Queridos blogueros, disculpen la molestia

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Desde que inicié este blog me surgió una duda que se repite con cierta asiduidad. Sigo a poco más de veinte blogueros que tratan temas variopintos, todos ellos lo suficientemente interesantes como para mantener mi atención de forma desinteresada.

Por decirlo finamente, os hago saber que la gran mayoría de ellos son seguidos, leídos, contestados, tuiteados y retuiteados por decenas, si no centenares de personas. Por desgracia no es mi caso. Con toda franqueza, creo que es mejor ser honesto en lugar de soltar la clásica fantasmada al uso.

Por este motivo se me ha ocurrido retomar mi blog con un artículo especial, diferente, que probablemente requerirá ser clasificado en una nueva categoría propia y específica, con la complejidad que ello conlleva. Se trata de plantear dudas, con la peculiaridad de hacerlo sobre todo a aquellas personas que publican, con mayor o menor éxito, sus propios artículos.

Partiendo de la nada, es decir, desde la habitual ausencia de comentario o contestación alguna, cualquier cosa que se exponga como impresión, explicación o elucubración no producirá más que un curioso bienestar.

¿Cual creéis que es la sensación generalizada que tienen quienes os siguen cada vez que publicáis, ya sean blogueros o simplemente lectores? ¿Pensáis que la gente opina lo que realmente piensa u omite o camufla por contra sus impresiones, con el fin de evitar vuestra decepción o fastidio? Hilando más fino, ¿sospecháis que en algún caso se os ha dado a conocer algún bloguero a quien realmente no le interesaba lo que publicabais, vuestros temas o forma de redactar, con el único fin de promocionarse a sí mismo ante el gremio?

Entre todos los blogueros a quienes sigo se encuentran personas, o mejor dicho, escritores de toda clase y condición. Los hay que parecen estar más cerca de los veinte que de los treinta años. Los hay que prefieren narrar con sincero interés el curso de sus acontecimientos cotidianos y también los hay que disfrutan deleitando y deleitándose con su poesía o con historias cuasifantásticas. Los hay que imparten lecciones sobre temas concretos, entre la simplicidad de lo complejo y la normalidad más majestuosa. Los hay que, al escribir sus relatos, plantean preguntas poco menos que existenciales que los demás probablemente no seríamos capaces de cuestionar. Los hay que te entretienen y te dejan más que atraído desde el planteamiento de meras anécdotas.

En todo caso, sea como fuere, no puedo o más bien no debo sino agradecer su dedicación a la escritura y nuestra lectura y reflexión posterior que generan.

P.D. 1: Retomar mi blog, después de un largo trimestre disfrazado en forma de “periodo de abstinencia” en la escritura, en realidad no es más que mi forma tradicional de acabar con las excusas para volver a escribir aquello que emprendí hace casi un lustro. Para quien quiera indagar sobre este asunto, le invito a leer de forma “desinteresada” el décimo artículo que publiqué, hace casi un año. Se trata de Laura no pierde el tren. Para más señas, es el único que pertenece, de momento, a la categoría Novela. Continuará…

P.D. 2: Para mí sorpresa, finalmente el nombre de la categoría ha sido bastante más simple de lo que presumí en principio.

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Casualidades desde otro siglo

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Aquella mañana Berta subió al tren más temprano de lo habitual. A diferencia de otros días, pudo elegir su ubicación saltándose el uso cotidiano, sin que ello tuviera mayor importancia para su trayecto. Decidió sin dudarlo uno de los pocos sitios que en buena lógica permitiría su primer ejercicio de relax del día.

Sacó el libro que estaba a punto de concluir y se sumergió dentro de él. Todo siguió así hasta la siguiente parada. Fue entonces cuando el asiento de al lado fue ocupado por otra persona. Nunca había temido a los hombres que se sentaban junto a ella en el tren, pero siempre se había sentido más a gusto con compañeras de su mismo sexo, por desconocidas que fueran.

La fémina venía con su móvil en la mano, comunicándose a través de whatsapp. No obstante, poco después de arrancar el tren, la mujer guardó el teléfono en el bolso, al tiempo que sacaba su libro. Tratando de esconder su indiscreción, Berta no pudo evitar el desvío de su mirada hacia la portada del mismo, justo antes de que comenzase a leerlo. De inmediato viajó casi veinte años atrás, acordándose de su inmersión en el mundo de la lectura y de como aquel Maleficio de Stephen King comenzaba con un número extraño que de ninguna manera versaba sobre el orden del primer capítulo ni de la página en la que se encontraba. Berta recordó que, pese al notable entretenimiento que ese libro le produjo, a su juicio no tuvo comparación con los excelentes La tienda o La mitad oscura del superventas estadounidense. A esa edad ya había comenzado a preguntarse cómo narices se podría dar un paso más, aumentando el interés, la intriga y el suspense al cierre de cada uno de los capítulos, una vez avanzada la trama.

Berta concluyó el libro y lo guardó en su bolso, aprovechando ese momento para extraer los auriculares de su móvil. Seleccionó su emisora preferida, justo cuando la presentadora del programa citó a un mítico Premio Nobel de Literatura, dado que ese día se cumplía el quinto aniversario de su fallecimiento. Justo cuando la locutora nombró a José Saramago, Berta sintió de nuevo una de sus pesadumbres periódicas, al recordar la especial relación que mantuvo durante varios meses con la maravillosa obra Ensayo sobre la ceguera. Maravillosa por poner en funcionamiento una historia compleja e inimaginable, pero extraordinaria para una reflexión a un alto nivel existencial. Maravillosa a pesar de no haberle prestado una dedicación mucho más notable. Pero sobre todo maravillosa por darle nombre a una soberbia creación literaria que, por desgracia, poco después acabaría aparcando sine die sin solución de continuidad. Berta evocó por un instante aquella aciaga temporada en el ámbito laboral y como ello supuso su desconexión práctica de múltiples placeres cotidianos, por muy simples que estos fueran, entre los que por supuesto se encontraba su afición a la lectura.

Su desconocida compañera de Maleficio comenzó a leer el segundo capítulo. Casualmente también contenía en su inicio otro número. Eso sí, inferior al primero.

El programa de radio continuó dando noticias varias, pero Berta escuchó con especial atención una más que interesante. La desconvocatoria de una huelga colectiva en el sector aeroportuario rememoró el retraso que vivió una vez, mientras esperaba a que tuviera lugar el embarque de un vuelo con motivo de su trabajo. Cansada por el madrugón, después de dos horas quieta de pie, Berta tuvo la suerte de ver como una mujer desocupaba el asiento más próximo a su posición. Una vez allí sentada se percató del libro que leía el hombre sentado a su lado, con gesto de sincero disfrute. Dada su postura, Berta simuló un movimiento que le permitió conocer el nombre del título y su autor. No le llamó la atención comprobar como El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, dejaba al descubierto la inclinación de aquel caballero por lo que, a su juicio, había sido la formidable narración del día a día, problemas comunes y conflictos de un joven, discapaz y superdotado a partes iguales, junto con los obstáculos de convivencia en la vida entre adultos.

Al terminar este flashback el tren se detuvo en otra estación. Como era costumbre, entró un puñado de gente. Pero hubo un hecho que no escapó de su atención. Una mujer de entre treinta y cuarenta años subió indudablemente compungida. Llevaba su bolso cruzado y un libro entre las manos. Pero no lo portaba de cualquier forma. Se colocó de pie, en frente suyo, a un metro escaso de distancia y abrió su ejemplar con fruición. Debía quedarle aproximadamente un cuarto del total para finalizar su lectura de una magnífica La importancia de las cosas, de Marta Rivera de la Cruz, cuando la recién llegada rompió a llorar. Lo hizo discretamente pero sin el menor intento de disimulo. A Berta le chocó poderosamente esa imagen. Se preguntó por un momento como semejante llanto parecía no ser objeto más que de un goce lector imposible de camuflar. Aunque en seguida, a modo de respuesta a sí misma se acordó de como, a esas alturas de la novela, se narraba el sencillo reconocimiento de Beatriz, la coprotagonista, en relación a su enamoramiento por el protagonista, Mario Menkell, persona tan taciturna como bondadosa.

Pero por desgracia Berta no tenía la clara certeza de esta posibilidad. Simplemente se vio a sí misma leyendo ese libro en el tren, varios meses atrás. En su caso fue un viernes por la tarde y el tren iba prácticamente vacío. Tanto fue así que Berta aquella vez no necesitó simular recato alguno.

La siguiente parada se encontraba ubicada en el acceso a un polígono industrial. Habitualmente se solían bajar en ella algunas personas, pero raro era el día que se subía alguien a esas horas. Como excepción, esa mañana accedieron al vagón un par de jóvenes, integrantes de la clase social especializada en no dejar indiferente al resto de los mortales. Pese a hallarse emplazados a dos metros el uno del otro, el más alto soltó de forma chistosa “El Juanjo, ¡a millas!”.

Berta giró su cabeza hacia el otro lado, evitando que su risa sobre el comentario de tal sujeto saliera a la luz. Pero como continuación del dicho jocoso un rápido vistazo enlazó de manera indirecta pero incontestable con lo que había pensado segundos atrás. A pocos metros a su izquierda se encontraba sentada una apuesta mujer que debía rondar los cuarenta y cinco años aproximadamente. Su porte hubiera llamado la atención para bien de no ser por que la pierna que mejor veía Berta portaba un vello que excedía con creces el estándar sobreentendido en la actualidad. Acto seguido, Berta pudo por fin comprobar que la otra extremidad de la señora se encontraba aparentemente en mejor estado de limpieza y conservación. Siguiendo con su peculiar analogía literaria, Berta dudó si la señora en cuestión habría leído la notable La soledad era esto de Juan José Millás. Le hubiese gustado saber si un lance repetitivo como la muerte esperada de un familiar cercano y longevo tendría también alguna relación con el anormal descuido que mostraba esa señora.

Sin llegar a sonrojarse, Berta recordó como ese libro de Juan José Millás, pese a haberle entretenido, tomó desde su comienzo sitio en su entorno sentimental por cuestiones distintas a lo meramente literario. Había sido su primera novela después de un largo trance personal de gran calado, de esos que nunca se podrían ignorar.

Por fin llegó el tren a la principal estación. El embarque y desembarque tuvieron lugar con la tradicional armonía desordenada. La lectora de Maleficio abandonó su asiento. Berta sonrió al pensar cómo la casualidad más natural había generado su remembranza lectora a lo largo de los últimos veinte años de su vida.

Pero no todo acabó ahí. Su asiento de al lado fue ocupado de inmediato, pero esta vez por un varón con media melena, al borde de la tercera edad. Hablaba por el móvil de forma estentórea, sin ambages. Aunque no fue esto lo que más le sorprendió a Berta. El caballero mencionado portaba sobre sus piernas una carpeta que contenía un buen taco de documentación. Hasta ahí todo normal pensó, pero lo que más le llamó la atención fue que el archivador estuviera forrado con un mapa político de la península. Comenzó a escuchar su conversación telefónica y al rato le sorprendió otra faceta de ese señor. Daba órdenes, entre la diligencia y el exceso de celo, pero sobre todo hablaba de su propio desempeño como si de una tercera persona no presente se tratara, repitiendo hasta la saciedad una expresión: el territorio. Era algo inaudito. Nunca antes había escuchado a nadie departiendo con otro sobre sí mismo de aquella manera, como si estuviese interpretando un papel en una obra o fuera objeto del endiosamiento más selecto.

A Berta no le había caído bien este individuo desde el principio, pero justo cuando acuñó su locución le vino a la cabeza su relación con el mundo de la lectura. Voy sentada a la vera del caballero del mapa y el territorio, se dijo Berta irónicamente, justo cuando se retrotrajo a la obra del mismo nombre escrita por Michel Houellebecq, que le había causado un notable desconcierto meses atrás, con motivo de una petulancia inédita hasta esa fecha.

Poco después, habiendo llegado a Sol, Berta se apeó del tren.

Pese a haber venido todo el camino sentada en el lugar más cómodo, había vivido un trayecto muy diferente al de costumbre. Divertido, emocionante, contradictorio por momentos. Sin comparación al resto.

¿Alguna vez te ha llamado la atención cualquiera de los libros leídos por gente que se encontrara cerca de ti en tu transporte diario? ¿O tal vez has visto, oído o vivido alguna experiencia que se asemejara con historias, principales o secundarias, de libros leídos por ti?