pero no por la puerta de la calle. Bajáis al sótano y montáis en el coche del mayor de los dos empleados. Pero no es un utilitario precisamente. No lo has visto en tu vida, por lo que no puedes ponerle nombre a la marca ni al modelo. Por sana educación accedes a una de las plazas traseras.

Dejáis el parking y, mientras observas la conducción en modo autosuficiente de Wenceslao, te sorprende lo cerca que se encuentra el restaurante donde te llevan a comer. Digamos que no es un establecimiento muy visible, de esos que se perciben desde la otra acera por cualquier transeúnte. Entráis con el coche en lo que parece ser el propio garaje del edificio. Una vez en esa planta subterránea, te sorprende que no sea él quien lo aparque. Nada más acceder, salís los tres del coche y un empleado os saluda educadamente mientras ocupa el asiento de conductor, procediendo a una meticulosa ubicación del vehículo.

Una vez dentro del restaurante, vuelve a darse otra escena extraña. Más aún si cabe. Lejos de esperar en la entrada a ser atendido, Wenceslao atraviesa la sala. Emilio le sigue sin dudarlo y tú te mueves tras ellos con ciertas dudas. Más que inquietud, es la curiosidad quien te gobierna.

La cuarta fase comienza justo después de la clásica cata de vino. Un reserva de Matarromera. El mayor de los dos degusta un sorbo y da su beneplácito al sumiller. Justo a partir de ahí se suspende la cortesía y comienza el motivo real de un suceso tan particular. Wenceslao comienza a hacerte propuestas de índole financiera de lo más sugerentes. Se manifiesta de primeras como la persona más indicada para ocuparse personalmente de la inversión de tu fortuna, junto a su joven compañero de confianza. Aunque justo después de hacer explícito su interés, pasa a plantear por primera vez un pequeño pero importante matiz. Insinúa, sugiere, quiere algo así pero con una sutil diferencia. No lo llevarían ellos trabajando para el principal banco nacional en el que operan. En este caso su asesoría circularía por otros derroteros, más libre. Trabajarían mejor como socios de una pequeña sociedad limitada en lugar de como empleados de una gigantesca corporación.

Para tu mayor tranquilidad, Wenceslao te informa de que no serías el primero en encontrarse en esas circunstancias con ellos. De hecho, se compromete a facilitarte detalles concretos de otros multimillonarios clientes suyos. Incluso a poneros en contacto, si así lo permitieran.

Salvo algún pequeño detalle aclarado por Emilio, la voz cantante habla y no para de hablar alabando sus múltiples destrezas y habilidades en su sector. Al terminar la sobremesa, además de hacerse cargo de la factura, Wenceslao se pone a tu entera disposición para cualquier duda entregándote su elegante tarjeta de presentación.

Comienza la quinta fase. Ahora viene el quid de la cuestión. ¿Te imaginas cual podría ser tu impresión o valoración ante una situación propia como esta? ¿Qué preguntas y dudas te surgirían? ¿Qué harías para investigar acerca de los dos? ¿Tendrías más propensión al riesgo o preferirías inclinarte hacia un posicionamiento muchísimo más precavido? ¿O directamente no lo contemplarías más que como el correspondiente apaño de un par de ladrones de guante blanco y pura cepa?

Ten en cuenta que, como la gran mayoría de la gente, siendo sincero has de reconocer que no sabes realmente a qué sectores estratégicos podrías dirigir semejante inversión con un alto nivel de rentabilidad y una cierta seguridad.