La despedida siguiente

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Pese a que recordaba lo que las dos tomaban habitualmente, el camarero les preguntó previamente cual sería su consumición.

Pues sí –comentó Carla-. El día que volvimos de vacaciones tuve que pasar por allí. Todavía no me han llamado. Espero que aparezcan mis maletas. Si no, perdería un montón de ropa y todas las compras que hice.

-¡Ojalá! Aunque si no te han llamado ya… –dijo Amanda.

Eso me temo. Los primeros días aguanté como pude, pero al final no me quedó más remedio que pasar por su casa a llevarme muchas de las cosas que me quedaban allí.

-Supongo que no le verías, ¿no?

-Eso creía yo. Pero al final apareció allí poco después.

-¿Y qué te dijo? -preguntó Amanda, intrigada.

-Nada. Tan pronto me vio se puso a llorar como una Magdalena. Apenas pudo hablar conmigo.

-Por tanto, imagino que no le contaste nada.

-Sólo me dijo que esa semana tendría turno variable, porque varios compañeros estaban de vacaciones.

-Entonces, ¿no has vuelto a saber nada de él?

-Pues… sí. Volví a pasar por su casa unos días después, a finales de esa semana. ¿Te acuerdas del cambio brusco de temperatura que hubo esos días, antes de que acabara el verano? –preguntó Carla.

Sí.

-Pues resulta que yo no tenía casi nada de manga larga. Tan solo un par de blusas. Ni una chaqueta de entretiempo, ni un jersey de lana.

-¿Eso quiere decir que ya no te queda nada allí?

El singular gesto mostrado por la cara de Amanda adulteraba la formulación de aquella pregunta, categórica a todas luces.

-Bueno… Este lunes pasé por allí de nuevo. Se me había roto el secador de pelo que me llevé semanas atrás. Por eso no me quedó más remedio que ir a recoger el que me quedaba en su casa. Aunque era antiguo, fue el que llevé allí cuando empecé a vivir con él.

-Dime que él no estaba –pinchó Amanda.

Sí que estaba, sí. Aunque ese día lloró mucho menos. Hablé un ratito con él.

-Supongo que ya no volverás a verle, ¿verdad?

-Pues no sé. Quizá tenga que ir este fin de semana por allí un momento. Pero tranquila, que tiene su explicación. Sólo será por el informe que debo entregar la semana que viene –aclaró Carla.

Carla, ¿para qué te has separado de él? O más bien, ¿por qué? Sabes de sobra que ese fichero te lo puedo pasar yo cuando me lo pidas.

-Ya lo sé, pero… ¡No quiero ponerte en ese compromiso! –contestó Carla, eximiéndose de toda culpa.

La incisiva mirada de Amanda propició que su amiga tratase por todos los medios de escurrir el bulto generado con su relato. Incapaz de cambiar de tema, Carla optó por echar tres terrones de azúcar dentro de la taza que contenía su clásico café manchado.

Hacía ya rato que Amanda había terminado su solo doble. Con sabor amargo, tal y como era su costumbre.

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Las otras funciones implícitas

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Juana Naranjo, pase a la sala dos. Nada más escuchar esta indicación por megafonía, Juana se dirige con paso vacilante hacia la puerta de entrada.

Por si fuera poco, su titubeo crece nada más ver a la candidata previa. Frente a su peculiar aspecto físico, caracterizado básicamente por una baja estatura y una oronda silueta, alguien se acerca hacia ella. Y no es precisamente una mujer de su mismo nivel. Se trata de una dama poco menos que escultural. Con paso firme, equilibrado. Aparentemente se siente muy segura de sí misma.

Respira hondo antes de responder, piensa Juana, justo antes de acceder a la sala.

Una vez dentro, toma asiento en la silla que se encuentra a poco más de dos metros de la mesa ocupada por tres entrevistadores. En el centro, la única mujer. Sin destacar ninguna cuestión relativa a su indumentaria, Juana sospecha que debe haber superado los cuarenta con creces. Tal vez se deba a su vestimenta, demasiado sobria a su juicio. A su derecha, un caballero de aspecto serio, al borde de la plenitud física y laboral. Como contraste, al otro extremo se ubica un joven de unos treinta años. Como resultado de su gesto y su indumentaria, Juana pronostica a vuela pluma que un sujeto como tal seguramente se hallará absolutamente encantado de conocerse.

Después del saludo protocolario, los primeros minutos son objeto de la presentación de la compañía en general y de la exposición concreta de lo que se espera de la persona que finalmente obtenga la plaza vacante.

Justo antes de concluir la entrevistadora de forma solemne su charla inicial, sus compañeros de área comienzan a alejarse de la realidad, desviándose del objeto fundamental de aquel proceso de selección.

-Joven de vida disoluta: “¡Vaya por Dios! Después del bombón de antes ahora tengo que disimular con ésta tía, haciendo como si de verdad me interesara para este puesto. ¡Joder que mierda!”

-Maduro formal: ”Por muy profesional que sea y bien que encaje para el puesto, con ésta mujer ni de coña podría ir yo a las reuniones habituales con mis clientes grandes. Los más cabronazos son capaces de reírse de mí delante de su cara.”

-Conductora de la entrevista: “A ver qué impresión les da. Por lo que he visto, currículum aparentemente le sobra. Pero le haría falta moverse con suficiente soltura ante elementos como estos dos que están entrevistando conmigo o como gentuza de la especie de nuestros clientes.”

-Juana, a continuación haznos un breve resumen de tu formación y experiencia profesional previa –solicita conductora de la entrevista-. No más de cinco minutos, por favor. Después te haremos diferentes preguntas los tres.

-Joven de vida disoluta: “No creo que sea capaz de prestarle una pizca de mi atención… ¡Me resultaría una tortura tener que andar con una tía así visitando a mis clientes!”

-Maduro formal: “Le concederé el beneficio de la duda. Pero más que nada porque está igual de gorda que mi hijita pequeña.”

-Conductora de la entrevista: “A juzgar por su experiencia y sus cartas de recomendación, debería ser la candidata más idónea. Vamos a ver cómo se desenvuelve.”

Juana pasa en ese momento a exponer de forma imposible de objetar su contrastada pericia profesional, así como sus innegables méritos personales y académicos.

-Juana, ¿qué crees que serías capaz de aportarle a esta compañía? ¿Cuáles son los puntos fundamentales de tu valor añadido como profesional de este sector? –pregunta conductora de la entrevista, al tiempo que piensa “Espero que digas algo acorde con el sentido común y con lo que se necesita para este puesto. Más que nada para que a estos dos no les quede otro remedio que considerarte en serio como una buena opción.”

-Joven de vida disoluta: “Voy a tener que examinar su solicitud. En otro caso, quien sabe… Quizá hasta podría escaparse una mente privilegiada para este negocio.”

-Maduro formal: “La verdad es que no me está dando, ni mucho menos, mala impresión en lo profesional. Aunque el tema físico es otra cuestión. Sobre todo cuando quien en realidad tomará la decisión será el puto niñato éste. Es lo que tiene depender del hijo del dueño. Aunque cumpla la mitad de mis años y no tenga ni puta idea de casi nada…”

La conversación toma diversas direcciones, todas ellas rodeando las principales vías de acceso de la demandante al cargo objeto de selección.

La escena ha concluido. Ahora comienza la reflexión.

Creo honestamente que las preguntas en un ámbito como este son de carácter concluyente. ¿Has participado alguna vez en un proceso de selección que a todas luces careciera de la objetividad mínima requerida? ¿O por contra lo has hecho siendo el sujeto preponderante del mismo, mediante un amaño previamente acordado? ¿Has notado que te prestaran más atención de la debida o que alguien te hiciera ojitos durante todas las fases? O directamente, ¿has recibido en alguna ocasión una oferta específica, muy al margen de tus aptitudes o del negocio desarrollado por la firma?

Antes de entrar, dejen salir

Blog 2_Vacaciones

Frecuentemente llamamos a nuestros días de múltiples maneras: día importante, día aburrido, día inolvidable o día cualquiera por poner varios ejemplos. Además de éstos y otros muchos significados que a buen seguro me habré dejado en el tintero, he pensado que merecería la pena dedicar este blog a un día muy especial del año. No es otro que el día D.

Después de leer esto, más de uno estaréis extrañados por utilizar este particular calificativo de extraordinaria importancia en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Pero no os preocupéis. Quedaos tranquilos. No tengo previsto tratar uno de los momentos históricos más peligrosos y arriesgados que tuvieron lugar en el mayor conflicto mundial sucedido hasta hoy, durante el desembarco de Normandía. Además, estoy convencido de que seguramente habréis oído a más de una persona utilizar esta expresión en relación a lo que os explicaré en breve.

Aunque, bien pensado, quizá debiéramos considerar que objetivamente cada año tienen lugar dos días D. Probablemente hasta ahora no hayáis hecho más que pensar que os estoy metiendo en un embrollo monumental pero de inmediato comprenderéis el porqué de todo esto.

El primer día D no es otro que el momento de comienzo de las vacaciones más largas que solemos disfrutar cada año, normalmente en los meses de verano. Y el segundo día D, por desgracia, también tiene bastante que ver con ellas, a pesar de tratarse del día más nefasto del año para casi todos nosotros.

Comenzando por lo bueno, se me ocurre plantearos varias cuestiones. Al comienzo, ¿qué sentís al salir del trabajo un día como tal? ¿Cómo soléis acostaros y dormir la noche previa? ¿Puede que no os cueste levantaros esa mañana nada más escuchar a vuestro querido despertador? ¿Sois plenamente capaces de desconectar del ámbito laboral desde el principio o sin embargo os cuesta mucho desenchufar los plomos de vuestro día a día? Bajo vuestro criterio, ¿qué parte sería en realidad lo mejor del primer día d, el último rato que pasamos trabajando o el primero que ya estamos de vacaciones?

Dicho todo esto, lamento de veras el tener que saltar las fechas de golpe pero me siento en la obligación moral de formularos las preguntas más puñeteras en relación a este tema. ¿A partir de qué día comenzáis generalmente a pensar con frecuencia en vuestra vuelta? ¿Desde la primera jornada, a mediados o en la recta final? ¿Os cambia el humor durante los últimos coletazos de vuestro periodo de descanso estival? ¿O tal vez aprovechéis las últimas horas para llevar a cabo las tareas más complejas del hogar, con el fin de evadiros de una de las tristezas más comunes?

Venga hombre, que no es para tanto. Si apenas quedan once meses hasta nuestro próximo día D.

P.D.: Eh, tú. Si, tú. Si de verdad no has recordado mientras leías lo anterior más que buenos momentos, negando que en tu profesión y en tu empresa padezcáis por decreto el habitual estrés postvacacional, por favor dime dónde puedo mandar mí currículum. Si fuera necesario, ¡hasta lo maquillaría un poquito!