Historia de delfines y algún que otro escualo

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Tan solo he visitado el zoológico en dos ocasiones. Confieso que esa nunca ha sido una de mis mayores aficiones. La última tuvo lugar hace más de quince años. Llevaba aproximadamente un año saliendo con la que a día de hoy es mi mujer y, siendo sincero, cuando me lo propuso me extrañó un poco. No es que no me apeteciese pasar un día viendo diferentes tipos de seres vivos. Simplemente era una forma de ocio diferente a la que había conocido hasta esa fecha. Ni tan siquiera me lo había planteado.

Dicho esto, debo dejar claro que aquella del año noventa y nueve no fue mi primera excursión al lado de toda clase de animales. Como recuerdo nostálgico me viene a la cabeza lo más especial que tuvo esa vez anterior. No es que no fuera con mi novia, sino que ni tan siquiera fui con mi madre. Y tal vez te plantees por qué digo esto. Pues por un motivo tan sencillo como que mi edad debía rondar los seis años aproximadamente. Acudí junto a mis compañeros de clase, obedeciendo educadamente cada orden de la “seño”.

Recuerdo que de pequeño me asombró la forma en la que vi cómo se movían los protagonistas acuáticos, ya fueran minúsculos o gigantes. Sin embargo, no comprendí muy bien porqué se encontraban unos separados de otros, más aun cuando algunos se parecían en lo referente al tamaño. Evidentemente los niños de mi edad no entendíamos por entonces algo así.

El caso es que, ahora que nuestro hijo se aproxima a los tres años, mi mujer y yo hemos acordado pasar próximamente un día allí los tres con el fin de que él conozca algo diferente. Al ser todavía tan crío, me apuesto con certeza que aún no seremos acosados con múltiples preguntas que no sepamos responder.

Con todo, lo cierto es que antes de volver a visitarlo ya me están surgiendo las cuestiones que previsiblemente generará mi hijo con sus futuras preguntas dentro de varios años, cuando volvamos a pasar otra jornada allí. Por ejemplo él podría decir, “¿por qué los tiburones están solos allí?”. A lo cual evidentemente de primeras le respondería “para que no se coman a las otras especies”, con una marcada tendencia a la simplicidad, intentando salir del paso.

Y ahora por supuesto llega la pregunta enrevesada de rigor. Seguramente diréis que cual es el parecido que puede haber entre anécdotas como esas y alguna faceta relevante de nuestra vida cotidiana. ¿Quizá deberíamos ir dándole pequeñas pinceladas de la realidad a nuestros hijos? Del modo más sencillo posible así intentaríamos que se familiarizaran con historias que probablemente se encontrarán en su vida a partir de la adolescencia. Formulo esta hipótesis porque con mucha seguridad ellos alguna vez se verán envueltos en situaciones de notable complejidad por mor de la extrema bondad o la maldad suprema que gobierna a muchas personas. En nuestra vida real, al margen de lo que podemos ver en un zoológico, estamos hartos de comprobar cómo se desenvuelven los tiburones humanos, de la peor de las calañas, y a la vez como tratan de subsistir a sus dificultades los delfines más altruistas. Supongo que de inmediato entenderéis el símil del ámbito animal que acabo de plantearos con lo que vivimos habitualmente.

P.D.: Aunque más de uno penséis que se trata de un error, este blog no lo he metido en la categoría “familia” adrede. Principalmente porque, a pesar de que solemos vivir acompañados de gente buena que nos quiere y aconseja desinteresadamente, todos nos hemos encontrado y volveremos a encontrarnos más de una vez con coyunturas como esa, inciertas y con muchas aristas embarulladas.

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2 pensamientos en “Historia de delfines y algún que otro escualo

  1. Entre otras cosas me quedo con el fragmento donde expones cómo prevees las posibles preguntas de tu hijo. El mundo es tan complejo y ellos tan pequeños e inocentes que no sabes como explicar ciertas cosas. Ahora le explicas porque los tiburones se hallan separados y en un futuro porque existen esos tiburones acampando por doquier sin que nadie los aparte de los delfines. Me gusta mucho tu guiño al panorama que hoy vivimos por desgracia.

    Un millón de sonrisas 😀

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