Radioterapia

Blog 16_Radioterapia

Siempre comenzaba después de la cena. Nunca imaginó que lo verdaderamente significativo de su vida tendría lugar en medio de la oscuridad. Aunque a diferencia de su época anterior, este si era un turno de trabajo.

Andrés inició ese recorrido varios años atrás. A regañadientes aceptó el horario nocturno, por necesidad, sobre todo con el fin de expiar un pasado que había sido lo suficientemente turbio como para huir de él.

Pese a la falta de luz, era muy diferente trabajar toda la noche conduciendo un taxi. Pasar horas y horas de jarana en jarana, escuchando música hardcore combinada con alcohol, drogas y trapicheo era duro pero no tenía comparación con casi nada.

Una vez sometido al enredo necesario para sacar beneficio de ese negocio, Andrés comenzó a claudicar ante el mal. Frente a sus buenas promesas de adolescente, entró en aquel ambiente al borde de los veinte, fundamentalmente debido a su pasión por el género musical citado. De primeras pudo compatibilizar sin grandes problemas su diversión con el trabajo de almacén que llevaba a cabo desde sus comienzos. Pero el curso de los acontecimientos manifestó de forma patente su incapacidad para seguir ese ritmo. Si quería ir a todos los conciertos posibles necesitaba dos cosas a partes iguales: dinero y energía adicional. Uno para costearse su entretenimiento, dadas sus modestas condiciones pecuniarias, y otro para mantenerse firme, luchando contra el lógico agotamiento físico.

Lejos de llegar a un acuerdo, la discrepancia entre el sentido común y la realidad de los hechos, propició una deserción rutinaria. Cuando no se inventaba una gastroenteritis o una fiebre en la consulta del médico alegaba el fallecimiento de alguien querido con motivo de su inmoderado absentismo laboral. Lógicamente al cabo de unos meses su circo se vino abajo como un castillo de naipes. Tras su enésima baja de fin de semana, un martes entró en la nave, listo para llevar a cabo sus quehaceres cotidianos. Aunque ese día no llegó ni tan siquiera a ponerse el uniforme. Nada más acceder a las instalaciones, Andrés fue llamado a capítulo por la dirección de su empresa. Cuando se disponía a aportar el justificante pertinente, el director giró su monitor, poniéndolo a su vista. Al instante comprendió a qué se debía aquella inesperada reunión. Alguien había grabado vídeos y tirado fotos con motivo de sus frecuentes cambalaches. Apartado de toda negociación, el jefe consiguió que Andrés firmara casi sin leer una carta de baja voluntaria, incluso dando el visto bueno a un finiquito que nunca llegaría a recibir en su totalidad, como represalia contra el engaño que había llevado a cabo.

Andrés abandonó las instalaciones con una sonrisa insolente, pensando a la postre que disponer de mayor tiempo libre le permitiría generar abundantes recursos económicos mediante sus chanchullos. De esta manera comenzó su particular bajada a los infiernos. Junto a Cristóbal, su mejor amigo desde la infancia, Andrés se sumergió automáticamente en la compraventa de estupefacientes. Cristóbal poseía una determinación extrema. Gracias a sus contactos, adquiridos a través del gimnasio, tomó las riendas inmediato. Como agente comercial que era, su capacidad de negociación a alto nivel estaba más que contrastada. Su hándicap se hallaba en el ámbito más terrenal: se sentía amedrentado en lo tocante al intercambio de dosis por dinero con los consumidores más destemplados. Por el contrario, Andrés se zambullía con total naturalidad en la venta en plena calle, por muy barriobajera que esta fuera. Como Cristóbal solía decir sin que Andrés le comprendiera, representaban la mejor de las sinergias posibles.

Cristóbal era tan inteligente y capaz que, a pesar de su querencia por la fiesta nocturna, también consiguió progresar dentro del mundo empresarial en un corto período. Sus capacidades negociadoras eran tales que, sin comerlo ni beberlo, de un mes para otro cambió de viajar a otras comunidades autónomas de forma esporádica a pasar semanas seguidas trabajando fuera de España.

Al comienzo de ese ascenso Andrés capeó el temporal como pudo. Las dos tareas unidas le exigían una dedicación, esfuerzo y constancia que excedía a su juicio el límite máximo recomendable en un negocio tan sucio como ilegal.

Pese a todo, Cristóbal no se desentendió por completo de su fuente adicional de ingresos. Pese a llevar varias semanas sin ejecutar el trabajo como anteriormente, seguía dando órdenes y consejos a Andrés con carácter regular. Sin lugar a dudas ello supuso que éste tomara una determinación tajante. No tenía miedo a ese mundillo. Hasta entonces no se había llevado susto de ninguna clase, pero sin duda prefería no tentar a la suerte. Las diferencias entre el puesto de gestor y administrador de Cristóbal y el subalterno suyo eran evidentes. Andrés no tenía especial interés en seguir progresando en los bajos fondos, no así como su compañero y amigo, quien periódicamente le informaba sobre el reparto previsto de las remesas provenientes de alijos dignos de consideración.

Dicho esto, dentro de su absoluta seguridad, Andrés puso fin a su experiencia en la delincuencia común. A través de su discreto email en borrador sin enviar, comunicó a Cristóbal su cese indefinido dentro de su actividad, al tiempo que reportaba la última liquidación de haberes del superior de aquel dúo. Excusando su súbita despedida, Andrés adujo circunstancias personales de gran calado, sin pormenorizar más.

Una semana después fue con su padre de compras. Aunque su último fin no era el adquirir nada en concreto. Tras la oportuna reflexión tomó la decisión de pedirle ayuda, con objeto de que su vida profesional girara ciento ochenta grados. Aunque siempre dispuso de aquel comodín, Andrés nunca había tenido en cuenta la posibilidad de pasar su jornada laboral conduciendo un taxi. Su padre, en calidad de competente administrativo de la principal asociación del gremio, no tendría reparo ni dificultad alguna en encontrar a un propietario que estuviese dispuesto a alquilar su vehículo a su hijo.

Dicho y hecho. Como condición le pusieron una regla innegociable. Su contrato nacería con horario nocturno sin cambio previsto. Al principio Andrés tuvo problemas para aclimatarse a su nueva realidad. Había pasado multitud de noches sin dormir, pero había sido en otras condiciones y por otras causas. Ahora tendría que trabajar a solas, manteniendo la precaución necesaria al volante.

Aunque no le apasionaba la idea de conducir sin luz natural, pronto comenzó a adaptarse. Como deferencia a sus clientes asumió la pauta de dejar de oír su hardcore preferido como había hecho hasta entonces. Afortunadamente apenas se acordó de ello. Andrés conoció y comenzó a disfrutar de una afición desconocida para él: escuchar la radio. Pero no se trataba de los clásicos programas de música oídos tantas y tantas veces. No era otra cosa sino las historias de personas que llamaban para narrar diferentes casos, desde unos muy insulsos hasta otros definitivamente apasionantes.

Años después de su comienzo, se produjo una anécdota más que curiosa. Andrés tenía por costumbre comenzar junto a una estación de autobuses cercana, aunque en muchas ocasiones llevaba a cabo los trabajos que le surgían a través del radiotaxi.

Aquella noche estaba siendo muy aburrida. No había arrancado el motor ni una sola vez en sus primeras horas, cuando cerca de las cinco de la mañana la comunicación habitual de su asociación le indicó la dirección a la que debía acudir para recoger a su próximo cliente. Se trataba de una recogida en la zona noble de Madrid. Hasta ahí todo era normal.

Andrés detuvo su taxi en la entrada al parking de la calle Lagasca. A continuación bajó un hombre vestido con traje y corbata. Su aspecto pulcro y aseado denotaba que aquella recogida se debía más a un madrugón que a una trasnochada. Portaba una maleta grande y un maletín de distintos materiales de calidad. Dejó su equipaje junto al maletero para que el taxista lo guardara. Fue en aquel momento, un segundo antes de que el pasajero se sentara en la parte de atrás del coche, cuando Andrés notó como el asombro se apoderaba de él. Su primer cliente no sería otro que su buen amigo Cristóbal.

Andrés cerró la puerta nervioso, sin saber que hacer ni que decir. Salió del apuro preguntando el destino sin girar la cabeza.

-¿Dónde le llevo?

-Al aeropuerto.

Durante los diez minutos que duró el trayecto no cruzaron ni una sola palabra. Pero esto no tranquilizó a Andrés. Estaba abocado a mostrarse de forma nítida ante Cristóbal, ya fuera cuando éste le pagara o cuando vaciase el maletero.

Una vez concluido el viaje, con una extraña mezcla de miedo y emotividad a partes iguales, por fin tuvo lugar el desenlace.

-Andrés… ¡No te había conocido! No esperaba… no sabía que trabajaras en un taxi.

-Hombre Cristóbal, ¡vaya sorpresa! -fingió Andrés.

-¿Qué tal te va? ¿Cómo te han ido estos años? Nos dejamos de ver, de un día para otro.

-Sí, la verdad es que sí. Lo siento. Es que…, es que no me quedó otro remedio que desaparecer por una temporada -expuso Andrés-. Tuve una enfermedad que me obligó a dejarlo todo.

-¡No jodas! -dijo Cristóbal, con gesto preocupado-. ¿Qué te ha pasado?

-Tuve un cáncer. Ya por fin lo he superado -dijo Andrés, sorprendido por su imaginación.

-¿Te operaron?

-No. Radioterapia. Sobreviví gracias a la radioterapia -mintió Andrés, conteniendo a duras penas la consiguiente carcajada.

-Ya lo decía yo. Tú eres un campeón.

Unos segundos después se despidieron mutuamente, entre una amalgama de lugares comunes, estupideces diversas y promesas imposibles de cumplir.

Una vez sentado en su asiento, Andrés arrancó el coche, mientras encendía la radio de nuevo. Su programa favorito estaba a punto de acabar. Un tipo con voz de yonqui se encontraba explicando como había sido su adicción a la droga y el posterior restablecimiento. Por un instante Andrés volvió atrás en el tiempo. Pese a que nunca había llegado a sentirse plenamente enganchado a nada, de inmediato reconoció que probablemente habría llegado a ello de no ser por el cambio radical que eligió. Su peculiar radioterapia nunca le salvaría de ninguna clase de cáncer, pero con toda certeza podía asegurar que, de no haber adquirido ese hábito, finalmente habría sucumbido ante las tentaciones de su depravado negocio nocturno.

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¿Con coma o sin ella? Todos los equipos derrotados

 

Lunes por la mañana. Se veían caras largas por doquier. La oficina mostraba una imagen casi sepulcral, simulando desde un tanatorio para quienes mejor lo habían pasado hasta un monasterio de clausura para los que directamente tuvieron alguna incidencia o altercado.

Pero para explicar todo esto conviene que retrocedamos en el tiempo al viernes anterior. O para ser más exactos, a un mes atrás.

Con motivo del excelente resultado económico que la empresa había obtenido por quinto año consecutivo, el gerente había planteado no sin ciertas dudas al dueño de la empresa la posibilidad de costear a todos sus empleados un fin de semana de ocio rural. Desde su perspectiva más objetiva, la actitud de los trabajadores, su asombro y desconcierto solaparon desde el comienzo las supuestas intenciones benévolas de los peces gordos de la compañía. No se entendía por que motivo habían planeado esta vez un gasto más que prescindible, con la intención de promover la mejor convivencia de todo el equipo.

Guardando el mayor secreto posible, los dos superiores hicieron llegar a sus empleados la convocatoria formal vía email. La gran mayoría de los súbditos confirmaron con desgana su asistencia a las jornadas de ocio y disfrute, según habían bautizado los jerarcas su plan. Tan solo hubo tres bajas de los treinta y dos que conformaban la empresa. Una de ellas fue a causa del parto próximo que tendría la recepcionista y otras dos con motivo de las diferencias irreconciliables que habían distanciado a los empleados más antiguos de la empresa con sus principales dirigentes.

De esta manera, sin haber recibido información o dato alguno más que la ropa que sería menester, por fin llegó el dichoso¹ viernes. La mayoría de los asistentes se quedaron sorprendidos al ver a seis personas portando cada uno su bandera y varias camisetas. Junto a los dos superiores, casualmente el resto de organizadores eran cuatro de los aduladores más casposos de la compañía, que llevaban la equipación de su color propio, distintos todos entre sí. Además de las bolsas de enseres, los seis manejaban un pequeño listado. Esas hojas no contenían otra información más que la relación de componentes de cada equipo.

A medida que fueron apareciendo los empleados, los grupos cobraron cuerpo de forma sucesiva. Pero sin duda todos los colores coincidieron apreciando una situación destacable: ninguno de ellos se había compuesto por personas que tuvieran una excelente relación entre sí. Más bien todo lo contrario. Se daba, en casi todos los casos, desde la concurrencia de compañeros que se manejaban con serias discrepancias en lo profesional hasta la animadversión más explícita.

Finalmente cada equipo se dirigió hacia los monovolúmenes alquilados, por supuesto cada uno del color del grupo ocupante. Los responsables conducirían hacia un lugar desconocido para los demás.

Se trató de un viaje más corto de lo previsto por la mayoría. Los seis coches llegaron prácticamente al mismo tiempo. Las casas rurales estaban ubicadas dentro de la misma parcela, muy próximas unas a otras. Todas compartían una estupenda zona común equipada con barbacoas, mesas de madera con asientos y columpios varios.

Los dos organizadores dieron una charla breve y superficial sobre el plan de actividades y sus horarios previstos. Para comenzar el fin de semana, esa tarde después de la comida y la siesta pertinente se podrían desplazar hacia las afueras del pueblo donde tendría lugar la clásica batalla de paintball entre grupos. Justo antes de comenzar este juego se efectuó el sorteo con un dado para determinar las eliminatorias que se disputarían previamente a la final entre los tres equipos ganadores. La mayoría de los asistentes se percataron de una circunstancia pormenorizada. Había el mismo número de colores que de grupos, pero cada uno de éstos sólo podría portar el suyo propio para luchar contra sus adversarios.

Una vez concluida esta competición, y siempre dentro del silencio más satírico, a nadie le extrañó que casi la totalidad de participantes hubiese recibido de manera fortuita una mayoría aplastante de bolazos de su propio color.

La jornada siguiente continuó con dos ejercicios matinales a elegir. Los organizadores habían reservado el número suficiente de quads y travesías por tirolinas para que cada uno eligiera a su antojo. Aunque tal y como estaba previsto, fueron pocos los varones que soltaron adrenalina cayendo por el aire y menos aún las damas que escogieron las motos de cuatro ruedas. Digamos que tan sólo fue una, pero no una cualquiera. En contra de lo habitual, a la joven referida le apasionaba la velocidad más que cualquier otra cosa y gozaba de una fuerte tendencia a la conducta vertiginosa al volante. Es muy probable que esta circunstancia potenciara el pique entre los dos compañeros más intrépidos, pero lo que quedó claro a todas luces fue que la monumental costalada contra un árbol que se dio uno de ellos fue lo que provocó que aquel hombre concluyera antes de tiempo el ocio rural en grupo. Una noche en urgencias y dos costillas rotas después, el desdichado compañero retornó a su ciudad en solitario, después de pedir por teléfono a su jefe que por favor hiciera acopio de las escasas pertenencias que había llevado a la casa rural. Un hecho serio como éste no fue óbice para que el protagonista lesionado se convirtiera en objeto de mofa de la mayoría, desde las simples chanzas hasta la socarronería más corrosiva.

Después del almuerzo y el correspondiente descanso, la tarde empezó sin plan establecido. Casi todos descansaron en sus habitaciones. O más bien trataron de descansar. Si no pudieron hacerlo como hubieran querido no fue por otra cosa que por el cúmulo de bromas y chascarrillos contados a voz en grito por media docena de compañeros, la mitad de cada sexo. La tarde pasó sin que hubiese ningún hecho o suceso digno de mención. Cuando terminó la cena, los integrantes de la mesa se reagruparon de nuevo en torno a sus personas de confianza, obviando por supuesto el trato con los componentes de su color una vez cumplidas las pruebas establecidas por los organizadores. Aunque ante los ojos de cualquier observador se daría a continuación un hecho que no pasó desapercibido para nadie. El frío y las ganas de fumar hicieron que el mencionado sexteto se dividiera en dos bandos, permaneciendo una fémina entre sus dos compañeros predilectos a la intemperie. El exceso de alcohol contribuyó acto seguido al traslado del trío hasta el columpio más cercano. Nada más sentarse ella, uno de los dos dijo como excusa que debía ir al baño a orinar, para lo que se dirigió hacia su casa, haciendo eses ostensiblemente. Pasados los cinco minutos de rigor, éste volvió a salir a la calle. Además de sus mejores amigos del trabajo, había en el porche más de diez fumadores empedernidos conversando sobre temas más absurdos que interesantes. Cuando por fin tuvo los arrestos necesarios, decidió acercarse hacia su amigo y su amiga con ganas de salir de dudas. Para bien o para mal sus suposiciones se confirmaron de inmediato. La pequeña multitud dentro de aquel trío estaba representada indudablemente por él. Y no fue esto objeto de ninguna sospecha ciega, sino producto de la rápida fuga que intentó aquella pareja, dirigiéndose cogidos de la mano hacia el calor interior de alguna de las casas. Cerca del grupo de fumadores, acompañados por el tercero en discordia, éste detuvo a la pareja con gesto grave y una vez comprobado que sus manos se hallaban separadas estampó un notable derechazo que tumbó a quien lo recibió, perdiendo el conocimiento al instante. A excepción de los dos jefes principales, todos los allí presentes se ocuparon del cuidado del compañero agredido hasta que unos minutos después por fin recobró el sentido.

No hubo acuerdo alguno entre todos los demás sobre cual había sido el disparate causante de aquella agresión. A unos les fastidió que ninguno de los dos capos de la empresa movieran un solo dedo después de aquella trifulca. Pero absolutamente todos se extrañaron del mamporro ocurrido entre los dos mejores amigos que había dentro de la compañía. Durante el resto de la jornada ya no se volverían a ver. Ni que decir tiene que no habían sido agrupados previamente dentro del mismo color.

La jornada del domingo comenzó más pronto de lo previsto. Pero no por las típicas actividades a realizar en grupo al aire libre sino por el prematuro abandono que protagonizaron diez personas. Sin dar más explicaciones a sus jefes, incluso sin pactarlo de forma manifiesta, el ruido de salida provocó un temprano despertar de casi todos los que iban a permanecer allí el último día.

Ante la insistencia de los más pelotas, el grupo discrepante se marchó de aquel lugar cuando llegaron los tres taxis solicitados previamente. El agresor físico, tremendamente avergonzado porque su gota colmara finalmente aquel vaso, también montó en uno de esos taxis.

Carente de interés, la mayoría de los que permanecieron allí declinaron participar en más ejercicios. Los jefes confirmaron la vuelta a casa justo después de la comida y su correspondiente entrega del premio al conjunto ganador del fin de semana.

Una vez terminada la comida, comenzó la esperada entrega de premios.

-Y el equipo que más puntos ha conseguido es… el mío, ¡el azul! -anunció con grandilocuencia el dueño de la empresa.

Al momento se acercaron las otras dos personas de ese grupo que habían permanecido allí. Ambos recogieron un sobre que contenía invitaciones para dos comensales a uno de los restaurantes más pintones de la ciudad.

Cuando los dos ganadores abrieron sus sobres, cada uno reaccionó de una forma. Ella mostró su júbilo ante un premio que, en condiciones normales, nunca se hubiera podido permitir. Sin embargo él sonrió de forma protocolaria. “Todos los equipos, derrotados”, pensó irónicamente mientras recibía besos y felicitaciones.

dichoso¹: Si, no se trata de un error. Tal vez recuerdes haber leído esta palabra al comienzo del artículo. Si hago mención ahora no es más que por dejar claro que soy consciente de la total diferencia entre sus distintas acepciones y que con esa ambigüedad hice uso de ella. Dejo por tanto su interpretación a gusto del lector.

Luces, cámara,… ¡a la -ción!

Blog 12_Películas de cine a la misma hora

Sí, lo habéis leído bien. Ya sé que el dicho clásico y facilón del cine es diferente, pero en todo caso creo que cuando hayáis leído este artículo comprenderéis lo que a buen seguro os habrá llamado la atención en el título.

Por razones que expondré al final voy a hablaros de cuatro películas. Todas vieron la luz en la década de los noventa. No se trata de un género romántico, ni de comedias sencillas precisamente. En las cuatro creo que la palabra principal de su género sería en todo caso la intriga, ya sea por vía dramática o mafiosa. Eso sí, cada una en su justo término. Se puede matar y, por tanto, aumentar la tensión desde un punto de vista de absoluta cotidianidad y simplicidad o bajo un nerviosismo poco menos que insoportable.

Los cuatro filmes son Tesis, Atrapado por su pasado, Uno de los nuestros y Cadena perpetua. En todo caso prefiero avisaros antes de comenzar. Si alguno de vosotros no hubiese visto cualquiera de estas películas y quisiera hacerlo, no me leáis. O mejor aún… leedme y tomaros después tantas copas como sean necesarias para que al día siguiente la resaca gobierne vuestra mejorable memoria reciente y no recordéis los detalles concretos más sustanciales que expondré a continuación.

Iniciación:

Tesis significa iniciación en varios ámbitos. Por un lado se trató del primer largometraje de un jovencísimo Alejandro Amenábar, con veinticinco años en su primer estreno cinematográfico. Además, el asunto principal de la película conlleva la indagación de una estudiante, en plena fase de investigación para su tesis doctoral, que desata accidentalmente su búsqueda de la verdad en un contexto sucio y macabro.

En Atrapado por su pasado, nos encontramos con un inicio tan soberbio que, sin ser un hecho cualquiera el que ocurre en ese instante, la película atrapa desde el primer momento con tanta intensidad que se te olvida lo que ya has visto. Un par de minutos después, comienza a contarse la historia de Carlito Brigante, desde su salida de la cárcel, tratando por todos los medios de mantenerse al margen de la mafia con la que ha convivido desde su juventud.

En Uno de los nuestros el comienzo muestra de forma inequívoca por donde se moverán los derroteros de la vida del protagonista. Henry Hill (en la película, ya de adulto, Ray Liotta) comenzará a desarrollar la obediencia debida al clan italiano con el que crecerá como persona y como criminal.

Por último, en Cadena perpetua, el inicio comienza por el final. Pero no es el final de la película, ni un final cualquiera, sino el final de su vida en libertad. Andy Dufresne (Tim Robbins) es condenado a cadena perpetua supuestamente por el asesinato de su esposa en su propia casa.

Duración:

Desde la más corta, Tesis, a la más larga, Uno de los nuestros, hay algo menos de media hora de diferencia.

En el caso del Amenábar más novel, desde el primer momento me sorprendió que su primera película superara con creces los cien minutos de rigor establecidos tácitamente en el cine de nuestro país. Dicho ésto, creo que su película en ningún momento se hace pesada en las dos hora y cinco minutos, generando y manteniendo la tensión desde bien pronto.

Las otras tres, pese al estar muy cerca de las dos horas y media, para mi gusto mantienen con creces el interés necesario para llegar al final del metraje con plena atención.

Narración:

La voz en off conduce de manera formidable las tres películas estadounidenses. Como particularidad sólo decir que en Cadena perpetua el conductor de la narración no es el personaje principal, como ocurre en las otras dos películas y en la mayoría de las que emplean la voz en off como herramienta conductora.

Por establecer una diferencia más entre las tres, yo diría que en Uno de los nuestros el tono primordial es el narrativo, mientras que las otras dos se mueven a medias entre la narración y la observación, teniendo esta última a mi juicio más peso en Cadena perpetua que en Atrapado por su pasado.

Sin embargo, en Tesis la historia de comienzo es bastante más concisa. Desde bien pronto comienzan a generarse de forma directa o indirecta las intrigas que gobernarán el resto de la película.

Acción:

En este caso creo que se da una superioridad incuestionable de Atrapado por su pasado y Uno de los nuestros. Esto no quiere decir que en las demás no haya ninguna acción. Simplemente las maniobras que encontramos en el guión generan una evolución diferente. Dicho esto, a su vez habría que reconocer que el misterio conducirá la historia en Tesis y que la dramática exposición de la realidad gestionará de forma sosegada durante la primera hora y media Cadena perpetua, hasta que tenga lugar el punto de inflexión en medio de una comida rutinaria dentro de la cárcel. Este hecho provocará un incremento instantáneo de la intensidad narrativa en la película de Frank Darabont.

Volviendo a las dos primeras que he citado en este apartado, yo establecería una diferencia esencial entre ambas. En Atrapado por su pasado el protagonista se ve inmerso en una maraña, mientras intenta redimir su oscuro pasado. Sin embargo, en Uno de los nuestros asombra sin duda la cotidiana gestión tanto del trapicheo de mercancías como directamente del asesinato, siendo ambos aspectos un elemento tan frecuente que hasta llegan a parecer mas de un perfil casi burocrático que criminal.

En Cadena perpetua hay poca acción, o la que hay no es especialmente inquietante, tal vez por el hecho de que está ocurriendo dentro de una prisión. Sin embargo en Tesis la acción encadena en multitud de escenas estresantes, teniendo para mi gusto como techo el apagón de la luz en el sótano de las cañerías (parecido a un túnel) donde se quedan a oscuras Ángela (Ana Torrent) y Chema (Fele Martínez). En los minutos finales de la película se da una extraordinaria situación. Cuando el asesino confeso de las snuff movies objeto de la trama reconoce los hechos, en el momento previo a la preparación de su próxima víctima y la correspondiente grabación, ella cita una frase corta, mitad serena y mitad trémula: “Me llamo Ángela. ¡Me van a matar!”

Convicción:

En Tesis la muerte en extrañas circunstancias de su coordinador de la tesis es lo que desencadena la determinación de Ana por saber si sus sospechas tienen fundamento.

En Atrapado por su pasado Carlito Brigante cree haber pagado por sus errores en su estancia en prisión y tiene la firme voluntad de obtener el dinero necesario para huir de un entorno sórdido como aquel.

En Uno de los nuestros, debido a la absoluta disparidad de criterios entre su padre y él, Henry Hill descree sobre la idoneidad de los consejos paternales en lo relativo a su trabajo y al grupo al que sirve, perdiendo finalmente todo interés hacia su progenitor en plena adolescencia.

Por último, en Cadena perpetua la completa seguridad de su inocencia va perdiendo fuerza en Andy Dufresne de forma paulatina durante las dos primeras décadas de su permanencia en la prisión, antes de que aparezca el personaje secundario que desata el giro insospechado de la trama.

Redención:

En lo referente a esta sensación, no haré mención alguna sobre Tesis. Tal vez únicamente podríamos hablar de la pelea final de la película, en la que los protagonistas luchan con determinación, tratando de salvar sus vidas.

Sin embargo, en las otras tres películas, hay distintos ámbitos de salvación. En Atrapado por su pasado el personaje de Al Pacino cree que su fase más sucia ha expirado tras su paso por la cárcel, aunque el desarrollo de los hechos posteriores irá complicando su situación paulatinamente desde el minuto cero.

En Cadena perpetua el afán de Andy Dufresne por rescatar la verdad pierde tanto calibre que lo que se desata en el último tercio del film supone una sorpresa sobresaliente, difícil de imaginar con anterioridad.

Por último, en Uno de los nuestros, creo que no se debería hablar de liberación como tal. Únicamente mencionaría la escena en la que Ray Liotta y su esposa son interrogados por el FBI. Como matiz podríamos decir que, para Henry Hill, admitir su culpa frente a los investigadores de la administración americana carece de cualquier otro sentido más que el de salvar su pellejo y el de su familia a toda costa. Como coletilla a esto, recomiendo prestar especial atención a la escena de Henry en el juicio, ante sus amigos de toda la vida, en el instante en que reconoce su culpabilidad con cara circunspecta. No sabría donde ubicarlo exactamente pero en todo caso se hallaría a medias entre la humillación, la indignidad y el bochorno más absoluto.

Atracción:

En Tesis, parece indudable que la atracción física que ejerce Bosco (Eduardo Noriega) sobre Ángela tiene por objeto potenciar la ambigüedad calculada como uno de los motores secundarios de la trama.

En Atrapado por su pasado Al Pacino vuelve a ver a la que era su novia antes de entrar en prisión y se interesa de nuevo por ella. Sin ser éste un elemento crucial en todo el desarrollo, sin duda no hace sino afianzar su deseo de escapar de su ciudad y de su pasado.

En Uno de los nuestros, al margen del morbo, inclinación y necesidad del estraperlo, el personaje de Ray Liotta destaca sobre todo en su afición por la lujuria y el desenfreno lejos del matrimonio.

En Cadena perpetua, citaría por poner un ejemplo tanto el interés sexual que levanta Andy en otros presos como su capacidad para ser gestor, administrador de patrimonios y contable (¡maldita contabilidad!), explotada en extremo por el inefable director de la prisión para sus chanchullos personales.

Ocultación:

Extraordinario y emocionante proceso destapado en la parte final de Cadena perpetua.

También cobra esta cualidad cierto sentido en Tesis, dada la incertidumbre generada sobre la inocencia o culpabilidad de los dos secundarios principales.

A mi juicio, no hay mucho que hablar en este tema ni en Atrapado por su pasado ni en Uno de los nuestros.

Deleitación:

Es decir, deleite puro y duro. Aunque siendo sincero no establecería a las cuatro películas a este mismo nivel. Las tres americanas, para mi gusto, se encuentran más cerca del umbral de la maestría en el cine que la ópera prima de Amenábar. Dicho lo cual, recomiendo sinceramente a quien no haya visto Tesis que emplee dos horas en ella de manera decidida. Sin duda creo que lo disfrutará.

Hasta aquí ha llegado el análisis y la reflexión.

Acotación:

Ahora comienza el momento de explicación sobre cuál ha sido el motivo de hablar de estas cuatro cintas en concreto. El pasado mes de agosto, durante las vacaciones y sin tener conocimiento de ello, pude comprobar casualmente que estas películas se estaban emitiendo en prime time al mismo tiempo en distintas cadenas. Tanto mi mujer como yo ya las habíamos visto todas, dos de ellas cerca de cinco veces, las otras al borde de una decena en mi caso. Fue por este motivo por lo que se dio una paradoja que no se si habréis vivido alguna vez. Conociendo la evolución inmediata de cada una de ellas y en otras ocasiones con motivo de los dichosos anuncios publicitarios, no fui capaz de evitar el cambiar permanentemente de una cadena a otra sin durar en ningún caso más de cinco minutos viendo la misma película. Pero esto, no sólo no me puso en tensión ante la conclusión de cada una, sino que se convirtió en una forma desconocida de goce frente al televisor.

Acotación 2:

Hasta ahora no había hecho referencia alguna sobre un secundario de lujo en una de las cuatro películas. Como curiosidad confieso que la primera vez que vi Atrapado por su pasado me percaté de la figura de Sean Penn prácticamente al final. Espero coincidir con muchos de vosotros sobre su colosal interpretación de un abogado que condicionará y de qué manera el devenir de Carlito Brigante, debido fundamentalmente a su notoria enajenación mental, producto entre otras cosas por su adicción a la cocaína.

Acotación 3:

Si al inicio de esta lectura te planteaste qué narices podía significar el término del título (¡a la -ción!), creo sinceramente que al final habrá quedado suficientemente claro.

Acotación 4:

Siguiendo con la finura, medio idiomática y medio analítica, en este curioso artículo las acotaciones no son otra cosa más que mi posdata empleada ocasionalmente.

Historia de delfines y algún que otro escualo

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Tan solo he visitado el zoológico en dos ocasiones. Confieso que esa nunca ha sido una de mis mayores aficiones. La última tuvo lugar hace más de quince años. Llevaba aproximadamente un año saliendo con la que a día de hoy es mi mujer y, siendo sincero, cuando me lo propuso me extrañó un poco. No es que no me apeteciese pasar un día viendo diferentes tipos de seres vivos. Simplemente era una forma de ocio diferente a la que había conocido hasta esa fecha. Ni tan siquiera me lo había planteado.

Dicho esto, debo dejar claro que aquella del año noventa y nueve no fue mi primera excursión al lado de toda clase de animales. Como recuerdo nostálgico me viene a la cabeza lo más especial que tuvo esa vez anterior. No es que no fuera con mi novia, sino que ni tan siquiera fui con mi madre. Y tal vez te plantees por qué digo esto. Pues por un motivo tan sencillo como que mi edad debía rondar los seis años aproximadamente. Acudí junto a mis compañeros de clase, obedeciendo educadamente cada orden de la “seño”.

Recuerdo que de pequeño me asombró la forma en la que vi cómo se movían los protagonistas acuáticos, ya fueran minúsculos o gigantes. Sin embargo, no comprendí muy bien porqué se encontraban unos separados de otros, más aun cuando algunos se parecían en lo referente al tamaño. Evidentemente los niños de mi edad no entendíamos por entonces algo así.

El caso es que, ahora que nuestro hijo se aproxima a los tres años, mi mujer y yo hemos acordado pasar próximamente un día allí los tres con el fin de que él conozca algo diferente. Al ser todavía tan crío, me apuesto con certeza que aún no seremos acosados con múltiples preguntas que no sepamos responder.

Con todo, lo cierto es que antes de volver a visitarlo ya me están surgiendo las cuestiones que previsiblemente generará mi hijo con sus futuras preguntas dentro de varios años, cuando volvamos a pasar otra jornada allí. Por ejemplo él podría decir, “¿por qué los tiburones están solos allí?”. A lo cual evidentemente de primeras le respondería “para que no se coman a las otras especies”, con una marcada tendencia a la simplicidad, intentando salir del paso.

Y ahora por supuesto llega la pregunta enrevesada de rigor. Seguramente diréis que cual es el parecido que puede haber entre anécdotas como esas y alguna faceta relevante de nuestra vida cotidiana. ¿Quizá deberíamos ir dándole pequeñas pinceladas de la realidad a nuestros hijos? Del modo más sencillo posible así intentaríamos que se familiarizaran con historias que probablemente se encontrarán en su vida a partir de la adolescencia. Formulo esta hipótesis porque con mucha seguridad ellos alguna vez se verán envueltos en situaciones de notable complejidad por mor de la extrema bondad o la maldad suprema que gobierna a muchas personas. En nuestra vida real, al margen de lo que podemos ver en un zoológico, estamos hartos de comprobar cómo se desenvuelven los tiburones humanos, de la peor de las calañas, y a la vez como tratan de subsistir a sus dificultades los delfines más altruistas. Supongo que de inmediato entenderéis el símil del ámbito animal que acabo de plantearos con lo que vivimos habitualmente.

P.D.: Aunque más de uno penséis que se trata de un error, este blog no lo he metido en la categoría “familia” adrede. Principalmente porque, a pesar de que solemos vivir acompañados de gente buena que nos quiere y aconseja desinteresadamente, todos nos hemos encontrado y volveremos a encontrarnos más de una vez con coyunturas como esa, inciertas y con muchas aristas embarulladas.